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neKKKro

Habitaciones - Capítulo 2

Cuando comenzaba a despabilarse lo sorprendió la luminosidad del cuarto y la perspectiva del mismo, que tenía ahora. Lo primero que descubrió es que ya no estaba recostado sobre una colchoneta en el piso sino que yacía sobre un catre. Lo segundo fue descubrir que la claraboya era mucho más grande y fue cuando observó hacia la pared de su derecha y descubrió que allí había una puerta, al igual que en la pared de su izquierda, que pudo confirmar que lo habían mudado de habitación. Se sentó en la orilla de la cama y contempló detenidamente la nueva estancia.

La habitación era bastante más amplia que la anterior al igual que la claraboya, enrejada como la anterior, de la que también pendía una lámpara, pero ya no solo eran el cable, un portalámparas y la respectiva bombita, ahora se le sumaba una especie de tulipa. Las paredes estaban en mejores condiciones, tanto en su revoque como en su pintura, que era de un amarillo maíz y esto contribuía a la luminosidad del cuarto. En el centro ya no había un cajón de frutas haciendo las veces de mesa, ahora había una mesa de madera, pequeña, de no más de un metro cuadrado de superficie, y una silla de esas de madera y paja. Sobre la mesa se encontraban dispuestos un cenicero, un paquete de tabaco Domingo Negro, una caja de papelillos, un termo, que al tantearlo descubrió que estaba lleno de agua, al parecer, caliente, un mate de calabaza, una bombilla de plástico, un plato con tostadas, un recipiente con yerba mate y otro que contenía lo que parecía ser queso crema y una cucharilla, también de plástico, un bolígrafo y dos revistas, una de chismes faranduleros y la otra de crucigramas y sopas de letras. Siguió examinando el entorno y vio que a la derecha de su cama había una banqueta sobre la cual estaban depositados un jean, una camisa, una remera, un par de medias y unas zapatillas, es decir toda una nueva muda de ropa que también reconoció como propia, sobre todo por la remera que tenía estampado el rostro de Evita en la parte delantera. Siguió examinando la habitación y en la esquina que forman la pared trasera y la izquierda descubrió un inodoro con mochila y un pequeño lavabo; sobre la mochila se hallaban una toalla y un jabón de tocador, un cepillo de dientes y un pequeño envase con pasta dental. Evidentemente la nueva morada gozaba de algunas comodidades más que la anterior. Incluso el catre tenía un colchón bastante mullido y dos sábanas y un cubre cama.

Lo primero que hizo fue higienizarse y cambiarse de ropas. Una vez hecho esto se sentó a la mesa examinó el termo y al comprobar que era agua lo que contenía y que estaba caliente, procedió a prepararse unos amargos. Mientras dejaba que la yerba absorbiera la primera cebada, se preparó unas tostadas, no sin antes constatar que lo que se hallaba en ese recipiente cilíndrico era queso untable. Decidió que primero desayunaría y luego recorrería su nuevo habitáculo con mayor detenimiento. Mientras sorbía la bombilla y se reconfortaba con el amargor de su mate, trató de hacer algunas conjeturas sobre su mudanza y como no encontró alguna dotada de la suficiente razonabilidad como para darla por cierta, se propuso organizar su día, suponiendo que el esquema sería el mismo del anterior, es decir, desayuno, dormitada, despertarse por unas horas, almuerzo, otra dormitada, merienda, unas horas despierto, otra dormitada, despertar, cena y seguramente dormirse hasta el otro día. También decidió dejar de enroscar sus pensamientos acerca del origen de esas oleadas de somnolencia, que según sus apreciaciones lo llevaban repartir su jornada en un fifty-fifty entre el sueño y la vigilia. Las cosas estaban dadas de ese modo y a juzgar por sus futiles intentos, poco podría hacer para cambiar estas impuestas reglas de un juego al que se veía obligado a jugar. De todas formas seguiría empleando las horas en que estuviera despierto para tratar de encontrar una salida de este atolladero.

