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Sicario - 1

Aunque se esforzaba cotidianamente, no podía recordar cuando había comenzado todo esto. Tenía la lúcida certeza que siempre se sintió atraído por experimentar el sentimiento de alguien que se hace con la vida de otro ser humano, aunque tampoco nunca supo de donde le nacía esa singular y extraña atracción.

Él fue educado en la fe cristiana y realizó todos sus estudios en escuelas católicas. Cursó el catecismo, tomo la primera comunión, por su dicción y su lectura perfecta y enfáticamente actoral, siempre era el monaguillo encargado de leer los fragmentos de la biblia durante la misa. Toda su familia estaba formada por devotos creyentes, salvo su abuela paterna a quien los demás miembros de la familia tenían catalogada como una vieja demente y hereje. En su casa vivían su madre, María, su padre, José, la abuela hereje, Magdalena, sus hermanos mayores, Abel y Tomás, su hermana, María y él, el benjamín de la familia, Jesús.

Creció mimado y consentido por el resto de su familia, pero quien más lo protegía y cuidaba era su abuela Magdalena, aunque a sus padres esto no les hacía mucha gracia.

Su infancia transcurrió pletórica de felicidad, nada que evidenciara algún tipo de anormalidad en él. Salvo el incidente con el hámster de su hermana, del que nadie nunca supo nada, merced a las tareas de encubrimiento llevadas adelante por parte de Magdalena.

El asunto es que una mañana de verano, mientras su hermana María acompañaba a su mamá haciendo las compras, Jesús se acercó a la jaula del hámster que la pequeña María tenía como mascota, y la abrió, tomó al animal y este lo mordió, Jesús se irritó por el dolor que le causó la mordedura y como única respuesta también le propinó un mordiscón al inocente bichito, salvo que como resultado de la mordedura, la cabeza del pequeño Tino, así lo llamaban, terminó desprendida del resto del cuerpo y entre los dientes del pequeño Jesús quien la escupió y se quedó mirando el cuerpo convulsionado que se sacudía en su mano. Todo esto ocurrió bajo la atenta mirada de Magdalena que recogió la cabeza de Tino, le arrancó el cuerpo de sus manos a Jesús y arrojó ambas partes del difunto hámster hacia la casa de al lado donde habitaban unos gatos que tenían muy mala fama en el vecindario y que incluso uno de ellos, el marrón atigrado, fue sorprendido más de una vez acosando a Tino en su jaula. Le dijo a su nieto que se enjuagara bien la boca, se lavara las manos y que hiciera como que nada de todo esto había sucedido. Luego le dijo lo que tenía que decir y desde ese momento esa fue la historia oficial de la desaparición y ulterior muerte de Tino, el hámster de su hermana María.

La crónica de los hechos que Magdalena urdió relataba que sintieron ruidos en la pieza de María y que cuando Jesús, a pedido de ella corrió a ver qué pasaba vió como el gato marrón de los vecinos saltaba por la ventana con Tino entre los dientes. Alertada Magdalena, colocó una escalerita junto al muro que separaba su casa de la de al lado y pudo ver que en el patio vecino yacía Tino con su cabeza separada del resto del cuerpo.

Así se contó y todos así lo creyeron, sin el menor atisbo de sospechas. Es más, María madre, habló con los vecinos quienes se mostraron apenados por habían encontrado los restos de Tino en su patio pero ignoraban que fuese la mascota de María niña.

El plan de Magdalena funcionó a la perfección, pero ella sabía, y al parecer era la única, que Jesús no era el niño apacible y confiable que todos conocían. Ella vio ese extraño brillo en sus ojos cuando su nieto comprendió lo que había hecho. Ella supo en ese mismísimo instante que algo no estaba bien con ese pequeño. Que nadie debería saber como realmente sucedieron las cosas, no estaba dispuesta a enfrentar las acusaciones de su hijo y de su nuera, que seguramente pondrían gran parte de la culpa en la extraña influencia que ella, una atea militante, ejercía sobre el pequeño y vaya uno a saber que extrañas cosas le había estado inculcando y blablablablabla. Y ante tamañas acusaciones debería  ponerlos, junto a su cristiana prole, de patitas a la calle, ya que la casa le pertenecía a ella y José, su único hijo, solo podría disponer de la propiedad, cuando ella, Magdalena, su madre, abandone este mundo cruel e infame.

La vieja descontaba que había en el muchachito algún desorden psíquico o alguna anomalía a la que debería estar atenta, muy atenta.

Por su parte Jesús no mostraba signos de preocupación  por lo que había hecho, sí reconocía que de saberse la verdad probablemente sus padres pensarían que el chico había enloquecido, o no, tal vez le echaran la culpa a que el niño veía mucha televisión y compartía buena parte de su día con la vieja loca que tenía por abuela. De todos modos y a su manera, se encontraba muy agradecido porque Magdalena se hubiera puesto los sucesos al hombro y le evitara dar explicaciones que no podía dar ya que lo suyo no era más que una respuesta agresiva a la agresión sufrida de parte del hámster.

Jesús siguió con su vida como si nada hubiera pasado, pero en su interior comenzaron a aparecer las primeras preguntas acerca del hecho de asesinar, ya no a un animalito indefenso, sino a una persona.

¿Sería así de sencillo como fue ultimar a Tino?

¿Aparecería un sentimiento culposo luego de matar a una persona?

Y en caso de que lo hiciera, ¿podría contar con la complicidad de su abuela y salir indemne?

Todo esto y algunas otras cosas se preguntaba Jesús mientras se aprestaba para celebrar su doceavo cumpleaños y seguía siendo el lector preferido del cura párroco y de todos los parroquianos que asistían a las misas en las que él, desde su rol de monaguillo, interpretaba con énfasis y emoción los pasajes de la biblia.

 

 

Publicado la semana 50. 11/12/2019
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