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Día de Los Muertos

Abrió los ojos lentamente, descubrió que había dormido como siempre, boca abajo y con la cabeza ladeada hacia su izquierda. Lo primero que vio fue el inodoro y el lavabo a unos escasos noventa centímetros, siguió recorriendo la estancia con sus ojos y comprobó que todo estaba en su sitio, la taquilla, la mesita y la banca, amuradas a la pared opuesta y la reja, la ineludible y verde reja al frente. Se incorporó lentamente, como dándole a su cuerpo el tiempo necesario para despertar. Ya sentado al borde de la cama sintió una extraña sensación que lo atravesaba y le decía que hoy sí, hoy era su día y por primera vez en las últimas noventa y cuatro jornadas empezó a sentirse físicamente libre. Era el día De los Muertos. Se juramentó no estar ansioso y no comentarle a nadie, absolutamente a nadie sus sentires. Fue hasta la banca, se paró sobre ella y por las luces de la mañana dedujo que serían cerca de las seis de la mañana y así sin más se vistió y se dispuso a su aseo matinal. Mientras cepillaba sus dientes hizo un rápido raconto de sus últimos mil ciento treinta y ocho días comenzando por la noche en que la policía irrumpió en la casa de sus padres, el alivio al comprobar que nos se trataba de una patota militar ni paramilitar, los días en el estrecho buzón de la comisaría, del que solo salía para ser interrogado y soportar largas horas de apremios y torturas, el traslado a tribunales pasando por un obelisco que lucía un cartel que proclamaba que los argentinos somos derechos y humanos, el fin de semana en las celdas de la Alcaldía de Tribunales, el traslado a Caseros, el cambio de pabellón, la condena, el traslado a Devoto, la vuelta a Caseros, la Junta de Libertad Condicional y así hasta llegar a este día en el que estaba seguro que alrededor de la siete y media de la tarde, después del cambio de guardia, lo vendrían a buscar para comunicarle que sería puesto en libertad condicional. Se volvió a prometer que no lo ganará la ansiedad ni comentarle nada a nadie, ni siquiera al Tarta y al Doido, sus compañeros de ranchada. Cuando estaba haciendo la cama se oyó el estruendoso “al pie de la cama” seguido del insoportable golpeteo de las yugas contra la reja de entrada al pabellón anunciando que daba comienzo otra jornada en el infierno.

Luego del “buenos días señor, sin novedad señor” y los saludos entre vecinos de celda llegó el cocido con leche de desayuno, los tres marrocos que debían durar para todo el día y el agua caliente para el mate. Desayuno en silencio como todas las mañanas, le pasó dos de sus marrocos al Tarta que estaba en la celda de su izquierda y esperó que desde la celda de su derecha asomara la mano del Doido con el primer mate y comenzar el parloteo típico de todas las mañanas en el que se contaban los sueños de la noche anterior, si los habían tenido, sus dolencias físicas y otras cuestiones, hasta el momento que los vinieran a sacar a los tres para trasladarlos al sector de oficinas y consultorios en donde realizaban la limpieza, hasta la hora del gimnasio, los días que tocaba, o hasta la hora del almuerzo.

Esa mañana los asistentes sociales, las psicólogas, el psiquiatra, la administrativa y hasta el director de la unidad penitenciaria que funcionaba en el piso trece de la Cárcel de Encausados, los aguardaban sonrientes y con un espectacular café con leche con medias lunas. Él fue el primero en ingresar y al ver ese despliegue miró a todos y lanzó una mirada estupefacta y obtuvo la sonrisa cómplice del director seguida de un “hoy te vas pibe”, él también sonrió y soltó un “ya sé, hoy amanecí con la certeza de que me iba”. -¿Usted está seguro doc?. - Sí me acaban de llamar de planta baja para que antes del mediodía tengamos todo tu papeleo listo, así que a sentarse y desayunar.

