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Habitaciones - Final

Grande fue su sorpresa cuando al despertar comprobó que estaba encerrado en una jaula de no más de dos metros por dos metros, desnudo, recostado sobre el piso. Al querer incorporarse comprobó que el lugar carecía de la altura suficiente como para estar de pie; estimó que no superaba un metro y medio, así que de rodillas se movió por el frente de la jaula para constatar lo precario del lugar y que, aunque en la penumbra en la que estaba inmerso alcanzó a divisar otras tres jaulas, aparentemente no había allí otra persona que no fuese él. Un sentimiento de impotencia muy grande se apoderó de él, quizás mayor que el primer día, cuando descubrió que había sido raptado de su propio lecho y conducido a este paraje incierto por vaya a saber quiénes y con qué fines.

El lugar no tenía ningún tipo de aberturas o tragaluces o claraboyas. En realidad no sabía si era de día o de noche. Gritó desaforadamente pero no obtuvo respuesta alguna. La penumbra del lugar había comenzado a ganar también su corazón. No podía salir de un estupor abrumador que lo sumía en una profunda incerteza acerca de su destino. Se sintió sin fuerzas, sin ganas siquiera de comprender que estaba sucediendo. Hasta la noche anterior parecía tener todo medianamente bajo control, descartando desde ya que estaba allí contra su voluntad y desconociendo totalmente los motivos de este cautiverio. Él creía que había comprendido la mecánica del juego en el que cada día ganaba en confort de su alojamiento y cuando todo hacía prever que esta jornada estaría alojado en una habitación con mayores comodidades, estaba tirado en una jaula, con una gran limitación en sus movimientos, desnudo y en una desesperante penumbra. En sus ojos la impotencia y la desazón comenzaron a tomar forma de lágrimas.  Tumbado boca arriba, descorazonado y furioso consigo mismo, así permaneció un largo rato. Tratando de silenciar su mente, de aquietar su pensamientos.

Al cabo de un tiempo decidió incorporarse y, ya sentado y abrazando sus rodillas contra el pecho, comenzó a tratar de desenredar esta trama absurda en la que se hallaba inmerso. Se sentía desmadejado, pero a la vez sabia que debía sacar fuerzas de donde fuese para sobreponerse a este transe y ensayar algún tipo de respuesta a toda esta intriga. Este abrupto cambio en las reglas del juego no hacía más que poner en relevancia la precariedad de su situación que en definitiva era del mismo grado desde el  mismísimo momento en que fue raptado de su lecho, en la comodidad y la seguridad de su casa. Cayó en cuenta que en este mundo nadie está a salvo de nada, que nadie tiene el futuro asegurado. Que nadie es total y plenamente dueño de su destino porque siempre que uno toma una decisión respecto del rumbo de su vida, hay alguien más entre bambalinas decidiendo sobre nuestro futuro como personas, como sociedad y como especie.

Ya más calmado se abocó a la tarea de recorrer su jaula, en cuatro patas como un perro, en busca de algo que no fueran barrotes y el piso pelado y algo frio. Descubrió en un rincón un jarro metálico conteniendo agua fresca que bebió casi de un trago. Comprendió al finalizar su ronda que si tenía que evacuar su vejiga o sus intestinos no había otro lugar que el piso de la jaula por lo que concluyó que habría de aguantarse a la espera de un cambio en su panorama, o de lo contrario debería elegir el rincón más alejado para llevar a cabo sus necesidades, aunque las dimensiones del lugar no permitieran mucha lejanía. Volvió al centro de la jaula y se recostó boca arriba casi pegado a la puerta, a la espera de poder dormirse. Mientras yacía a la espera del sueño recordó el cuento de Cortázar, y si bien él no se debatía entre una guerra florida y la cama de un hospital, se sintió identificado con el personaje del cuento.

Un chirrido fue lo que lo sacó del sueño. Se incorporó hasta quedar sentado y observó, con asombro, que el candado que mantenía la puerta de la jaula cerrada, estaba tirado en el piso. Empujó la misma hasta abrirla por completo. Arrastrándose en cuatro patas salió de la jaula y se incorporó. Un leve mareo sacudió su cabeza y cuando se hubo rehecho se dirigió a inspeccionar las otras jaulas. Luego de corroborar que era la única persona en ese cuarto, avanzó por el mismo en busca de una salida. Mientras avanzaba notó que su estancia en la jaula había sido breve, solo algunas horas, pero lo suficiente para sacudir todos sus esquemas mentales y traerlo nuevamente a la concreta realidad de su cautiverio.