Terminó su desayuno, abrió, con cierta ceremonia, el paquete de tabaco y luego de olisquearlo armó el primer cigarrillo del día y se dispuso a fumarlo relajadamente y estirado en la silla. Echó un vistazo a la tapa de la revista de chismes y la descartó sobre un costado de la mesa. Examinó la otra, la de crucigramas y sopas de letras, y se dijo que en algún momento de su día se dedicaría a resolver alguno de ellos. Habiendo acabado su cigarro procedió a una minuciosa recorrida por la habitación y para ello caminó hacia el extremo derecho de la habitación, en el que se encontraba la puerta que el suponía comunicaba con lo que fue su estancia en el día anterior. Pegó su oreja izquierda a la puerta y creyó escuchar unos apagados gemidos, golpeó con su puño y todas sus fuerzas la superficie y los gemidos cesaron. En unos breves instantes y mientras permanecía con su oreja pegada al pórtico le pareció escuchar unos golpes provenientes del otro lado. Luego de un breve silencio se repitieron y él creyó entender que del otro lado estaban pidiendo auxilio al lograr identificar que los golpes no eran más que  la señal internacional de socorro, tres puntos, tres rayas y tres puntos, que era lo único que conocía del código Morse. Esperó que se repitieran para contestar con la misma secuencia de golpes a fin de que la persona que se hallaba del otro lado comprendiera que de este lado la situación era la misma. Casi al instante la persona que estaba del otro lado comenzó una nueva serie de golpeteos que ya no supo decodificar debido a su total ignorancia acerca de claves Morse, por lo cual decidió repetir el SOS y alejarse de la puerta para seguir con su recorrido.

Se animó a conjeturar que este juego se nutría  de un jugador nuevo por día dado que la habitación que el ocupó el día anterior, hoy estaba ocupada por otra persona y arriesgó a afirmar que mañana el estaría en una nueva habitación y la persona que estaba alojada a su derecha pasaría a ocupar el cuarto que él mismo ocupaba hoy, todo esto, si era cierto que el comenzaba a comprender al menos cierta mecánica de este encierro aunque seguía ignorando por completo los fines últimos y los responsables primarios de este cautiverio.

Viendo que las posibilidades de escapar de este sitio seguían siendo nulas y como consideraba que ya había transcurrido una buen lapso de tiempo despierto, y que en no mucho más procederían a dormirlo, dio por finalizado su recorrido matinal y se armó otro cigarro y se fue a fumarlo a la cama mientras aguardaba el llamado de Morfeo, dejando, para cuando volviera a despertar, la inspección de la puerta ubicada a su izquierda. Termino de fumar y no pasaron muchos minutos antes que sus parpados comenzaran a vencerse y cerrarse para dar paso a un sueño profundo.

Como era de esperar, cuando despertó en la mesa ya no estaban el termo ni el mate. Todo lo que había formado parte del desayuno fue reemplazado por lo que sería su almuerzo. Se quedo un rato en la cama observando desde ahí el entorno que lo rodeaba. Se dijo para sí que era notorio que las condiciones de su detención, o como quiera que pudiese llamarse a esto, habían cambiado notoriamente respecto de las del día anterior. Algunas cosas permanecían en un brumoso interrogante. ¿Para qué estaba allí? ¿Quiénes  y porqué lo retenían? ¿Alguien, en algún momento, le daría algún tipo de explicación? ¿De qué se trataba todo esto? Éstas eran solo algunas de las preguntas para las que no hallaba respuesta alguna.

Él era un hombre formado en las ciencias exactas, por ende su pensamiento era riguroso y crítico y eso le hacía más propenso a la observación, necesitaba corroborar todo y, dentro de lo posible, construir un modelo matemático de lo que lo rodeaba. Hasta aquí sus conclusiones se habían solo acercado a la mecánica del encierro propiamente dicho, que por otro lado era evidente a cualquier persona que pasase más de un día en ese lugar, al menos respecto de los horarios de sueño y vigilia. Por lo que hubo de comprender hasta aquí, existían grandes probabilidades de que el día de mañana se encontrara en otra habitación y en mejores condiciones de habitabilidad; se arriesgaba a asegurar que las probabilidades de que esto fuera así eran de un valor muy cercano a uno. Se propuso desligarse de preocupaciones y de hallar respuestas a sus interrogantes y someterse a las reglas de juego, sin descartar en absoluto, la posibilidad de fugarse de allí a la primera oportunidad.

