12
neKKKro

Habitaciones - Capítulo 1

Cuando despertó descubrió que no estaba en su cuarto, la cabeza le dolía terriblemente, se sentía un tanto mareado. Estaba recostado en una colchoneta en el piso y cubierta por unas sábanas muy ajadas. El cuarto en el que se hallaba le era totalmente extraño. No tenía ni idea de cómo había ido a parar allí. Trabajosamente se puso de pie y comenzó a inspeccionar el lugar en el que estaba. La estancia era de unos  tres metros por cinco, a lo sumo, no había ventanas, solo un tragaluz en el techo, vallado con una especie de reja, y una lámpara, de muy baja potencia,  colgando del techo y encendida. Solo una puerta  a su derecha y un cajón de frutas vacio que hacía las veces de mesa justo debajo del tragaluz, sobre el cajón había un jarro metálico y una hogaza de pan. Comprobó que estaba totalmente desnudo pero a la derecha de la colchoneta había un hato de ropa que reconoció como suya. Mientras se vestía cayó en cuenta que solo había una puerta en el cuarto y estaba ubicada al centro de la pared situada a su izquierda. Se acercó y comprobó que no tenía picaporte, solo una bocallave tapada por un trozo de chapa, aparentemente soldado. Embistió contra la puerta sin otro resultado que un fuerte dolor en su hombro y brazo derecho. En un ataque de furia comenzó a gritar y maldecir como poseído, fue entonces cuando escucho unos sonidos, más bien apagados, provenientes del otro lado de la puerta. Acercó su oreja a la misma y alcanzó a discernir que esos sonidos correspondían a algo o alguien que golpeaba del otro lado. El golpeó con toda su fuerza y comprobó, por lo apagado del sonido de sus golpes contra la puerta, que esta era muy gruesa y de una contextura muy maciza. Entonces sintió una terrible angustia que se transformo en un nudo en su garganta y comenzó a llorar, desahuciado. Su situación era desesperante, estaba en lugar totalmente desconocido, no tenía la más mínima idea de cómo había ido a parar allí desde su placida cama, en la que se había acostado la noche anterior. Para colmo estaba encerrado y no había encontrado ningún indicio de salida de ese lugar. Volvió al centro de la habitación, donde estaba el cajón que hacía las veces de mesa y sobre el cual se hallaban depositados el jarro metálico y la hogaza de pan. Comprobó que el pan estaba todavía tibio y que el jarro parecía contener café, que también estaba bastante tibio y despedía un aroma intenso y muy agradable , así que decidió comer el pan y tomarse el café mientras trataba de encontrar alguna explicación a todo esto que acontecía con su persona y a su alrededor.

Al acabar de engullir el pan y sorber el café, descubrió que bajo el cajón que hacía las veces de mesa, había un paquete de tabaco negro, una caja de papelillos, ambos, tabaco y papelillos, de la marca que él solía comprar, y un encendedor, que comprobó que era su viejo y querido  zippo. Esto, a la par que le resultara extraño, comenzó a despertar sus sospechas de que no había sido chupado porque sí y al azar, sino mas bien había sido elegido, sin poder encontrar una explicación del cómo, ni el cuándo, ni mucho menos el porqué y el por quién. Así que mientras en su cabeza se agolpaban cientos de preguntas sin que él pudiera esbozar alguna puta respuesta, decidió armarse un cigarrillo, encenderlo y disfrutarlo, a sabiendas como hace ya más de cuarenta y cinco años, que cada bocanada de humo que aspiraba contribuía a destruir su salud, o al menos eso revelaban las odiosas fotos y leyendas que cada paquete de tabaco traía estampadas desde no hace tanto tiempo. Al terminar el cigarrillo aplasto la colilla contra el piso y se puso de pie para inspeccionar la habitación en busca de alguna salida oculta o algún trozo de metal, lo suficientemente consistente y como para tratar de abrir la única puerta que al parecer era la única entrada o salida de allí.

Luego de dar repetidas vueltas golpeteando las paredes en busca de una salida y de no encontrar nada con lo que tratar de hacer palanca en la puerta, se dio por vencido y se recostó sobre la colchoneta. Sintió un sopor incontenible y sin darse cuenta se durmió profundamente.