Encontró en la obscuridad una especie de angosto pasillo por el cual avanzó como deslizándose. Recorrió algunos metros hasta toparse con una puerta que se abrió apenas empujarla. La luz que había en la otra habitación lo cegó momentáneamente y cuando recobró la visión plena observó que se hallaba en una habitación mucho más amplia que todas las anteriores. Al frente de la misma había otra puerta con un cerrojo corredizo. A la derecha de la puerta por la que acababa de entrar había una ducha provista de jabón y champú, un espejo, máquina de afeitar y toallones. Un poco más adelante  encontró una especie de vestidor con una muda completa de ropas nuevas, que conservaban sus etiquetas. Encontró allí un jean, una remera, una camisa de jean, calzoncillos, medias y un par de zapatillas. Se dio una ducha rápida, se secó y se vistió, no sin antes arrancar todas las etiquetas de las prendas. Ni quiso mirarse al espejo. Ya vestido, avanzó por la habitación hasta una mesa en donde encontró su billetera y sus llaves. Instantáneamente se percató que su cautiverio había concluido. Inspeccionó la billetera y constató que se hallaban allí su DNI y su licencia de conductor y además había tres mil seiscientos pesos que no eran de él. Metió todo en sus bolsillos y se dirigió decididamente hacia lo que parecía ser la puerta de salida. Corrió el cerrojo y abrió la misma. Salió de la habitación al exterior, a lo que parecía una especie de porche. Estaba comenzando a atardecer y por delante lo esperaba una tupida arboleda por el medio de la cual discurría un amplio sendero de grava. Antes de alejarse definitivamente de ese paraje decidió dar un vistazo a la construcción que lo había alojado, según sus cálculos, por los últimos tres días. Se dirigió hacia el costado derecho para comprobar que la estancia era una construcción tipo chorizo de unos veinticinco metros de largo y, que si bien tenía puertas y ventanas estas estaban tapiadas. Decidió que no podía permanecer ni un solo minuto más en ese lugar así que emprendió hacia el sendero casi a la carrera. Cuando hubo avanzado unos cuantos metros se detuvo y volteó su vista atrás para observar por última vez el lugar donde había permanecido retenido contra su voluntad los últimos días. Las primeras sombras daban a la casa un aire macabro. Volvió la vista al frente y emprendió la carrera hacia una tranquera que se divisaba unas decenas de metros por delante. Por la posición del sol dedujo que hacia el frente se hallaba el oeste. Cruzó la entrada y se dirigió hacia la izquierda. Avanzó por el descampado hacia lo que parecía un camino comunal. No tenía ni la más remota idea de donde se encontraba. No había en los alrededores ninguna vivienda ni personas a la vista, solo algunas plantaciones y algunos invernaderos. Al llegar al camino vio una camioneta que venía hacia él y con dirección hacia el este. Se cruzó delante de la misma haciendo señas para que se detuviera. El joven que estaba al volante se detuvo cautelosamente unos tres metros delante de él  y bajó la ventanilla. Él se aproximó lleno de preguntas

-Gracias por frenar. Lo primero que quiero saber es donde demonios estoy – profirió exaltadamente

-Tranquilo señor, cálmese. Nos encontramos en Luján. Por lo que veo está usted perdido. – contestó el joven. –Precisamente nos hallamos en la afueras de Torres

-¿Usted podría alcanzarme a algún lugar más poblado?

-Por supuesto señor. Mire yo voy hacia la capital, más precisamente a Floresta y entre este lugar y mi destino final, puedo dejarlo donde más le convenga.

-Se lo agradezco muchísimo, es más, tengo dinero como para pagarle por el viaje.

-No es necesario – dijo mientras abría la puerta del lado del acompañante.

Él subió presuroso y extendió su mano al tiempo que le agradecía. El joven puso se en marcha nuevamente mientras él comenzaba a contar lo mas serenamente posible su historia, que el joven escuchaba atentamente pero sin parecer sorprendido. Cuando finalizó su breve raconto el joven sonrió y le comentó que no era la primera vez que levantaba, en ese camino, a alguna persona con idéntico relato. Este era su tercer pasajero este año que le narraba una historia similar. Con anterioridad había encontrado primero a un joven de unos veinticinco años y unos meses después una mujer de alrededor de cuarenta años y ahora había dado con él. También le comentó que en Torres, localidad en la que vivían sus padres, se comentaba que cerca de la ruta cuarenta y siete estaban pasando cosas raras, pero nadie sabía a ciencia cierta qué, solo contaban con los relatos de personas que aparecían perdidas por la ruta.