Acomodados así sus pensamientos, se levanto de la cama y se dirigió hacia la mesa a examinar lo que le habían dejado para el almuerzo. Descubrió que el plato del día era nada más y nada menos que milanesa con puré y de postre, una pera. Sin más ni más se dirigió al rincón en el que se encontraba el retrete, con intenciones de vaciar la vejiga e higienizarse, para luego abalanzarse sobre la milanesa. Mientras se lavaba las manos recordó que aún le faltaba inspeccionar la puerta de su izquierda para corroborar si del otro lado había alguien. Se dirigió a la misma y volvió a repetir el ritual de apoyar su oreja izquierda sobre la superficie de la puerta y tratar de percibir algún sonido proveniente del otro lado de misma. Las características del pórtico eran idénticas, salvo el color de su pintura, al que se hallaba situado en la pared derecha de la habitación, es decir, una puerta ciega con una bocallaves tapada por un trozo de metal, con un ajuste casi perfecto entre el marco y la puerta misma, que no dejaba ni un mínimo resquicio como para introducir, si llegase a encontrarlo, cosa que a estas alturas creía imposible, algún elemento para hacer palanca e intentar abrirse paso. Como no se percibía ningún sonido decidió ensayar con un SOS en Morse y esperar alguna respuesta. No transcurrieron más de tres minutos cuando oyó del otro lado un golpeteo idéntico al suyo. Volvió a repetir la secuencia de tres golpes cortos, tres largos y otros tres cortos y volvió a escuchar lo mismo como respuesta. Con esto dio por terminado el asunto, conjeturando que sí había alguien del otro lado y este se encontraba en una situación similar a la de él. Que probablemente esa persona había ocupado, el día de ayer, la habitación en la que ahora se encontraba él. Desanduvo  la distancia hasta la mesa y se dispuso a comer. Le sorprendió la ternura de la carne ya que podía cortarla con suma facilidad con el cuchillo de plástico, del tipo que dan en los aviones. Se abocó a la tarea de ultimar la milanesa con puré y  terminada ésta dio la misma suerte a la pera, regando todo con generosos sorbos de agua fresca que bebió ya no de un jarro de metal, sino de un vaso de plástico color celeste que emulaba ser de vidrio. Una vez acabado el almuerzo, tomó el paquete de tabaco y un papelillo y se dispuso a liar un cigarrillo. Lo encendió y recorrió el cuarto mientras lo fumaba. Mientras caminaba se animó a pensar que esto se trataba de algún estudio sobre la conducta humana dadas las diferencias entre la habitaciones que había ocupado y en la alimentación dispensada en cada una de ellas. También se dijo que de ser esto así hubiera preferido ser invitado a participar de esta experiencia, lo cual hubiese aceptado con sumo agrado, en lugar de ser literalmente raptado. Pero se conformó pensando que la situación del secuestro debería formar parte de los requisitos necesarios para el ámbito del estudio. Si es que algo de lo que él suponía hasta acá, tuviese algo de veracidad.

Como hubo terminado de fumar y su cerebro se había aquietado con las conclusiones a las que había arribado en su devaneo, y su cuerpo se encontraba más que satisfecho con lo ingerido, decidió tomar rumbo a la cama para apoltronarse a la espera de lo inevitable, que ya sentía aproximarse.

