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Sicario - 2

Cuando Jesús comenzó la secundaria, en una escuela técnica del barrio de Floresta, allí en el límite con Mataderos, su curiosidad por la muerte fue creciendo de manera exponencial. Sus pensamientos comenzaron a tornarse un tanto macabros. Planeaba como asesinar a aquellos que osaban burlarse de él y de sus marcadas creencias religiosas.

Por otro lado su abuela estaba convencida que ese casi fanatismo religioso familiar que rodeaba a su nieto sería la causa fundamental de posibles desenlaces que sumieran a todos en un sufrimiento inesperado para el resto, pero cantado para ella.

La vieja trataba de que Jesús le dedicara un tiempo a la literatura universal y le facilitaba libros de su biblioteca personal que a pedido de su hijo y su nuera guardaba bajo llave en una habitación en la terraza de la casa, fuera del alcance de los chicos, ya no tan chicos. Y era lógico el pedido de María y José, ya que entre los libros que atesoraba Magdalena había mucho texto de literatura “profana”. Así fue que inició a su nieto, a escondidas de sus padres, en los románticos franceses, con Baudelaire y sus prosas poéticas, Rimbaud y sus andanzas con Verlaine, el mismísimo Sade, los surrealistas y dadaístas, Marx y Engels y su manifiesto comunista, la generación Beat, Lovecraft y su horror cósmico, Isidore Ducasse y los cantos de Maldoror y mucho más…

Había conseguido seducir al muchachito que entonces repartía su tiempo entre las tareas de la escuela, con las láminas de dibujo técnico a la cabeza, y la secreta lectura de los libros que le facilitaba su abuela.

Todo transcurría con una aparente normalidad hasta que un día sucedió lo que Magdalena tanto temía y esperaba a la vez. María madre, su nuera, le comentó, muy angustiada y al borde del llanto, que a la salida del colegio un colectivo había aplastado literalmente a Ernestito, un compañerito de escuela de Jesús, que vivía en la otra cuadra, y todo esto delante de Jesús, que estaba al lado y que vio como su amiguito estallaba bajo las ruedas del colectivo, y que podía haber sido él mismo el que sufriera tan terrible accidente, y que vaya Dios a saber cómo lo afectaría el haber sido testigo de una muerte tan atroz…

Magdalena sabía bien quién era ese chico y como se burlaba continuamente de Jesús, al que llamaba chupa sirios, novia del cura y una gran variedad de motes agraviantes, centrados todos en la religiosidad manifiesta de su nieto. También sabia por demás como lo molestaban al chico esas cargadas, y ella apostaba fuerte a que si su nieto, en algún momento comenzaba una carrera criminal como potencial asesino en serie, Ernesto sería su segura primera víctima. No hizo falta que ella le preguntara nada al muchachito. Por la noche después de la cena, Jesús se acercó a lo de su abuela Magdalena, quien tenía en la parte delantera de la propiedad una especie de departamentito, y cuando le devolvió el libro que ya había terminado de leer, El Guardián entre el Centeno, de Salinger, y esperaba por otro nuevo material de lectura, el jovencito arrancó tímidamente su confesión

-¿Sabés lo que pasó hoy  la salida del cole Abu?

-Si te referís a que a Ernesto lo atropelló un colectivo, sí, me contó tu mamá

-Pero lo que mi mamá no te pudo haber contado es que yo lo empuje debajo del colectivo, y que no fue un accidente, fue totalmente intencional…

Magdalena lo miró casi aterrada  ante la frialdad con la que le confió su crimen. El desparpajo con el que le soltó tamaña confesión, la abrumaba y la dejó sin respuesta alguna.

Luego de observarla atentamente y al no encontrar ningún comentario de parte de su abuela, el chico volvió a la carga.

-Llevaba mucho tiempo soportando sus groserías y sus cargadas, y la verdad Abu, me tenía recontra cansado. Yo le hablé muchas veces, muchas veces le pedí que dejara de cargarme, de acosarme por mis creencias, pero él no entendía, a pesar de que le advertí que podía terminar mal todo esto, pero seguía y seguía con sus burlas, y hoy dije basta y cuando esperábamos para cruzar vi que un colectivo venía muy pegado al cordón de la vereda y muy rápido como para que no lo agarre el semáforo y lo empujé. Nadie me vio hacerlo, Abu, nadie me vio

-¿Y  decime, vos, no te sentiste mal por lo que hiciste?

-La verdad que no Abu, no sentí nada en ese momento ni ahora. Nada, Abu, nada.

-Bueno querido vamos a hacer una cosa, primero esto que me contaste a mi no se lo contás más a nadie, y cuando digo a nadie es a nadie. Esto queda entre vos y yo.

Mientras tanto le entregó un librito, cuidadosamente forrado en papel araña azul, como María madre le forraba los libros de la escuela. Así era como Magdalena y Jesús consumaban el tráfico, ilegal a ojos de José y María, de literatura y con ese camuflaje perfecto es como habían logrado hasta ahora evadir la inquisición familiar.

El libro que le había preparado, y esto lo había hecho temprano, después de anoticiarse de la muerte de Ernestito bajo las ruedas de un colectivo, era Un Mundo Feliz, Huxley, Aldous Huxley, un escritor y filósofo británico semiciego que se hizo más que famoso con esta novela.

Se lo entregó, le dio un beso en la frente y le recordó que contara siempre con ella, que jamás lo iba a juzgar, siempre trataría de apoyarlo, comprenderlo y ayudarlo.

