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Najul Kirillos

FIORELLA.-

 

     La estación central era un verdadero caos. El tren ya había llegado, iba en una verdadera lucha cuerpo a cuerpo con el gentío buscando encontrar el rostro de Arturo, mi primo que catorce años atrás había partido a Barcelona en busca de una vida.

     En mis años adolescentes él era mi compinche, mi socio de desventuras, el hermano que mis padres me habían negado.

     Lo buscaba ansiosamente en las mil caras de la multitud, tratando de imaginar cómo habrían envejecido sus rasgos en el tiempo transcurrido.

     Me sorprendieron las manos, grandes pero suaves, que me taparon los ojos desde atrás. Una fragancia de jazmines me invadió los sentidos y supe que era él.

     Nuestras Navidades siempre estaban perfumadas por jazmines. La interminable mesa familiar, que se armaba en casa de los abuelos, donde se congregaban los ocho hijos, con esposas e hijos respectivos, siempre se vestía con arreglos rebosantes de capullos recién abiertos, que derramaban su aroma en todo el entorno.

     Por supuesto que los eternos encargados de ir y cortar las flores éramos Arturo y yo. Por eso desde mi niñez la Navidad huele a jazmines.

     -¡Arturo!, exclamé, tomando las manos para retirarlas de mi rostro a la vez que giraba. Quedamos frente a frente y el estremecimiento fue como una navaja cuyo filo me bajaba a lo largo de toda mi columna vertebral.

     Estaba, de frente, tomándole las manos a una rubia espectacular, minifalda, tacones altos, rojos y un escote por el cual caigo como si cayera a un abismo sin fondo.

     -Ahora me llamo Fiorella, me dijo con una vocecita que yo desconocía.

     No pude salir de mi estupor. Me hormigueaba la cabeza y creo por un instante que, sin llegar a desmayarme, perdí el sentido.

     -Cerrá la boca tarado que te vas a tragar una paloma y ayúdame con las valijas- me dijo con esa vocecita aflautada que no se parecía en nada a la del Arturo.

 Me tiró de una oreja y volvió a repetir.

     -Soy yo imbécil, parece que hubieras visto un muerto.

     Me pase las manos por la cara. Contuve una náusea repentina y como un autómata me moví recogiendo las maletas.

     Caminamos hacia la salida, en silencio acompañados solamente por el tac-tac de sus tacos aguja sobre el empedrado. No me atrevía a mirarlo o a mirarla, ¿qué se yo?

     Me ponía nervioso la cara de babosos que ponían todos los tipos al vernos venir.

 

 

     Llegamos al auto, abrí el baúl y nos sentamos. Recién, mirando al frente, ahí pude emitir unas palabras.

     -¿Qué te hiciste boludo?

     -Nada, me cambié de sexo. Nada más.

     -¡Nada me cambié de sexo! Lo emulé con tono sarcástico pero lleno de indignación-Encima te pones Fiorella que es nombre de cabaretera.

     Largó la carcajada, esa carcajada que yo tanto conocía, los ojos se le llenaron de lágrimas y un hilo de rímel bajó por su mejilla.

     -¡Cabaretera! ¡Que antiguo que sos!- me dijo sacando un pañuelito de la cartera.

     Un pesado y dulce aroma de jazmines invadió el interior del auto. Sacó tres capullos,  pétalos blancos parecían irradiar luz propia.

     -Los compré al subir al tren. Volver a casa en Navidad, después de tantos años, no sería perfecto sin el perfume de los jazmines.

     Ahí se relajó sobre el asiento y mientras encarábamos la autopista me fue contando su vida de bohemia en Barcelona, de cómo se había definido su sexualidad, de sus operaciones, del dolor del rechazo y de la soledad mas profunda.

     Llegamos a mi departamento, preparé un café y nos sentamos a seguir hablando. Todavía aturdido, no podía pensar muy bien. Encima, cada dos por tres, los ojos se me iban a su escote.

     Era mi turno. Le conté de mi vida sencilla, sin novia, con un trabajo que odiaba y de los amigos que se habían ido casando y ya no estaban.

     En un momento, casi divertida, me apuntó con el dedo en forma de sutil amenaza diciendo:

     -Dejá de mirarme las tetas tarado, me pones incomoda.

     Seguro me sonrojé y bajé la vista. Todavía no podía creer que mi primo tuviera esas curvas.

     Recordé las veces que dormido juntos en la misma cama, o cuando en los veranos nos bañábamos en calzoncillos en el zanjón de la vuelta. Me volvieron las náuseas.

     Para romper la tensión, me preguntó sobre la familia y el barrio. Le fui contestando, incómodo todavía, con frases cortas y escuetas.

     Le conté lo que fue la muerte de los tíos, los casamientos y divorcios de los primos, de las peleas por la herencia de los abuelos, hasta que en un momento golpeó con fuerza la mesa y gritó:

     -¡Dejá de mirarme las tetas, boludo!

 

     Por reflejo levanté la vista y nos encontramos en la mirada.

     Y allí estaba.

     En la profundidad de sus ojos encontré  al hermano que me regaló la vida. Al que me había salvado de varias palizas infernales, al que me enseñó a fumar y a volar cometas. Al que había llorado conmigo cuando mamá murió.

     No importaba que tuviera minifalda y tacones o pantalón corto y botines de fútbol.

     Ahí estaba mi alma gemela, mi amigo.

     -Vamos a comprar unas cervezas al almacén del gallego- me dijo sonriendo.

     - No- le contesté todavía con un nudo en la garganta- para ir hasta allá tenemos que pasar por la vereda del taller del zurdo y seguro que nos van a decir boludeces.

     Se puso de pie, se estiró la blusa de seda, me puso las manos en los hombros, volvió a sonreír y me dijo:

     -Vamos lo mismo y si nos dicen algo… los cagamos a trompadas.

    

Publicado la semana 14. 07/04/2019
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