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Najul Kirillos

El refugio de tu boca

 

                Sabes hace tiempo que de niña la muerte me sedujo. Por las noches me cubría la cara con las sábanas y fantaseaba la sensación de estar sepultada. Y hoy, esta noche de brisas suaves y perfume de jazmines que penetran mi ventana, la última noche de mi vida, hoy que esa muerte es inevitable, ya tan cerca del final, puedo confesarte que estoy pronta para dejar que  me lleve este abismo y romper el hechizo de extrañarte.

                Atravieso la oscuridad descalza, insomne. Me entretengo repasando esta que soy, mis macetas del balcón, estas uñas despintadas, la cicatriz en mi rodilla y tu perfume que me busca en el recuerdo. Estas cosas, estas pocas cosas que soy. Que me definen más allá de la tristeza.

                      Sabes también que mi piel es frontera de emociones que no voy a explicarte. Ya no es el momento. Hace rato abandoné la risa y nos fue vedado el tiempo de llorar.

                Ahora me siento en nuestra cama y decir ahora es un sortilegio que trasciende el tiempo y me lleva. ¿Dónde estás en este ahora tan solitariamente mío, tan ausente de mí y yo, tan lejana de vos?

                Me incorporo, entro al baño, al ducharme caigo al círculo rutinario de invocarte, empezar otra vez a de vos… enamorarme, de volver a encontrarte en el café del desayuno, en el espejo de la alcoba, en mis miedos.

                Me visto y quizá por la simple intención de halagarte, me pongo el vestido que te gusta, fresco, acampanado, con breteles finos, que permitan tus besos en mi hombro desnudo, en mi piel que te busca entre las sábanas.       

                 Desciendo la escalera y gano la calle desolada, tan extraña a mi rutina que desconcierta. Ya no huele a pan recién horneado la panadería de la esquina. El terror al infierno  inmediato, hasta los aromas me ha arrebatado.

                Hago mío el camino de siempre hacia el trabajo. Todos han huido. Todos han desertado de la ciudad con la absurda esperanza de estar a salvo en otra parte. Arrancaron lo que pudieron, sus recelos, mezquindades y egoísmos. Las alhajas, el dinero. Todo lo que los hacía sentir seguros. Lo superfluo se quedó, lo abandonaron. Hay sueños, risas y recuerdos colgados en faroles y balcones, alguna que otra foto que descubro en el empedrado, de vacaciones o cumpleaños, de olvidadas navidades, de fugaz felicidad que se ha fugado.

                Sola, en este paisaje cotidiano, tan nuestro, tan de nadie. ¿Dónde voy a correr? ¿Dónde he de esconderme? Solo necesito aire y tu recuerdo, lo demás es una cascara vacía arrastrada por el viento.

                 Bajo por la ancha avenida hacia el río. Debe de quedar muy poco tiempo. Caminar hasta la oficina, siguiendo la rutina de todas las semanas es lo que me salva de estar loca, como me salvó del suicidio, conocerte.

 

 

                Los periódicos tirados por doquier, me inundan de realidad y me traen al presente.

                ¿Cómo llegamos a vivir gobernados por mediocres señores perfumados?, esos que quieren aniquilarnos con sus armas, sin entender que ya hace rato, por el solo hecho de vivir, tenemos el corazón tan destrozado.

                Nada más estúpido que un  puñado de tristes dictadores, jugando a la guerra con misiles de hojalata. Nada más estúpido que morirte en primavera dejando tu fantasma que me acecha.

                Atravieso la calle con la inequívoca intención de llegar hasta la plaza, nuestra plaza. Los jacarandás, tapizan el suelo con sus flores y hacen el espejo de este cielo inmaculado que le da belleza inusitada a la ciudad baldía.

                Y ahí te veo, de pie junto al bebedero. Tu sonrisa compite con el sol y abres tus brazos (nunca me sentí más segura que en esos brazos). Me dejo caer en ellos, me sumerjo en tu fragancia, como en un lago helado en una tarde de verano. Te busco en tus labios y los tuyos averiguan por los míos. Allá lejos, donde la avenida converge y se convierte en infinito, mil soles brillantes se convocan, pero ya no tengo miedo. Puedo pararme serena ante la muerte. Soy eterna en el refugio de tu  boca.

                Ni siquiera el viento calcinante que atraviesa todo, cuando llega, pude separar nuestros labios que se funden con los sueños por todos olvidados, en las calles, colgados de faroles y de floridos balcones.El refugio de tu boca.-

Publicado la semana 2. 15/01/2019
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