Cuando Jesús se marchó y ella quedó a solas, se dejó caer en el sillón, exhausta y contrariada ante el dilema al que se enfrentaba. Su nieto de quince años era un asesino, y estaba demasiado mal de su cabecita como para no sentir ningún remordimiento o culpa por haberle arrebatado la vida a otro ser humano. Trató de conformarse pensando que esta primera reacción quizá era una autodefensa que ensayaba la psique del muchacho, escondiendo el verdadero pesar para salvaguardarse. Aunque en el fondo ella sabía que no y lo sabía hacía tiempo, que su nieto tenía algo mal en la cabecita, no podía discernir si era psíquico u orgánico, pero que algo andaba mal y al parecer venía de fábrica. Aunque a su criterio el cristianismo apostólico  romano que ejercían su nuera y su hijo, y al cual sometían a toda su progenie, algo tenía que ver en todo esto, aunque más no sea, como catalizador.

Esa noche Magdalena no pudo pegar un ojo, se la pasó dando vueltas en la cama tratando de encontrar respuesta a cual debía ser su proceder ante los hechos y la confesión de parte de su nieto.

Ante todo no podía confiarle a nadie la verdad que conocía. Esto como primera medida sería una traición a un chico que al parecer confiaba en ella ciegamente. La cuestión moral de estar protegiendo a un asesino no la preocupaba en demasía. Muchos criminales, violadores, asesinos y demás, andaban sueltos por la vida y haciendo gala de una gran hipocresía. La humanidad misma y sus formas de explotación  en aras del consumismo solo deja muerte a su paso. Un pibito de quince años que empujó bajo las ruedas de un colectivo a otro pibito que se pasaba el día verdugueándolo y cargándolo, la verdad no era algo que debiera alterar la marcha de la raza humana. Pero si ella hablara, cagándose en toda la confianza que el chico le tenía depositada, solo sabrá, vaya uno a saber quién, lo que podía acontecer desde el momento en que ella decidiera hacer público el secreto que ahora tanto la unía a su nieto. Muy probablemente el chico iría, como mínimo, a dar con su osamenta a un reformatorio. O lo que es peor, y a lo que ella más le temía, un conciliábulo de médicos, psiquíatras y psicólogos lo llenarían de medicamentos y lo confinarían a un hospicio… sobre todo recordando el estado de alteración en el que su nuera le contara la versión oficial de lo sucedido.

En estas disquisiciones la sorprendió el amanecer, y decidió esperar a que las cosas fueran desarrollándose, también se prometió estar muy atenta a cualquier cambio en la conducta del pequeño Jesús, mientras trataría de tener preparado un curso para las acciones que se podían desencadenar si esto se volviera a repetir, cosa de la cual ella estaba completamente segura que así sería.

Lo que no terminaba de comprender, aunque pusiera su mayor esfuerzo, es como en la cabeza de un santurrón como su nieto, podían convivir un ideal de bondad y amor hacia el prójimo, como pregonaba el cristianismo, y la idea del homicidio como ajusticiamiento personal, sin remordimientos y sin contradicciones a la vista.

Se levantó, se aseó, regó sus plantas y se dispuso a tomarse unos mates con dos tostadas de pan negro y queso crema saborizado con ají putaparió y ajo, como a ella y a su difunto esposo siempre les gustó. Él siempre decía que al día había que ponerle picante de movida nomás, para hacer la vida un poco más interesante. En su cabeza seguían dando vueltas montones de cosas, todas relacionadas con su nieto menor y en cómo proceder de ahora en más.

En la radio sonaba el Polaco Goyeneche y su versión estremecedora de Afiches, del gran Homero Expósito y Atilio Stampone, ella apuraba unos amargos para apagar el pequeño incendio que se desataba en su boca cada mañana con sus tostadas picantes. Alguien llamó a su puerta y el suave y rítmico golpeteo sobre la chapa delató a su hijo como el visitante. Mientras se encaminaba hacia la puerta pensó por un instante que José también sabía del monstruo que convivía con ellos, pero enseguida descartó esas idea, su hijo estaba tan absorbido por la biblia, las oraciones al Señor y todas sus circunstancias, que era imposible que pudiera ver lo que realmente sucedía con el pequeño Jesús. Y como siempre no se equivocaba, su primogénito solo quería saber si ella iba a concurrir al velorio de Ernestito. Magdalena lo convidó con un mate que José rechazó porque siempre decía que le molestaba que la bombilla tuviera gusto a ajo. Magdalena le dijo que prefería no ir, los velorios no eran lo suyo, detestaba el chusmerío que se profesaba en tales reuniones, y después de todo la familia de Ernestito y el mismo y difunto Ernestito no gozaban de su aprecio. Además no podía perder el tiempo en esas boludeces cuando la vida de su nieto quizás dependiera de lo que ella fuera capaz de pergeñar de ahora en más, pensó para sus adentros. Y fue, mientras cambiaba la yerba al mate que cada vez costaba más cara y se lavaba más rápido, que se le ocurrió lo que a ella le parecía una brillante idea. En caso de que su nieto siguiera manifestando en los hechos su inclinación homicida, ella debía orientarlo a hacer de la muerte su modus vivendi. Si iba a ser inevitable que el chico diera rienda suelta a sus instintos asesinos, que lo hiciera por guita y a pedido, y con ello lograría darle una estructura más digerible, al menos para ella, Magdalena, la abuela del criminal, y así le sería más fácil lidiar con todo esto. Al menos un sicario era un profesional de la muerte y no un loquito religioso que mataba porque sí, para acallar quién sabe qué voces que lo conminaban a asesinar. Un sicario, en eso debía ayudarlo a convertirse, en el casi seguro caso de que fuera necesario.

Publicado la semana 51. 18/12/2019
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