Al despertar seguía estando en el mismo lugar y sin indicios de respuesta alguna. La luz que entraba por la claraboya indicaba que aún era de día y por la intensidad de la misma dedujo que era pasado el mediodía y se decidió a arriesgar, para sí mismo que no eran más de las tres de la tarde. Se incorporó hasta quedar sentado en la colchoneta y descubrió que sobre el cajón que hacía las veces de mesas, además del jarro y una nueva hogaza de de pan, había un  trozo de lo que parecía ser queso y un trozo de carne, en apariencia demasiado cocida y reseca. Esto le hizo caer en cuenta que alguien por algún lado había entrado en la habitación mientras dormía. Dedujo también que dadas las misteriosas circunstancias de su cautiverio, nadie se expondría a entrar allí sin estar completamente seguro que dormía profundamente. Por esta apreciación dedujo también que su repentino sueño no era producto del azar ni de su desazón, más bien había sido provocado por alguna sustancia en el café, o en el pan, o en el tabaco. Consideró en primera instancia que estaba alojado en ese lugar por razones que, a su parecer, tenían que ver más con algún tipo de experimento social o psicológico o farmacológico, que con un rapto por algún rescate monetario o alguna detención clandestina de las que ya habían acontecido hacía unas décadas atrás. En el tiempo que llevaba en ese lugar, y ciertamente ignoraba si se trataba de horas o de días, no había tenido contacto con nadie, solo unos sonidos del otro lado de la puerta, que en sí mismos no aseguraban la presencia de otra persona del otro lado de la misma. Volvió a recorrer la habitación inspeccionándola minuciosamente y fue al llegar a la rincón que formaban la pared de su derecha y la pared que hacía las veces de cabecera de su colchoneta, se hallaban, dispuestos sobre el piso, un papagayo y una chata, de esos que se usan en los hospitales cuando uno se encuentra impedido de trasladarse al baño por sus propios medios. También allí depositado, había un rollo, ya empezado, de papel higiénico. Estaba completamente seguro que ninguna de esas tres cosas estaban allí en sus recorridas anteriores. Lo cual hacía pensar que alguien debió colocarlas allí mientras dormía, y seguramente al comprobar que había ingerido el pan y el café y su cuerpo seguramente se vería necesitado, en algún momento,  de evacuar lo ingerido. También se le ocurrió que debió haber sido en el mismo momento en que dejaron la comida.

Volvió a recorrer la estancia detenidamente y mientras lo hacía cayó en cuenta que desde que estaba ahí, salvo sus desaforados gritos de impotencia y lo que parecía ser un golpeteo en el otro lado de la puerta, no había escuchado ningún sonido externo, ni bocinas, ni motores de algún tipo, ni aviones surcando el cielo, ni trinar de pájaros, ni nada de nada, solo el ruido de sus pasos, el crepitar de las brasas del cigarro, y los sonidos de su cuerpo al tragar el pan y el café y al respirar. Termino su ya enésima recorrida sin hallar nada nuevo más que la chata, el papagayo y el papel higiénico. Así haciendo caso al crujir de sus tripas que parecían reclamarle la ingesta de algo, se aproximó al cajón que hacía las veces de mesa, examinó pacientemente lo que allí se encontraba, olfateo cada una de las cosas para comprobar si por el aroma descubría donde se hallaba el somnífero que él estaba seguro le proporcionaban de algún modo y como no olió nada raro, y sus tripas volvieron a insistir en sus reclamos, se sentó en el piso y se dedicó a comer. Comenzó por abordar el queso y el pan, que por cierto estaban deliciosos, luego con un poco de desconfianza probo la carne, muy por el contrario a su primera impresión sobre el exceso de cocción y la sequedad de la misma, comprobó que la carne estaba en el punto justo que a él le gustaba y que por otro lado era carne de cerdo que era su preferida. Probó el líquido  que se hallaba en el jarro y descubrió sin sorpresa que se trataba de agua fresca. Habiendo terminado de comer se dispuso a armar otro cigarrillo. Lo fumó mientras caminaba alrededor del cuarto para estirar las piernas y contribuir a la digestión. Su cabeza seguía acumulando preguntas sin ningún tipo de respuesta, en definitiva seguía sin tener la mas puta idea de por qué estaba donde estaba, y vaya uno a saber donde carajos quedaba ese lugar y mucho menos quien mierda lo había puesto allí y sobre todo para qué. Siguió dando vueltas alrededor de la habitación hasta que comenzó a sentir un cansancio creciente y decidió recostarse en la colchoneta y apenas tomó contacto con la superficie de la misma sintió ese creciente sopor y volvió a caer en un sueño profundo.

Al despertar lo hizo convencido que el somnífero estaba en los alimentos. Se incorporó y al estar de pie comprobó que salvo la nueva hogaza de pan sobre el cajón no había acontecido ningún otro cambio en la estancia. La luz que penetraba desde el exterior delataba el atardecer. Para confirmar sus apreciaciones recorrió la habitación al llegar a la esquina formada por la pared la derecha y la pared que el había decidió nombrar como posterior, sintió ganas de orinar así que decidió volcar el contenido de su vejiga en el papagayos. Volvió al centro del cuarto y observo detenidamente la hogaza de pan y el contenido del jarro que ésta vez parecía contener té verde con menta, que, de todas las infusiones que solía ingerir habitualmente, era su predilecta. Volvió a considerar que antes de raptarlo y traerlo e este lugar alguien se había tomado el trabajo de hacer varias averiguaciones sobre sus preferencias y hábitos, salvo el café que le habían dejado a manera de lo que el suponía un desayuno, con las demás cosas habían estado bastante acertados. No usó el plural accidentalmente sino más bien porque estaba seguro que esto era obra de más de una persona, quizá de algún tipo de organización  y, de todas las posibilidades que barajaba, la de estar participando involuntaria y forzadamente de algún tipo de experimento era la que más puntos sumaba en sus evaluaciones. Con respecto al objeto del supuesto experimento, todavía no estaba seguro si se trataba de algún tipo de estudio sobre la adaptación a los entornos impuestos, al tiempo que tardaría de rebelarse a tales imposiciones o simplemente estaban probando un nuevo somnífero, que hasta acá había probado ser el más efectivo que hubiera tomado a lo largo de su vida.

