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neKKKro

Boceto policial

Eran la tres de la tarde en punto cuando abrí la puerta de costado, sobre la colectora de General Paz, y entré a La Banderita. Un bar, pizzería, café de morondanga con pretensiones de restobar y un inconfundible, pero a la vez atractivo, tufo a empanada frita en grasa.

Busqué rápidamente una mesa sobre la ventana y me dirigí con paso aplomado hacia una para dos, ubicada justo al lado de la puerta principal, sobre la ochava con Rosas, apoyé la tablet sobre la mesa, corrí la silla, me saqué la campera, la bufanda y me senté a la espera del mozo, que no se demoró en llegar.

-Buenas tardes - irrumpió con voz afable, mientras repasaba la mesa - que le podemos servir al caballero...

- Buenas tardes, un cortado liviano y una ginebra doble, si es tan amable – respondí, tratando de emparejar su cordialidad.

Afuera la aspereza del invierno comenzaba a poblar la calle de gente que va volviendo de laburar con el paso ligero que el frío impone en el andar... Aquí adentro por el contrario, al abrigo de la calefacción todo era más pausado.

A menudo suelo venir a éste y otros bares a la caza de material para mis relatos, para mis poemas. Trato de adivinar las historias que se esconden en cada uno de los que allí se encuentran. Tomo apuntes en mi tablet, también alguna que otra foto que me ayude a rememorar, más tarde, situaciones, personas que pueden convertirse en personajes. A veces sólo escribo impulsado por el ambiente, otras tantas sólo leo algún libro. En fin, buena parte de mi vida me la he pasado en bares, solo, con amigos, con alguna mujer a la que cortejaba. Soy de una generación que solía encontrarse en bares a tomar un café y era la perfecta escusa para contarse las cuitas, discutir el rumbo del país, el rumbo del mundo.

El mozo se acercó y con esa cadencia que les es propia depositó el cortado y la ginebra sobre la mesa.

-Sírvase, caballero

-Muchas gracias – contesté

Cada uno volvió a lo suyo, él a cuidar que nadie esté sin atender y que nadie se vaya sin pagar y yo a mis disquisiciones mientras aguardaba, como buen pescador, que alguna historia se clave en mi anzuelo.

Mientras comenzaba a saborear mi ginebra irrumpió en el bar una joven, que a las claras desentonaba con el lugar. Elegantemente vestida, con ropa en apariencia costosa, se sentó en una de las mesas dobles que están en medio del salón, miró su reloj, miró el reloj que está en la pared, detrás de la caja, y alzó impaciente su mano para llamar al mozo, quién asintió con su cabeza mientras se dirigía hacia ella. Consultó al mozo sobre algo e hizo su pedido, que resultó ser un té.

Con mucha prudencia desplacé mi tablet hasta que la cámara quedó enfocándola y saqué algunas fotos. Se notaba su impaciencia por la demora en la llegada de alguien con quien debía encontrarse en ese lugar. Bebía su té de a sorbos pequeños y consultaba su reloj nerviosamente.

Pasaron no más de diez minutos, cuando por la puerta de la ochava entró un señor  cincuentón, muy bien parecido y muy bien vestido. Ella dio un pequeño respingo al verlo aparecer y alzó nuevamente su mano, no ya para solicitar los servicios del mozo, sino para indicarle al hombre que acababa de entrar, que ella estaba allí.

El hombre se acercó a la mesa y se sentó sin saludarla. Comenzaron un diálogo en voz baja, con mucha gesticulación de parte de ambos, él trataba de mostrarse calmado y comprensivo, ella en cambio iba ganando en nerviosismo y comenzaba a alzar la voz. El hombre hizo el amague de levantarse y ella estallo en un grito a la vez que se ponía de pie, abría su cartera y extraía una pistola con la cuál le efectuó cuatro disparos, dos al pecho y dos a la cabeza. El estruendo de los balazos y el olor a pólvora inundo el salón. El hombre cayó de espaldas al suelo, ya sin vida. El bar se convirtió en un verdadero caos, todos estábamos estupefactos. La joven mujer dejó el arma sobre la mesa y se sentó, el mozo y el cajero corrieron a trabar las puertas, la policía, que tiene un puesto de control sobre la colectora corrió hacia el bar. Yo apagué y cerré mi tablet. A los pocos minutos el lugar estaba lleno de policías. La joven fue llevada detenida sin resistencia alguna, también llevaron como testigos a  tres personas que estaban en la mesa más cercana.

Nadie salía de su asombro. Yo terminé mi ginebra y me acerqué a la caja a pagar. Salí por la puerta que da a la colectora a la vez que llegaba la ambulancia que, seguramente llevaría el cadáver, que yacía en medio del salón tapado por manteles, a la morgue.

Caminé las cuadras hasta mi casa entre cientos de preguntas que sacudían mi cabeza.

Entré y encendí el televisor, puse Crónica TV porque cuando me marchaba vi llegar detrás de la ambulancia a un móvil de ese canal.

 Luego de bancarme varias conjeturas y opiniones de gente que no sabía qué había ocurrido, y las decenas de preguntas del movilero del canal a los transeúntes, decidí apagar la tele.

Fue recién al otro día que se supo acerca de la causa del asesinato.

El tipo era el gerente de personal de una importante empresa de servicios informáticos.

La joven era una flamante ingeniera en sistemas que había sido abusada por este tipo, que quedó embarazada y fue obligada a abortar bajo amenazas de perder el trabajo, que de todos modos perdió cuando se realizó el aborto, ya que el tipo la despidió.

La joven perdió la calma y la cordura y le descerrajo cuatro balazos.

Comprendí por enésima vez en mi vida que el pasado nunca se queda donde pretendemos dejarlo

 

Publicado la semana 10. 04/03/2019
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