04
Najul Kirillos

CONTRALUZ

El frío que arreciaba ese enero, le torturaba la mano. La vieja cicatriz que recibiera en Lepanto, no había dejado de molestar después de tantos años. Se sentó en el viejo pupitre e intentó remojar la pluma en el tintero. Con cierto fastidio se dio cuenta que estaba vacío. Dejó la pluma junto al manuscrito que descansaba sobre la basta madera. Se apoyó en el respaldo de la silla y estiró su cansado cuerpo.

            A través del turbio cristal veía el cielo encapotado de Valladolid. Desde  la fangosa calle llegaba el ajetreo de carros y caballos, más allá el golpe del herrero sobre un sordo yunque.

            Le urgía terminar el capítulo y poder publicarlo para salvar sus arcas ya demasiadas menguadas. Lo que naciera como una parodia a los libros de caballería se había vuelto internamente en una historia triste como su vida. Suspiró, se incorporó tomando el recipiente de tinta y salió en busca de llenarlo.

 

            -Tome asiento aquí, dijo la mujer, sentando al hombre en la silla que junto al escritorio, amoblaban mínimamente la habitación.

             -Busco un vaso de agua y vuelvo, solo nos queda una hora antes de tomar el tren a Madrid- concluyó saliendo por  la puerta.

            El hombre, algo mayor, cargó el peso de sus brazos sobre el bastón que lo acompañaba. La curva de la madera lo tranquilizaba ya que no le era grato, el hecho de quedar solo en la semipenumbra de esa casa-museo. Respiró hondo llenando sus pulmones de un aire pesado y húmedo. Y esperó, mientras meditaba sobre el personaje que siglos atrás ocupara esos aposentos.

             

            El temblor de la mano se repetía y fue hasta el boticario a pedir un poco más de la poción a base de opio, que le ayudaba a calmar sus dolores. Regresó a la casa, fue hasta la despensa a llenar el tintero. Más tarde iría a hablar con el editor para ultimar detalles y acordar un adelanto monetario. Eso le daba cierta energía para encarar el final del libro y pensar en una segunda parte. En  la cocina, bebió el brebaje con un poco de vino y regresó a la habitación. Al empujar la puerta, sin motivo sintió por su espalda bajar un escalofrío.

 

            Era extraño  eso de encontrarse en el sitio donde se escribiera uno de los libros que más admiraba, descubría en el Quijote la libertad que se da al aceptar lo diferente, la riqueza que trae ver al mundo de otra manera, a como lo ven los cuerdos. La visión que tienen aquellos que viven más allá de la realidad, en su niebla de locura Siempre buscó esa claridad para sus propios escritos, pero en todas sus obras, la obsesión por el detalle, lo llevaba muy lejos del autor español. Sin motivo sintió por su espalda bajar un escalofrío.

 

            La puerta se abrió. Quedó petrificado en el umbral, contemplando la ignota figura sentada en su silla de trabajo. Un anciano, de vestimenta gris, que apoyaba sus manos en un bastón de extraño dibujo. No lo miraba a él, sino que miraba hacia la ventana, con una leve inclinación de la cabeza que apuntaba hacia el dintel.

            -¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa? Preguntó  el novelista.

            - Me llamo Borges- contestó el poeta, con una voz particular- me senté un momento e esperar un vaso de agua que llegará de un momento a otro.

           

 

            -Su respuesta no me dice nada, esa ropa y el madero que trae, el desconcierto me empantana. ¿Por qué no me mira?

            El hombre mayor, sonrió para sus adentros por la pregunta.

            -Disculpe usted, no quise ofenderlo. Mi vista ha disminuido con los años, podría decirse que he sido condenado a vivir cercado de tinieblas.

            Cervantes, turbado al darse cuenta de la ceguera del viejo, no pudo evitar la consternación que le había dejado la respuesta de su interlocutor.

            -Todos vivimos de alguna manera en penumbras- dijo a modo de somera disculpa- solo nos queda esperar el día en que nos sea dada la claridad.

            -Dice bien.- dijo el viejo- Y lo dice como el escritor que es. Pero hay una duda que me desconcierta desde que usted entró a la habitación. ¿En qué fecha estamos teniendo esta reveladora conversación?

            -Enero quince de mil seiscientos cinco.

            Apenas se notó el temblor del bastón. El ibérico, noto la incomodidad del otro.

            -Que interesante, para mi es enero quince de mil novecientos setenta y nueve.

            E insistió:

            -¿Qué sonidos llegan a sus oídos? Yo escucho, el ruido del tráfico, bocinas, motores y allá lejos una máquina que presume martillando algún hormigón.

            -No es así- retruco el dueño de casa, mirando por el ventanal- se escuchan relinchos, gritos de los carreros y más allá el tañer del trabajo de un herrero.

            Borges, por primera vez giró su cabeza hacia la ubicación de  Cervantes. Este pudo ver sus ojos nublados. El silencio se hizo diálogo de cavilaciones profundas. Los dos hombres, maestros de la lengua, se quedaron sin palabras.

            El padre del Quijote casi con espanto, dejó el tintero junto a la pluma sobre el pupitre. Pensando que todo era una alucinación producida por el opio y salió del aposento en busca de cordura.

            Borges quedó solo, abrazado de silencio.

            Al rato, regresó la mujer con una copa de agua, encontró al anciano sentado donde lo dejara, al observarlo vislumbró en él un cierto aire de satisfacción, casi una sonrisa en su boca. Se lo veía a contraluz, como iluminado. No entendía que podría haber pasado y tampoco como en esa tarde de Valladolid, habían aparecido un tintero y una pluma sobre el pupitre que unos minutos antes, estaba vacío.

                       

Publicado la semana 4. 21/01/2019
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