El resto de la mañana transcurrió como cualquier otra. Después del almuerzo y durante la siesta se dispuso a ordenar sus cosas y preparar sus libros y pertenencias; guardó en una bolsa lo que se iba a llevar; sus dibujos y grabados, resultado de las clases que cada quince días les daba don Roberto Páez; una especie de libro que contenía sus poemas y relatos, la letra de algunas canciones y una selección de cuentos de derviches, todo prolijamente escrito a mano e ilustrado por él y el Rusito que era un pibe de Ramos Mejía que dibujaba y pintaba muy bien, todo en una carpetita cosida a mano y con una tapa que rezaba “Bitácora, Crónicas desde el Infierno”; un pantalón nuevo que le había traído su viejita; las dos camisas que le trajo su hermano de Brasil y los quince pesos que le dejó su viejo en la última visita y que pudo mantener a salvo de la requisa. Se tiró en la cama y dejó que su cabeza organizara sus primeros pasos en libertad. Decidió que pasaría los primeros días en casa con su familia que tanto había padecido su ausencia. A sus viejos amigos trataría de verlos en la siguiente semana y solo a dos que al fin y al cabo fueron los únicos dos que aunque más no se sea le arrimaron una carta, un cartón de fasos  y visitaron a sus padres cada tanto para enterarse como andaba; con los otros ya vería, después de todo no guardaba rencor con nadie y sabía que sus razones tendrían ya que afuera eran días bravos. Buscaría algún laburo rápidamente para tener algún billete para poder hacer algo y reharía su vida pacientemente, sin alocarse, porque este infernal encierro le había enseñado a ser paciente…

A la hora de salir al patio de recreo se excusó con el guardia, el recreo de la tarde era optativo, y decidió aguardar en su celda dando rienda libre a su imaginación tirado en la cama. Cuando el resto volvió a las celdas tomaron mate, repasaron anécdotas e hicieron juramentos que nunca en la vida cumplieron. Prometió al Doido y al Tarta que visitaría a sus madres y les alcanzaría unos mangos para que les depositen en la cantina. Repartió con ellos algunas cosas y dejó en sus manos decidir a quién le iban a dar lo que no se quedasen. Y así entre una y otra cosa se hizo la hora del recuento y después del consabido “buenas tardes señor, sin novedad señor”, se dispuso a higienizarse y vestirse como para la calle mientras el Tarta y el Doido seguían parloteando, hasta que desde la puerta del pabellón se escucho “celda cuarenta y seis, con todo” y se le encendió el alma, el corazón parecía salírsele del pecho, el barullo se desató a su alrededor porque siempre que a esa hora gritaban numero de celda seguido de un con todo, era que ese se iba en libertad y eso se festeja siempre. El guardia le abrió la celda para que vaya a saludar a sus compañeros y él fue a despedirse de todos uno por uno y desearles suerte, al final de cuentas era un tipo querido por muchos, detestado por muy pocos y respetado por todos, respeto que supo ganarse parándose de manos cuando le tocó hacerlo, ayudando a todo aquel que se lo pedía con la redacción de escritos para el juez, siendo solidario, haciendo una huelga de hambre de cinco días en los buzones de castigo para que le levantaran una causa interna por intento de motín que era una falacia de un jefe de piso que vino borracho y los despertó a las cuatro de la mañana con la música a todo volumen, lo que generó la protesta del pabellón y la consecuente visita de la requisa, los palos y el castigo para él y cuatro presos más.

Salió del pabellón con su bolsita y las manos al costado ya no más las manos atrás y mirando el piso, lo subieron al ascensor y en planta baja lo llevaron a una oficina donde le hicieron firmar unos papeles y le dieron un dinero que consistía en ciento catorce pesos y que tenía depositado como peculio por sus tareas, poca guita pero que para él esa noche era un dineral. Fue escoltado hasta un patio por el que atravesó tres rejas hasta llegar al portón principal que al abrirse le desnudo la tan ansiada calle. Cruzó Pichincha y camino hasta la esquina de Rondeau donde había un quiosco en el que compró un atado de Particulares 30 y una caja de fósforos carterita, pagó, tomó el vuelto, abrió el atado, saco un cigarrillo, lo encendió, dio una pitada profunda y se encamino hacia 15 de Noviembre, dobló a la derecha, saboreo cada metro de las tres cuadras hasta Jujuy, volvió a doblar a la derecha hasta Caseros, cuando llegó a la esquina vio venir el 28 Retiro-Liniers, lo paró, subió, sacó boleto y se sentó en su asiento preferido, el último de los dobles, el que está delante de la puerta trasera, abrió toda la ventanilla y se dispuso a disfrutar del camino que lo acercaba a su  casa, el camino que lo alejaba de su infierno. Después de todo el 2 de noviembre de 1982, Día de  los Muertos, estaba llegando a su fin y el disfrutaba de sus primeros momentos en libertad.

Publicado la semana 2. 11/01/2019
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