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Sólido, lo suficientemente sólido

Cuando cerró la puerta esa tibia mañana, supo que iniciaba un camino sin retornos, un camino de soledad casi monacal. Cruzó la calle distraídamente, solo enfrascado en la certeza de sus pasos. Todavía albergaba algunas dudas acerca de su decisión, pero de lo que estaba convencido es que no quería convertirse en una carga para nadie, no quería que su dolor contaminara a ninguno de los que lo rodeaban. Fue muy duro emprender este camino pero ya había comenzado su andar y no podía ni quería detenerlo.

Todo había comenzado dos meses y medio atrás cuando luego de someterse a una serie de estudios recibió la noticia que imaginaba que iba a recibir pero no quería escuchar. Tenía cáncer y en una etapa final en la que lo único que podía hacer la medicina por él, era aliviar los dolores que le iba a ocasionar en los próximos días su certero final.

Decidió que nadie más que él y su médico sabrían nada respecto de su salud, ya vería como acomodar las cosas para que ninguno descubriera sus dolencias físicas y su tan cercana partida. Es cuestión  de dos meses y medio, tres a lo sumo… le dijo con gesto adusto y piadoso su matasanos preferido, cuando tomó fuerzas y se decidió a preguntar cuánto le quedaba de vida. Poco, realmente poco poquito y nada pensó; saludo cortésmente a Ricardo, su médico desde hacía quince años, recogió una montonera de cajas y cajitas de muestras gratis de medicaciones que le servirían para aliviar los dolores que serían cada vez más frecuentes y también más insoportables, y abandonó el consultorio, cruzó la sala de espera del hospital y salió a la calle. Su cabeza barajaba todas las alternativas posibles para que su camino a la muerte afectara lo menos posible a sus amores.

Luego de analizar varias opciones se decidió por una, que a todas luces era la más sensata: llamaría a su amigo Dante, un ex comunista convertido al peronismo merced al gobierno de los Kirchner del cual había sido funcionario en el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social. Los años en la administración pública le habían reportado ganancias como para comprarse unas cuatro hectáreas en una alejada isla del delta del Tigre, a la que ya había ido a pasar varios fines de semanas largos y a la que su compañera de toda la vida había jurado y perjurado nunca volver. Esto tenía la clara desventaja de que su secreto iba a ser conocido por alguien más, de su entera confianza, pero en definitiva alguien más sabría de sus cuitas.

Trató que sus días transcurrieran con total normalidad, disimulando los dolores que se hacían más frecuentes y profundos, recurriendo a los opiáceos que le había facilitado el médico y que prolijamente encanutó para que su esposa no descubriese lo que estaba pasando. Varias veces se cuestionó si estaba bien o no estaba bien ocultarle la verdad a su eterna compañera y sus dos hijos y siempre llegaba a la conclusión de que lo que estaba haciendo era lo correcto, que si quizá hubiesen detectado el cáncer en una etapa más temprana en la que todavía pudiera darle batalla a esta puta enfermedad, habría necesitado del amor y el acompañamiento de los suyos, pero en esta situación… lo mejor era que los suyos se angustiaran por su partida y no por su agonía…

Pasada una semana se reunió con su amigo, le confió su estado y le solicitó su ayuda, cuando Dante se repuso del mazazo que le ocasionó la noticia le confió su plan: Dante llamaría a su casa en un día y horario convenido y hablaría con su esposa, ya que él no se encontraría allí, y le manifestaría su urgencia por hablar con el Negro, como lo conocía prácticamente todo el mundo, porque quería hacer unos arreglos en su casa de la isla e iba a necesitar de su ayuda. Luego de varios cafés y algunos whiskys y rememorar muchas anécdotas, se despidieron no sin antes contar con la promesa de lo hablado allí se quedaba entre ellos.

El Negro transcurrió sus días tratando de terminar su inacabable novela sobre la vida de Anselmo, un personaje de barrio del que venía narrando hace más de quince años y que nunca acababa de desaparecer. Pensó que a este alter ego que apareció primero en un cuento y luego fue creciendo en su imaginación hasta convertirse en digno merecedor de su propia novela le había llegado la hora de concluir sus andanzas y que de alguna forma marcharían juntos de este mundo, Anselmo y su tiempo quedarían retratados en una novela que quizás alguna vez alguno de sus amigos se atreviera a publicar como homenaje póstumo y él, el Negro viviría en el recuerdo de los suyos y en alguna que otra antología de poesías en las que había sido publicado y en un libro de relatos del que él mismo y con mucho esfuerzo había sido su editor.

Los días siguieron transcurriendo entre el cada vez más insoportable dolor que lograba disimular eficazmente ante su compañera y mitigar cada vez con menor éxito con medicación, y la finalización de su novela, la de Anselmo, la del Negro… Se decidió a escribir sendas cartas para sus hijos y a organizar una comilona con sus amigos en su casa, la de siempre, la de toda la vida, allende la General Paz, en Lomas del Mirador. Llamó a Dante y le dijo que en media hora hiciera el llamado acordado y salió a estirar las piernas y comprar tabaco.

En esa larga caminata se repitió  a si mismo que no valía la pena refugiarse ni un segundo en el pasado y que lo único que quedaba era disfrutar cada instante de su presente, porque el futuro ciertamente no existía, al menos como él siempre lo había conocido, allá adelante y arriba, su futuro en este mundo eran días y cada día, menos días. Nunca fue un tipo de rasgarse las vestiduras por lo que hizo y por lo que no hizo, al fin y al cabo era el producto mismo de sus circunstancias y de lo que hacía a cada paso; y este no era el momento para comenzar a hacer raconto estrafalarios sobre lo que le hubiera gustado hacer, lo que le falto hacer. No, no, no, no, no, nada de reproches. El bienestar económico de su familia no le preocupaba, porque en los últimos años las cosas le habían salido lo suficientemente bien como para que su compañera pudiera gozar de una vida un tanto austera pero sin privaciones básicas, y es que así habían decidido vivir, austeramente. El dolor creciente no lo asustaba él conocía de dolores, su cuerpo había sufrido la tortura… La muerte había dejado de asustarlo hacía años cuando comprendió que desde que nacemos nos acompaña una sola certeza: de acá nadie sale con vida.

Mientras caminaba de regreso a su casa recordó aquellas palabras de Marx que decían algo así como “Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profano, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.  Y entonces creció en él un irrefrenable y angustioso deseo… Ser sólido, muy sólido, lo suficientemente sólido como para desvanecerse en el aire…

 

 

Publicado la semana 4. 22/01/2019
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