El joven conducía velozmente por una ruta prácticamente desierta con destino al Acceso Oeste. Le preguntó si quería ir a una comisaría a hacer la denuncia y él se negó rotundamente. Prefería volver a su casa y fríamente analizar lo hasta aquí sucedido con algunos amigos, en los que confiaba plenamente, y esperar que junto a ellos y a sus propios hijos, arribaran a la mejor decisión que pudieran hallar en forma conjunta.

Mientras pasaban por las afueras de Open Door, el joven le preguntó si le molestaba que pusiera un poco de música, a lo que él le contestó que no tenía problemas mientras no fuera cumbia o reguetón. El joven sonrió y le dijo que se quedara tranquilo que a este camino había que hacerlo escuchando buen Jazz, mientras por los parlantes de la camioneta comenzaba a asomar la encantadora trompeta de Miles Davis tocando Saeta de Sketches of Spain, él asintió y recostó su cabeza sobre el cabezal del asiento dispuesto a relajarse un poco y dejarse llevar por la música y el paisaje.

Agradeció, para sus adentros, haber dado con este joven por demás comprensivo y discreto, que no lo agobiaba con preguntas, quizá porque él no era el primer pasajero que levantaba en sus condiciones o quizá porque no era casual que justo en el momento en que saliera a la ruta apareciera con su camioneta para sacarlo de allí. Pensó por unos instantes en esa posibilidad, que no le pareció descabellada. Decidió que de ser así, lo más conveniente era hacerse el boludo y seguir el juego. De todas maneras si el jovencito era parte de este complot, él por fin podía ponerle un rostro a toda esta situación, y, si solo se trataba de un buen samaritano, mejor que mejor.

Cuando ya habían entrado a Luján el joven le dijo que pararía en un kiosco a comprar algunas cosas para el resto del camino. Él se ofreció a bajar y abonar por las cosas que el joven quisiera comprar, al fin y al cabo era lo menos que podía hacer y se sentía moralmente en la obligación de hacerlo y además el necesitaba comprar tabaco y papelillos, si al joven no le molestaba que fumara en su camioneta. El joven sonrió y le dijo que para nada le resultaba molesto que fumara ya que el también lo hacía, tres o cuatro cigarrillos al día. Se pusieron de acuerdo en bajar los dos y que el joven le concedería que él pagara por todo. Salieron de la cuarenta y siete en la rotonda y tomaron la Avenida Nuestra Señora de Luján en dirección a la calle Veinticinco de Mayo, transitaron por esta hasta Nueve de Julio y doblaron hacia la izquierda deteniéndose frente a un amplio local. Descendieron de la camioneta y procedieron a hacer sus compras que consistieron en una botella de agua mineral, un paquete de Cerealitas y unas pastillas menta-miel para el joven y un paquete de tabaco Don José, papelillos El Ombú y una lata de cerveza bien fría para él. Abonó con gusto los trescientos quince pesos y se dirigieron ambos hacia la camioneta. El joven puso en marcha el vehículo y, al tiempo que volvía a sonar la trompeta de Davis, le preguntó donde quería que lo dejara y él le contestó  que si no era mucha molestia se bajaría en la Avenida General Paz, en Liniers. El joven asintió con una sonrisa y se dirigieron hacia el Acceso Oeste.

Él armó un cigarrillo que le ofreció al joven quien declino la oferta, por lo cual lo encendió y bajo la ventanilla para usar el camino como cenicero ya que desde hacía un tiempo los coches no venían equipados con ceniceros. Sintió la agradable caricia de la brisa sobre su rostro, mientras observaba las luces de la autopista y sus alrededores. Pocas palabras intercambiaron a lo largo del camino, el joven por respeto al silencio de su acompañante y él más por precaución que por mera reflexión. Solo departieron sobre gustos musicales y él le dio una larga lista de discos que el joven debería tener en cuenta, después de todo hoy día con una buena conexión de banda ancha y un poco de maña, uno puede hacerse de centenares de gigabytes de música.

El joven se ofreció a dejarlo sobre la Avenida Juan B. Justo a lo cual el accedió ya que su domicilio se encontraba a no más de veinticinco cuadras, que estaba más que acostumbrado a caminar.

