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Sicario - 3

Dieciocho años transcurrieron entre la muerte de Ernestito, bajo las ruedas de un colectivo y esta absurda noche. Dieciocho años en los que Jesús consumó algo así como ciento cuarenta y tres asesinatos, de todo tipo y de diversas formas. Y en esos dieciocho años él mismo se descubrió como un tipo enfermo, mentalmente enfermo.

Hacía ya tres años que su abuela Magdalena había fallecido. Su confesora, su encubridora, su mentora, había partido de este mundo un siete de abril, por la tardecita, así sin más, simplemente de vieja. Cuando Magdalena sintió que su hora había llegado mandó llamar a su nieto y le pidió que se cuidara.

-Muy atento tendrás que estar querido mío- le dijo –muy atento, yo ya no voy a estar para cuidarte y protegerte, para contenerte y consolarte. En estos últimos años has conseguido orientar tus necesidades hacia algo más provechoso para vos y para el barrio. Tenés que confiar en Mario, él siempre te va a ayudar- dijo mientras apretaba firmemente la mano del muchacho y cerraba los ojos para siempre.

Fue muy duro para Jesús sobrellevar la ausencia de su abuela y buscó ayuda y comprensión en Mario, como Magdalena le había aconsejado.

El barrio en el que vivía Jesús era uno de esos barrios densos y pesados del sur de la ciudad y lindando con el conurbano. Pero era un barrio de malandrines con códigos, donde se come no se caga solían recitar los delincuentes del barrio. Tampoco había narcos en la zona y menos que menos violaciones. Cuando alguno se le daba por robar en el barrio, o por vender drogas, o por cometer algún delito de tipo sexual, los malandras del barrio lo llamaban a Jesús y este, por una suma de dinero, se encargaba de deshacerse de todo aquel que quebrantara los códigos establecidos por los delincuentes de la zona.

Solo uno de ellos conocía a Jesús, solo uno de ellos se encargaba de negociar con él, en realidad era con Magdalena con quien trataba ya que la conocía desde que era una joven viuda y él, Mario, un muchachito que, mientras escapaba en su moto luego de robar una tienda en Flores, descubrió a su padre y a Magdalena saliendo de un albergue transitorio de la calle Bacacay.

Fue a partir de esa relación con Ricardo, el padre de Mario, que Magdalena logró encauzar los instintos asesinos de su nieto. Ella le contó a Ricardo el problemita que tenía con el chico y lo que ella creía que sería más conveniente. Ricardo, que por ese entonces manejaba toda la delincuencia del barrio y la había imbuido de los códigos heredados de sus antecesores, estuvo de acuerdo y convinieron que sería su hijo Mario quien hiciera los arreglos con Magdalena cada vez que hiciera falta deshacerse de algún díscolo, ya que le disgustaba mezclar los negocios con el placer.

Y eso funcionó aún después de la muerte de Ricardo en un tiroteo con la policía, y unos cuantos años más tarde, cuando a Magdalena le llego la hora.

Mario, que le llevaba unos años a Jesús, también hizo las veces de confesor del muchacho a quién le encargaban, desde hacía ya tiempo, el trabajo de deshacerse de todo aquel que no se ciñera a las normas de la delincuencia del barrio, y a veces era mucho trabajo el que había, porque las nuevas generaciones no tenían código alguno.

Dieciocho años transcurrieron entre su primer asesinato y esta fría noche de Julio, en la que Jesús yacía boca abajo sobre el suelo de ese infame baldío debajo de la autopista. Sentía la tibia humedad de su propia sangre. Tres puñaladas fueron suficientes, tres puñaladas que no lo mataron de inmediato, se desangraba lentamente. El lugar era poco transitado durante el día y a esas horas de la noche y en pleno y crudo invierno, solo él andaba por esos lares.

Volvía de la casa de Mario con quien a veces compartían un vino y las desdichas de esta vida. Mario le había saldado esa noche unos pesos de un asunto del que Jesús se encargó hacía no más de una semana. Como ya era tarde pidieron una pizza y cenaron y charlotearon un rato.

Jesús se marchó pasada ya la medianoche y se dirigió al cajero del banco de la avenida. Llegado ahí depositó casi toda la suma que Mario le había pagado y solo se quedó con unos pesos para ir mañana a comprarle algún juguete a su único sobrino, Ezequiel, hijo de su hermana María

María era la única de los cuatro hermanos que se había casado. Los dos varones mayores, Abel y Tomás se habían consagrado al sacerdocio. Tomás era el párroco de un asentamiento de  Gregorio de Laferrere, conocido como La Palangana, porque cada vez que del cielo caía algo más fuerte que una llovizna el barrio se inundaba. Por su parte Abel se había marchado a Tanzania, en el África negra y subsahariana, en una cruzada evangelizadora.