Al despertar de la siesta notó que en la mesa volvía a encontrarse el termo y el mate. Antes de levantarse tomó algunas decisiones. De ahora en más dejaría de preocuparse por lo que sucediera en las habitaciones contiguas, tanto la de su derecha como la de su izquierda, y esto lo mantendría cada día, así fuese mudado de habitación o no. Las jornadas que transcurrieran allí se dividirían en desayuno, almuerzo, merienda y cena, con sus respectivas etapas de sueño. Dar por sentado que estaba siendo monitoreado con algún tipo de diminuta cámara, que hasta aquí no había descubierto. Esperaría con calma y sin expectativas el desenlace de esta situación dado que al parecer no había posibilidad alguna de contribuir con sus acciones a la finalización de este cautiverio, ya que suponía que solo el acatamiento y sumisión a las reglas de juego eran las únicas herramientas con las que contaba para salir de allí. Esto es lo que haría de ahora en más salvo que viese en riesgo su vida y entonces daría las batallas que tuviera que dar a fin de conservarla. No obstante esto seguiría intentando hallar algún punto de fuga.  Con sus pensamientos acomodados para el de ahora en más, se levanto de la cama y se dirigió hacia el retrete, urgido y alertado por el estrépito de sus tripas.

Ya sentado a la mesa observó que aparte del termo, el mate con su bombilla y la yerba, había un plato conteniendo escones (una especie de panecillo hecho básicamente de harina y mantequilla), un recipiente con una especie de quesillo, distinto al del desayuno y otro recipiente de plástico más grande y con tapa hermética, que luego de abrirlo, descubrió que contenía tres sándwiches de jamón, tomate, lechuga y huevo duro en pan de molde; además había también un recipiente con un racimo de uvas blancas, algunas frutillas y una banana. Esto le pareció demasiado para una merienda por lo que presintió que seguramente se trataría de los víveres para la cena, con lo cual existía la posibilidad de que el espacio de sueño que mediaba entre la merienda y la cena hubiese sido abolido, al menos por el día de hoy, y esto lo obligaría a hacer modificaciones en su división del día. Así que preparó el mate y se dispuso a merendar al tiempo que tomó la revista de crucigramas y sopas de letras y se entregó a la tarea de resolver alguno de ellos mientras merendaba. Acompaño los mates con los escones untados con quesillo y decidió dejar el resto para la cena en caso de que no volvieran a dormirlo.

Sumido en la resolución de crucigramas no se dio cuenta que ya estaba oscureciendo hasta que alzó la vista en busca de la respuesta a la siete vertical y notó que por la claraboya comenzaba a filtrarse la noche. Hizo a un lado bolígrafo y revista y se puso de pie como para caminar y estirar un poco sus piernas. Mientras daba vueltas notó que su cabeza permanecía en un notable silencio, solo interrumpido por este pensamiento. Se sentía un tanto más aliviado, al menos momentáneamente luego de haberse puesto pautas claras al despertar de la siesta. Al pasar cerca de la mesa en su recorrido, se detuvo para armar un cigarrillo que encendió y prosiguió con la caminata. Dio exactamente  dos mil trescientas vueltas alrededor de la habitación que equivaldrían, considerando las dimensiones del cuarto que evaluaba eran de seis por cinco metros, a algo más de cinco kilómetros, con lo cual dio por cumplida su actividad física por el día. Fue hasta la zona del lavabo y el retrete, orinó y se aseó un poco, tanto como para sentarse a cenar y luego acostarse a la espera de otro día y la corroboración de sus evaluaciones previas.

Como había previsto por la cantidad de víveres dispuestos en la mesa, no había sido puesto a dormir  luego de la merienda. Cuando se dirigía hacia la mesa le pareció oír ruidos provenientes de la habitación de la derecha y decidió ignorarlos de acuerdo a lo que se había propuesto por la tarde. Se sentó, abrió el recipiente que contenía los sándwiches y se dispuso a degustarlos. Luego de acabar con ellos se dedicó a rendir cuentas del recipiente con frutas. Al finalizar la cena armó otro cigarrillo, lo encendió  y fue hasta la claraboya para espiar el cielo y tratar de ver alguna estrella. Al no poder observar nada, luego de un rato de estirarse y contorsionarse en procura de visualizar algún astro, se dirigió al lavabo, cepilló sus dientes y fue a recostarse a la espera del sueño que lo transportara hacia otro día y, muy probablemente, hacia otra habitación.

Publicado la semana 13. 26/03/2019
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