La camioneta se detuvo en la Estación de Servicio de Cuzco y Juan B. Justo, se despidieron, el joven le extendió una tarjeta personal y se ofreció para ayudarlo en lo que fuera necesario, él agradeció su amabilidad y le aseguro que se pondría en contacto ni bien pudiera aclarar algo de toda esta extraña situación. Estrecharon un fuerte apretón de manos y él descendió de la camioneta que comenzó a alejarse haciendo sonar su bocina.

Ya era noche plena. Bajó por Cuzco hasta Rivadavia, cruzó las vías del Sarmiento y se dirigió por José León Suárez hacia Tonelero mientras armaba otro cigarrillo al paso y trataba de parar de hacerse preguntas que no podía responderse. Lo único que ansiaba era llegar a su domicilio comer algo, trancar puertas y ventanas y dormir hasta que pudiera, luego vería cual serían sus próximos pasos.

Al llegar a la esquina de su casa se detuvo para observar si había alguna anormalidad en los alrededores. Abrió presuroso la puerta, cerró con llave y trabó la puerta con un tirante. Ya en la cocina abrió la heladera y tomó una cerveza y un trozo de queso y se dirigió a su habitación. Contempló la cama que le resultaba un inmenso baldío desde el fallecimiento de su compañera, hacia ya dos años y medio. Dejo la cerveza sobre la mesa de luz. Corrió el chifonier para trabar la puerta de entrada que previamente cerró con llave, cerró la persiana y la trabó con el palo de un escobillón y se desplomó en la cama. Mañana llamaría a sus hijos para ponerlos al tanto de todo y para que le aconsejaran qué hacer. Haría lo mismo con sus dos amigos más entrañables. Se durmió sin alcanzar a tomar la cerveza ni comer el queso.

Al despertarse ya eran las siete y media de la mañana, se levantó, se preparó el mate y unas tostadas. Desayunó y fue hasta la puerta de calle vio que había correspondencia. La levantó y la examinó, la factura del ABL, la del teléfono y una comunicación de una financiera que desconocía, volvió a la cocina y abrió la carta de la financiera. Se sorprendió al comprobar que le informaban que sus acciones, que él desconocía tener, y que ascendían al monto de treinta y ocho mil dólares, habían sido reinvertidas de acuerdo a lo pactado, con una expectativa de un sesenta y dos por ciento de intereses en los próximos seis meses. No salía de su asombro ya que nunca había comprado ninguna acción de ningún tipo porque siempre había vivido con apenas un poco más de lo justo. Más abajo en la carta, decía que llegado el plazo podría reinvertir total o parcialmente o liquidarlas total o parcialmente y solo necesitaba comunicarse por mail para que la financiera procediera de acuerdo con su decisión. Mientras trataba de salir de su sorpresa se animó a conjeturar que esto tenía la misma procedencia que su secuestro y posterior cautiverio.

Luego de pensarlo un largo rato y de evaluar muchas variables se dijo que lo mejor que podía hacer era dejar todo como estaba, no indagar en busca de respuestas y aguardar hasta septiembre para liquidar sus acciones en dólares y dedicarse a vivir sus últimos años de manera más holgada, económicamente hablando. Después de todo a lo largo y ancho de su vida todas las decisiones que había tomado siempre estuvieron supeditadas a las decisiones de otros, pero su vida la vivía con toda la libertad que el entorno le permitía. Poco le importaba ya si había sido parte de un experimento social o víctima de un grupo de psicópatas perversos que se regocijaban atormentando a inocentes como él. A fin de cuenta sabía que ahora estaba despierto, estaba en casa, en su casa, la que compartió con su compañera hasta su partida y que aún a veces parecía pasearse por el patio cautivándolo con su canto cristalino. Su casa, en la que sus hijos habían crecido y de la que habían partido. Su casa, en la que habitaba junto a sus recuerdos y fantasmas en una absoluta soledad, solo interrumpida por la visita de sus amigos o su hermano y alguna que otra comilona familiar.

Tomó el teléfono y llamó a sus hijos y sus amigos y les pidió que se pasaran a la nochecita que mientras se comían unas pizzas, que él mismo prepararía, tenía que contarles algunas cosas muy extrañas por las que pasó en los últimos días. Todos aceptaron la invitación, por lo que salió a hacer las compras para la noche mientras se preguntaba si a veces era mejor no hablar de ciertas cosas.

Publicado la semana 14. 01/04/2019
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