09
Najul Kirillos

REDENCION.

                                            

                La pesadilla lo despertó y se incorporó del catre pesadamente. El gato lo miraba con cierto desinterés desde su almohadón, junto al antiguo ropero.

            El aposento presentaba un monocromático paisaje, con sus muebles oscuros, paredes despintadas, cortinas que alguna vez fueron blancas y hoy mostraban un incierto color manteca, mezcla de años y soles recibidos.

            Tomó su breviario y arrodillándose en el rincón donde existía un pequeño crucifijo se dispuso a rezar laudes.

            Al concluir, preparó el mate cocido de todas sus mañanas, acompañándolo con un mendrugo de pan del día anterior.

            Hizo un vano intento de ordenar un poco la mesa y consumió el resto de la mañana en remendar sus gastados hábitos de sacerdote.

            Almorzó frugalmente con la vianda que le acercara la sacristana que cuidaba de él y del antiguo templo. Durante la tarde, celebró misa y se dispuso a confesar hasta la cena.

            Al entrar al confesionario, miro de soslayo la hilera de personas que esperaban el sacramento, cavilando si realmente los pecados eran perdonados, si todo esto de la remisión de las faltas era cierto o un simple rito que venía de cientos de años atrás. Si existía una redención y si esa redención era otorgada a través de la imposición de sus prodigadas manos, por obra y gracia de un poder superior que escapaba a su comprensión. Hacía rato que esa duda lo horadaba.

            Se ubicó en el duro asiento de madera, cerró la puerta del habitáculo colocándose la estola en sus hombros. Percibió, detrás de la grilla de madera, al primer penitente que se arrodillaba en el reclinatorio. Y escuchó…

            Escuchó al  hombre poseído por la gula y a medida que lo escuchaba comenzó a sudar, sentía su estómago hincharse hasta el dolor y a pesar de sentirse pesado y nauseoso quería comer algo inmediatamente y saborearlo largamente.

            A medida que lo escuchaba su cuerpo se transformaba en algo distinto a lo que era en esencia, un simple y viejo presbítero.

            Luego paso la prostituta y al describirle sus pasiones y revolcadas con numeroso hombres, sentía un ardor en su bajo vientre, y asco a la vez por su lujuria enfermiza.

            Sintió la necesidad  de colmar sus manos con monedas, cuando escuchó al avaro y estas se les pusieron negras de codicia, creciéndole las uñas curvas en forma inusitada.

            Con el adúltero, experimentó un fuego recalcitrante en su sexo e imaginó que se quemaba en el mismísimo infierno, abrazado a una mujer que no era la suya, mientras su cuerpo se derretía como cera y su piel pasaba a ser una cáscara negruzca y maloliente.

            Descubría el mal de la humanidad en sí mismo, devorando los pecados de otros y condenado por su propio menoscabo de la verdad aprendida.

            Así fueron pasando, el asesino, el pederasta, el corrupto y la soberbia. Todos dejando una marca indeleble en su longevo cuerpo.

            Al cabo de un tiempo, el  último pecador se había ido, la sacristana le aviso que se marchaba. El sacerdote, desde adentro del habitáculo, con un hilo de voz, le pidió que cerrara, el apagaría las luces antes de irse a sus habitaciones. 

            A duras penas pudo salir del compartimiento, un engendro que se arrastraba más que caminaba, espantoso, desfigurado por lo que escuchara, no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; deforme, maloliente, traspasado por rebeliones, triturado por los crímenes de otros, inmundo y sin morir, moribundo. Como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza, sin aspecto atrayente, solo reconocible en su dolor y su culpa.

            Llegó hasta el altar. Al pie de la cruz, se derrumbó. Sus pústulas reventaron esparciendo un sanguinolento pus. Con el rostro apoyado en las losas del piso, se quedó quieto, apenas respirando. Inspirando, expirando, inspirando, expirando. La pena lo atravesaba, postrado suplicó, pidió y vencido se rindió.

            Fue entonces que las lágrimas llegaron, arrastradas por el desconsuelo, brotaron como vertiente. Lágrimas de dolor, de congoja, lágrimas de madre llorando al hijo muerto, de jornalero despedido, de amor despechado, de soledad insondable.

            Su sollozo fue niño con hambre, fue adolescente enamorado y no correspondido, fue anciano abandonado en un hogar de ancianos, fue hospicio, trinchera y hospital. Llanto que fue noche, ausencia espesa y silencio.

            El cristalino líquido salado, fue ablandando la cascara de lo monstruoso, que empezó a caer a pedazos, como cenizas desprendidas de un libro carbonizado y se deshizo en un charco que  fue dibujando en el pavimento de piedra extrañas figuras. Lloró y fue que  llorando, curó las heridas de su vida, de su infancia ausente de mariposas, su falta de fe y su terror a la muerte.

            Transcurrieron varias horas, apenas amanecía. Su alma se fue sanando, y una luz de profunda misericordia creció desde adentro, desde el abismo de su ser y casi levitando sobre el solado se incorporó, como aspirado por la cruz, vertical al cielo, dejando caer los últimos vestigios de inmundicia. El Espíritu una vez más había soplado sobre la arcilla.

            Era un ser diferente, luminoso, la paz lo inundaba rebasándolo. Flotaba a escasos centímetros del suelo y se supo más cerca de los ángeles, que del subyugado hombre que había entrado la tarde anterior en ese confesionario.

            Como resabio de lo que fue, sin pensarlo, se dirigió hacia su dormitorio, a buscar el reflejo que le devolvería el espejo de su arcaico ropero, quería ver su imagen, descubrir en    que se había convertido. Avanzó por el pasillo.

            Del otro lado de la puerta, el gato con ojos extraños, vio como  giraba el picaporte.

           

Publicado la semana 9. 26/02/2019
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