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Najul Kirillos

La confesión de Pedro Hinojosa Ramírez.-

 

                   -¡Busco al padrecito, tráigalo inmediatamente!

                   -¿Quién lo busca?- preguntó la mujer por la puerta apenas entreabierta.

                   -¡Sabe bien quien soy vieja chusma! ¡Tráigalo inmediatamente o entramos a los tiros!

                   -¿Qué le digo? ¿Que han venido a matarlo?

                   - No. Dígale que Pedro Hinojosa Ramírez ha venido a confesarse.

                   El hombre giró sobre si mismo con la escopeta al hombro y largó una estrepitosa carcajada que fue replicada por los veintitantos secuaces que esperaban montados en medio de la calle polvorienta.

                   La puerta se cerró, para abrirse un par de minutos después.

                   -Pase…solo usted- dijo la diminuta mujer franqueando el paso.

                   El hombre, alto y obeso, entro meneando su escopeta y sin quitarse el sombrero. La mujer lo guio hasta una sala que se abría sobre un patio interno lleno de macetas. Adentro estaba fresco en contraste con el exterior calcinado por el verano que reinaba.

                   En medio de la estancia, sentado frente a un escritorio se encontraba el sacerdote de avanzada edad.

                   -¿Así que ha venido a confesarse Hinojosa?-  dijo con voz afable.

                   -Mire cura del demonio, no empiece con sus estupideces que lo voy a mandar en vuelo directo a hablar con su jefe en persona- le dijo el otro señalándolo con la escopeta.

                   La mujer se estremeció.

                   -Por favor Amparo,  tráenos algo fresco mientras nosotros discutimos nuestros asuntos en privado- pidió dirigiéndose a la mujer.

                   Ella se retiró con cara de disgusto.

                   Al cerrarse la puerta el religioso miró al gordo preguntando:

                   -¿Cómo están sus hijos? Sé que desde que su difunta esposa se fue no la han pasado bien.

                   -Ellos están bien y van a estar mejor cuando crezcan y sigan mis pasos. Mi descendencia gobernara estas tierras por siglos. Pero no me distraiga con estupideces, he venido a que saldemos cuentas.

                   -¿Usted dirá, entonces que lo trae por acá?

                   -Me ha llegado el rumor de que alguna gente del pueblo se está organizando para matarme y un pajarito me dice que usted tiene mucho que ver- miró a su alrededor como pensando y retomó la palabra con tono irónico -Así que además de usar polleras negras también resulto traidor…

                   - Por más que vaya contra mis creencias desear matarlo, lo haría si pudiera y por más ganas que tenga de que usted desaparezca, no tengo idea de lo que está hablando.

                   -¡Lo sabe muy bien viejo chupa cirios!- dijo Pedro mordiendo las palabras.

                  

                  

                   -No necesito mentirle. A pesar de que usted ha esclavizado a la gente del pueblo, confiscado sus cosechas y animales, ha incendiado sus casas y ha matado a cuanto pobre infeliz le hiciera frente. A pesar de todo eso, no soy yo el que busca matarlo. Además le digo, si quiere matar dispare. Matar a un hombre es fácil, lo difícil es matar un ideal de justicia.

                   -¡Cállese viejo mentiroso! Se perfectamente como arenga a la gente en sus sermones de domingo. Como habla de injusticia y violencia gratuita. Usted está levantando a la gente contra mí. Lo sé yo y lo sabe todo el pueblo.

                   -Mire Hinojosa, cuando se juega a ser Dios, uno no puede renegar de lo que ha creado. Usted ha transformado este bello pueblo en un infierno con sus matones armados y su ambición insaciable. No niego mis palabras y voy a seguir hablando mientras tenga aire en mis pulmones.

                   La puerta se abrió en concordancia con el golpe que el obeso propinaba a la tapa del escritorio. La bandeja que traía la mujer cayó al piso regando el piso con limonada y cristales.

                   -¡Cura mentiroso! ¡Le voy a abrir las entrañas de un escopetazo y voy a regar sus tripas por todo el valle!

                   La mujer pálida salió de la habitación. Don Pedro Hinojosa haciendo tintinear sus banderolas llenas de balas siguió gritando furioso.

                   -¡Voy a incendiar su iglesia y todas las iglesias de este bendito país! ¡Voy a eliminar a todos los que se atrevan a oponerse a mi voluntad, juro que ninguno quedará de pie!

                   Los hombres allá afuera, fueron sacados de la somnolencia de la siesta pueblerina por dos disparos. Luego se escuchó el grito agudo de una mujer y dos detonaciones más.

                   Se hizo el silencio.

                   Los matones no sabían que hacer mirándose unos a otros llenos de dudas. La mayoría habían nacido en ese pueblo y se enrolaron en la banda de Hinojosa más por temor que por lealtad. Ninguno se iba a asomar a ver lo que había sucedido y se quedaron sobre sus caballos.

                   Los minutos se hicieron eternos. Las bisagras se quejaron saliendo de su letargo y en el portal apareció la mujer pequeña empuñando un rifle de considerable calibre.

                   Sin dudar y con una voz de mando que no se correspondía con su figura les habló:

                   -Ustedes cuatro, saquen los cadáveres y entiérrenlos antes que empiecen a oler feo. Robindo y Juan, vayan a los graneros de la hacienda y repartan el grano en el pueblo para la próxima siembra y devuelvan los animales a sus dueños. Anselmo, vos que sos el único que sabe escribir, redactá una carta pidiendo al obispo que mande un cura nuevo. El resto que vaya y mate a los hijos de Hinojosa. La hierba mala debe cortarse antes de que crezca y se haga ingobernable.

                   Todos obedecieron de inmediato.

                    La pequeña mujer se quedó allí, mientras la tarde caía, apoyada en la pared, mirándose los zapatos salpicados de limonada.

Publicado la semana 26. 24/06/2019
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