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Najul Kirillos

La Gárgola

 

     Hoy recuerdo mi infancia con más claridad que nunca. El desconcierto me subyuga al no querer olvidar lo que hice ayer o esta mañana mismo. Pero mi memoria se escurre como arena entre mis dedos y esos pasos no permanecen en mi cabeza. Se han ido. Han mudado a no sé qué misterioso limbo. Solo queda mi niñez omnipresente.

     El olvido es una cruel moneda de pago para cuando la vida nos reclama vida, todo es gris ahora, como es gris este Paris que vislumbro desde la altura de mi departamento.

     Frente a mí, Notre Dame se yergue distraída de mis cavilaciones, de mis miedos. Sé que mi maldición  ha nacido de sus paredes. A su sombra se inició este calvario que transita mi cabeza.

     Fue un domingo. Salí al atrio desde su vientre de piedra y no supe dónde estaba. No reconocí a los que me acompañaban. Fue humillante, apenas recordaba quien era yo. En mi extravío, en la anarquía de mis sentidos solo atiné a levantar mis brazos y mis ojos al cielo, buscando una respuesta. Y allí la vi, encaramada a la cornisa, mirándome burlesca. La gárgola de piedra gris se reía de mi desnuda mente. Los recuerdos de infancia, tan frescos hoy, me trajeron a esa tarde en que mi hermano mayor me asustara con un disfraz de trapos y esa mascara demoníaca de papel maché, de protuberante mandíbula y cortos cuernos en su frente.

     Desde ese día odié las gárgolas y ellas me odiaron a mí.

     Por más diagnósticos médicos que sentencien mis desvaríos, yo sé, claro que lo sé, que las culpables son las gárgolas de piedra de la catedral.

     Siempre alertas, en esa vigilia neblinosa en que esperan, buscan a sus víctimas y les echan maldiciones. Y el maldito he sido yo. Me condenan al olvido, al destierro de esa patria que es mi historia. La arrebatan y la borran. Desde hoy para atrás, día a día.

     Disfrutan de mi incomodidad y vergüenzas. Como cuando esa señora mayor se acercó diciendo que era mi esposa. Mi cara de rechazo provocó un llanto profundo en la mujer.

     ¿Pero que podía hacer? Ella no era mi Matilde.

     ¿Cómo explicarle que mi Matilde tiene dieciocho y la piel tersa? Y que la amo así. Vital, llena de vida. ¡Vieja arrugada! ¡Que vaya a buscarse un hombre de su edad por ahí!

     Malditas gárgolas ¿Dónde habrán llevado a mi Matilde?

     Seguro la han secuestrado con mis padres. Llevo tiempo sin verlos. Recuerdo a mamá cocinando y a papá volviendo del sembrado. Quiero ir a casa, allá en la campiña para verlos. Pero estos muchachos desconocidos que dicen ser mis hijos no me lo permiten.

     ¡Sinvergüenzas! ¿Cómo van a ser mis hijos si todavía no me caso con Matilde? Son una manga de impostores. Deben estar embrujados por esos demonios que me miran de la cornisa.

      

 

 

     Por algún motivo mis ojos han caído también en el influjo de sus artes oscuras. No sé quién es el anciano que me mira en los espejos. Desconozco sus arrugas y tristeza. Sus ropas gastadas y opacas. No soy yo.

     Pero… ¿Quién soy yo?

     El hechizo me consume. Esta soledad de rostros extraños que me rodean es un infierno iluminado. Todos me atienden, todos me sonríen. Pero me agobian, me cansan.

     Y estoy solo.

     De alguna manera, debo convocar a mis sentidos. ¡Todos conmigo! Convocaré a mi furia, a mi enojo, al mismo miedo que me infunden estas servidoras del infierno e iré por ellas.

     Quiero recuperar a los míos. Solo hay una forma de hacerlo. Debo acabarlos.

     El sol se ha ido. En un descuido me escabullo de mis captores. Cruzo la avenida, cruzo el Sena que a esta hora ya está dormido. Entro a la catedral, busco las puertas que llevan a las escaleras. Me elevo con mis torpes pasos. Galería, triforio, claristorio, llego al bosque. Salgo al tejado. Mi bata se enreda entre mis piernas cruzando por la fina vereda del arbotante.

     Las canallas no me han visto. Siguen con sus miradas poseyendo el paisaje, atisbando maldades, pergeñando conjuros.  En la noche, las sombras son aliadas. Mis pies descalzos no me delatan. Las gárgolas siguen inmóviles. No me esperan. Llego a sus espaldas. Me acerco a la de cuernos cortos. No tengo armas, ni siquiera un cuchillo.  La ahorcaré. Tomo coraje. Me ubico detrás. Saco el cinturón de mi bata. Con violencia lo enrollo en su cuello y cierro el lazo, poniendo en la maniobra todo mi peso. La abrazo y ella suelta sus garras de piedra de la cornisa.

     El vacío nos abraza.

     Veo a mamá y papá, esperando por mí.

Publicado la semana 24. 10/06/2019
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