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Esa Noche

Esa noche, cuando ella le dijo que no tenía sentido seguir juntos, su pequeño mundo se desmoronó por completo. No es que él no supiese que las cosas entre ellos  no estaban funcionando, más bien tenía demasiado temor de empezar todo de nuevo.

Él comprendía que desde que los hijos partieron y ellos quedaron solos, ninguno de los dos había sabido cómo construir una relación  de compañeros y amigos.

Porque después de tanto tiempo la amistad y el compañerismo son lo único que sostiene una relación de pareja. Cuando el amor deja de manifestarse carnalmente, cuando la pasión se adormece, los bien amados saben compartirse.

Él también sentía que la convivencia se había tornado tediosa y problemática. Por mucho que se dejaran pasar cosas, lo único que conseguían era acrecentar el mutuo fastidio.

Cuando ella hizo una pausa en sus estudiadas argumentaciones, que de ninguna manera buscaban herirlo, él bajo la vista y se manifestó de acuerdo con poner un punto final a una relación desgastada a lo largo de los cuarenta años que llevaban juntos.

Era mejor así. Sin reproches sin viejas facturas impagas de por medio. Casi de común acuerdo

No era este el momento para evaluar el debe y el haber. No era este el momento de reproches ni de dimes y diretes.

Se pusieron de acuerdo en informarles a sus hijos los dos juntos.

Ella le dijo que no tenía porque marcharse ya, que dónde iba a ir a estas horas, que aguardara hasta la mañana.

Él sonrió levemente como agradeciendo su preocupación, la de ella, y le recordó que la casa familiar, aunque casi en ruinas, estaba deshabitada y que seguramente haría de ella su próxima morada, que esta noche buscaría un hotel y mañana a San Justo temprano y trataría de acondicionar un poco la vieja casa.

Se levantó del sillón y se dirigió al dormitorio a empacar algunas cosas como para hacer frente a los primeros días y luego pasaría a buscar el resto de sus pertenencias.

Cuando llego al cuarto sintió que su pequeño mundo, artesanalmente acomodado, había sufrido el paso de una furiosa tempestad que pocas cosas había dejado en pie. Comenzó, casi ceremonialmente, a guardar algo de ropa en un bolso. Luchó contra todo pensamiento que buscara culpas y culpables. Hacía mucho tiempo que había aprendido que es no es sano oponerse a lo inevitable, a lo que ya está hecho. Que siempre es mejor tratar de acomodarse a la nueva situación rápidamente y no perder el tiempo y la vida en batallas inútiles.

Buscó en sus pensamientos y descubrió que jamás de los jamases se había puesto a pensar que este momento llegaría alguna vez. Y eso que era un individuo  al que le gustaba imaginarse en todo tipo de situaciones y elucubraba una serie de posibles respuestas ante cada caso como para tener algún tipo de salida ya ensayada por si la situación imaginada se convirtiera en realidad.

Se despidieron con un largo y silencioso abrazo, un abrazo que no podía contener ni la tristeza ni la desazón de ese momento, de esa noche. Quedaron en comunicarse para arreglar una reunión con sus hijos. Acordaron que de asuntos que rozaran lo legal, no hablarían hasta transcurrido un tiempo y en caso de que fuera absolutamente necesario. Él le dijo que contara con que jamás le reclamaría nada material ni inmaterial. Comenzó a dirigirse hacia la puerta. Tomo su llavero y quitó las llaves de la casa y se quedo solo con las de la casa familiar, la vieja casa de Lomas del Mirador, la casa que él y su hermano quisieron conservar para cumplir con la promesa que su madre les había conminado a llevar adelante “esta casa ni se vende ni se alquila, tiene siempre que quedar en la familia”. Ella le pidió que se llevara las llaves para poder volver cuando quisiera a buscar el resto de sus cosas. Él le contestó que prefería manejarse así.

Cuando cerró la puerta tras de sí, comenzó a sentir  un pronunciado agobio, una puntada insoportable en la boca del estomago y todo el peso de cuarenta años de vida compartida, esfumados en un instante. Cuando cerró la puerta tras de sí supo que lo mejor de su vida empezaba a quedar atrás y sintió un escozor en todo el cuerpo y se alejó lo más rápido posible. Había que comenzar nuevamente, como tantas otras veces a lo largo de su vida, pero ahora estaba más viejo y más cansado y más golpeado. La luna todavía brillaba en la penumbra suburbana pero él sentía la imperiosa necesidad de que esa noche terminara.

Esa noche que nunca había imaginado. Esa noche que empezaba a dolerle en todo el cuerpo.

Esa noche que hacía que por sus mejillas rodaran lágrimas de desconsuelo, mientras esa noche se levaba puesta casi toda una vida.

Publicado la semana 49. 07/12/2019
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