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Najul Kirillos

Algunas Tardes

“Siempre llegaba de tarde, siempre en octubre. Buscaba su lugar debajo del mismo jacarandá, entre las flores caídas de índigo pálido que tapizaban las viejas baldosas.

                            Se quitaba su capa, abría su banquito, sacaba el cello de su estuche y una vez sentada, apoyaba el arco sobre las cuerdas, respiraba hondo y comenzaba la magia.

                            Las notas empezaban a trepar por los árboles, se colaban entre los bancos de madera e impregnaban el aire de la primavera. No importaba si era Mozart o Bach, todo era música y misterio.

                            Los que paseaban por la plaza eran invadidos por los acordes de puro hechizo y los amantes sentían revivir su romance, volvían a mirarse como por primera vez. Los solitarios avivaban sus esperanzas de encontrar ese amor que los consumiera hasta los huesos.

                            Los niños revelaban laberintos de fantasía y se buscaban para descubrirse  riendo con carcajadas de sol y arcoíris.

                            Los ancianos viajaban a una nueva realidad, a una segunda juventud, donde con nuevas fuerzas, podían vivir sin tantos yerros ya que no les era vedada la experiencia adquirida y la muerte cercana parecía alejarse.

                            Los pájaros recibían nuevas alas, y los peces de la fuente, soñaban con torrentes y océanos para conquistar.

                            Mientras la mujer tocaba, todo tenía otra luz, se iluminaban las tinieblas de algunos corazones eclipsados de tristeza, y perfumes venidos de otras tierras impregnaban la brisa cálida de octubre y ningún sueño, por imposible, parecía lejano.

 

 

 

 

                            La voz profunda de la caja de madera, los transportaba desde ese pequeño lugar en el mundo, a un universo de inefables sentimientos, bajo un cielo iridiscente donde no había lugar para las lágrimas.

                            Por un momento sus vidas grises dejaban de serlo, para buscar, como ciegos, los colores que perdieron en los recovecos de la memoria. 

                            Y cuando callaba el cello, todo lucía transformado, todos eran ellos mismos… pero distintos.

                            El cielo estrellado a esas horas, ya no era invulnerable y quedaba al alcance de la mano. Los insomnes, olvidarían sus angustias y el país del sueño los recibiría sin fantasmas ni oscuros espectros. Y ya no había miedos, ni frío, ni duelos.

                            Las mujeres, los hombres, los niños  y los perros veían con ojos nuevos esa tierra suya, con una nueva anchura. Y ella guardaba su instrumento hasta la próxima tarde mágica de octubre.”

                           

                            Termine de leer, cerré el libro, mirando los ojos asombrados de mis hijas, las mande a hacer su tarea, lo que aceptaron, no sin quejas pidiendo otra historia más.

                            Fui hasta mi dormitorio, abrí el viejo ropero, en un cajón guardé el amarillento  diario de mi bisabuela. Saque el banquito y el estuche que olía a cuantiosos años.

                            Me puse mi capa,  y salí por la puerta trasera dirigiéndome hacia la plaza del pueblo, porque ya era octubre.

                            En pocos años le confiaría a Greta, mi hija mayor, que sería la heredera del mandato de las mujeres de la familia… convertirse en alquimista de almas, con un añoso cello y un banquito, bajo el jacarandá de una plaza cualquiera.

Publicado la semana 10. 08/03/2019
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