Al salir del cajero automático se dirigió al quiosco que está frente al banco, cruzando la avenida, y compró tabaco y papelillos. Dejar de fumar era algo que le había quedado debiendo a Magdalena.

Jesús vivía en lo que fuera el departamentito de Magdalena. En la parte de atrás vivía su hermana junto a Oscar, su esposo, Ezequiel, su hijo de cuatro años, y su ya muy enfermo padre, José. María, la madre, había fallecido seis años atrás de un infarto.

Jesús se dedicaba a la reparación de computadoras y celulares, al menos esa era su pantalla para  justificar sus ingresos ante sus familiares. Por lo demás llevaba una vida normal, sacando que de vez en cuando salía a matar, el resto del tiempo su vida era común y corriente.

Él y su hermana se habían apartado un poco de la religión luego de la muerte de su madre y el comienzo de la decadencia de su padre. Solo iban a misa una vez, a lo sumo dos veces al mes y en Pascuas y Navidad.

Dieciocho años de aquel mediodía en que acabó con Ernesto y sus burlas, con solo un empujón. Ahora estaba muriéndose lentamente en ese oscuro baldío debajo de la autopista, en una noche muy fría. Sentía que ya no quedaba tiempo para nada, estos era sus últimos instantes en esta vida y moría asesinado, algo que él hacía y muy bien, al punto que luego de tantos años y ciento cuarenta y tres asesinatos, incluido Ernestito, nunca nadie sospechó de él.

Esa noche, cuando regresaba de lo de Mario y luego de pasar por el cajero del banco y el quiosco, tomó por la cortada que desembocaba en la esquina de su casa, no imaginaba que esos serían sus últimos momentos en esta vida.

Cuando llegaba a la altura de la autopista sintió unos pasos que venían por detrás a la carrera. Al principio los ignoró y cuando se dio vuelta para ver que sucedía ya era muy tarde. Frente a él se encontraba un joven de no más de diecisiete años que empuñaba un cuchillo de esos de camping, que se veía por demás afilado y que poniéndoselo debajo del mentón, lo increpaba desencajado, seguramente bajo los efectos del paco, y lo llevaba a empujones al baldío.

-Dame toda la guita y el celular gil- vociferó el jovencito.

Jesús trato de ensayar el argumento de los códigos de honor que tanto respetaba Mario. Pero el muchacho se enfureció más y le clavo un cuchillazo debajo de las costillas.

-Dame la guita y el celular puto de mierda- vociferó nuevamente el chico.

Cuando Jesús entre dolorido por la puñalada y consternado metió la mano en el bolsillo de atrás de su pantalón para darle la billetera, el muchacho se sobresalto y le dio otra puñalada en la boca del estómago. Jesús cayó de espaldas al piso. El joven ladrón se abalanzó sobre él, le arrebató la billetera de la mano y tomó el celular del bolsillo de la campera, le encajó otra puñalada debajo de la línea de las costillas y se dio a la fuga.

Jesús estaba muy dolorido, intentó ponerse de pie y cuando pudo dar dos pasos en dirección de la calle cayó de bruces al suelo. Caer sobre las puñaladas le produjo un profundo dolor y el sangrado de las mismas aumentó. Comprendió que su tiempo se terminaba. Que él, Jesús, el sicario, iba a morir en ese baldío oscuro, en esa fría noche, absurdamente ajusticiado por un jovencito de esos sin códigos, que tanto fastidiaban a los viejos delincuentes del barrio; que seguramente atiborrado de droga había salido a robar en esa noche y le había caído encima a él.

Sonrió de solo pensar que Mario, al enterarse de lo sucedido, buscaría y asesinaría él mismo en persona al joven y que seguramente lo haría de modo cruel y tortuoso, porque al fin y al cabo Jesús era de los suyos, era casi como un hermano menor a quién Magdalena le había encargado que cuidara. Y Magdalena había sido muy buena con su padre y con él. Y Jesús siempre había cumplido a la perfección con lo que se le encomendaba y sabía ganarse muy bien cada peso que les cobraba.

Sentía que sus fuerzas menguaban a cada instante y que en algunos minutos dejaría este mundo. Pensó que lo mejor que le podía pasar era comprobar que todas las creencias que le habían inculcado desde niño, fueran puras mentiras, como decía su abuela, porque de ser cierto todo aquello, su destino era el infierno.

Antes de caer en un estado de inconsciencia volvió a sonreír al imaginar que en unos días los diarios hablarían de él como un dato estadístico de la inseguridad creciente en los barrios marginales de la ciudad. Nadie se imaginaba, ni por las tapas, que esa noche, en ese baldío, moría una leyenda del bajo mundo citadino, moría el señor muerte, moría un sicario.

Publicado la semana 52. 26/12/2019
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