Como primera manifestación de rebeldía decidió no ingerir ni el té ni la hogaza de pan, porque para él, ese era el lugar ideal en el cual esconder algún barbitúrico. Así que volvió a recorrer la habitación en busca de cualquier mínima cosa que pudiera haber pasado por alto en sus quichicientas recorridas anteriores. Luego de no hallar nada decidió armarse un cigarrillo y se recostó en la colchoneta a fumar y ver si sus elucubraciones lo llevaban a algún lado, en lo posible a algún lado fuera de allí. Termino de fumar y apagó la colilla contra la pared que dio en llamar posterior y con el tizne negro que quedaba en los restos del cigarro estampo sus iniciales en el muro y que eran la única marca que había en las paredes y la puerta hasta el momento, ya sea porque nadie hubiera estado en esa habitación hasta su llegada, o porque nadie hubiera decidido estampar marca alguna sobre las paredes, mal pintadas pero relativamente limpias, o porque alguien se dedicaba a limpiar las paredes. Noto con una sonrisa que sus devaneos se estaban orientando a boludeces y no a descubrir alguno de los interrogantes que ya acometían con menor fuerza sobre su comprensión de lo que lo rodeaba. Se dirigió hacia la puerta y golpeteo con fuerza pero no tuvo ninguna respuesta del otro lado. Volvió a la colchoneta no sin antes tener que hacer un notable esfuerzo para no ceder ante la tentación de comerse el pan y beberse el té. Se recostó y comenzó a sentir ese sopor que antecede al sueño y, aunque puso mucho empeño por permanecer despierto, volvió a dormirse profundamente.

Cuando despertó ya era de noche cerrada, lo comprobó porque por el tragaluz no entraba ningún atisbo de luminosidad proveniente del exterior y sobre todo porque la lámpara iluminaba perfectamente la morada en su totalidad, con lo cual su primera impresión respecto a la escaza potencia de la misma, era totalmente falsa y esto debido, probablemente a que la luz del día que atravesaba la claraboya hacia parecer tenue la luz que proporcionaba la bombita que colgaba del techo. También comprobó que la sustancia que lo hacía dormir como un condenado, no provenía de los alimentos que le proporcionaban y que descubrió que no habían sido cambiados. Allí estaban el jarro con té verde con menta, que se había enfriado, y la hogaza de pan que permanecía crujiente. Recorrió la habitación con la vista y comprobó que todo estaba como la última vez que había revisado, incluso sus iniciales garbadas con tizne sobre la pared, salvo el papagayo que había sido vaciado de sus orines. Esto ya daba por cierto que lo dormían para acomodar cosas y reponer los alimentos, a excepción de esta vez, que como él no los había tocado, no los habían repuesto, ya sea para escarmiento o porque en ese lugar no servían cena. Decidió tomar el té y comer el pan ya que no había peligro de que lo hicieran entrar en un sueño profundo nuevamente. Mientras liaba otro cigarrillo y mientras pasaba suavemente la lengua sobre el pegamento del papelillo, para humedecerlo y poder cerrarlo, tuvo la certeza que el somnífero que le administraban seguramente se hallaba impregnado en el tabaco. Decidió otro acto de rebeldía y no encendió el cigarro. No fumaría, por ende no se dormiría y tendría la ocasión de, haciéndose el dormido, de ver el rostro de alguno de sus captores y podría llegar a dilucidar que hacía en ese sitio, porque estaba ahí y quien lo mantenía cautivo. Como supuso que la persona que entrara a la habitación no estaría muy dispuesta a colaborar en la resolución de tales acertijos, cortó las mangas de su camisa en tiras que trenzó para confeccionar una especie de sogas con las que planeaba maniatar a quien entrase por la puerta o por donde mierda sea que lo hacían y someterlo a un interrogatorio exhaustivo.  Fue hasta el papagayo a vaciar nuevamente su vejiga y volvió  a recostarse en la colchoneta que hacía las veces de cama, se tapó con la sabana raída y ocultó bajo ella las sogas que había improvisado con las mangas de su camisa. Se dispuso a esperar que alguien entrara. Pero al rato de estar fingiendo un sueño profundo, sintió nuevamente ese sopor y fue derrotado por el sueño una vez más.

 

...continuará...

Publicado la semana 12. 19/03/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
12
Ranking
1 294 1