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Najul Kirillos

VÁYANSE USTEDES

La tarde lo trajo al corral, arreando los flacos animales que llevara temprano a pastar. Tiró de las riendas y el zaino se detuvo. Le extrañó ver a los perros atados en los fondos. Desmontó despacio, rodeó las retamas en flor y su rostro mutó por la sorpresa al descubrir  una multitud frente a su casa.  Desensilló, cerró el redil y dejó la montura bajo el alero. La escena era tan extraña que apenas la podía explicar en su escaso vocabulario de hombre criado en el monte.

                      Trípodes y cámaras fotográficas hincaban la tierra seca. Brillantes camionetas por doquier y más gente de la que había visto en dos años se arremolinaban como el agua en las pozas del arroyo.

                      Algunas mujeres jóvenes,  con minúsculos vestidos se recostaban en el tronco del algarrobo viejo. Junto a ellas, abrazada  por la sombra, vio a su esposa,  de rodillas en la aspereza del suelo, moliendo maíz en el mortero de piedra.

                      -¡Excelente! ¡Magnífico!- Decía entre click y click el fotógrafo de pelo desordenado y ridícula ropa- ¡Que contraste pintoresco!- completaba jubiloso.

                      Se movía como un puma en celo, dando indicaciones y buscando la mejor perspectiva que tomara a la mujer morena y las doradas modelos vestidas de fuego y de relámpago.

                      -¿Pero que es lo que están haciendo? –dijo Diógenes con un murmullo apenas.  Su sombra se apoyaba en el muro de barro, por cuyas grietas desfilaban ordenadas hormigas en fila.

                      Nadie lo oyó. Era ignorado por todos. Solo el mecánico sonido de la máquina fotográfica le contestó. Las modelos por un instante dejaron sus sonrisas plásticas y pidieron agua. Una corte de peluqueros y maquilladores las rodeó.

                      La mujer de rasgos indígenas seguía inmóvil, arrodillada, mirando el suelo. El jinete recién llegado  miró a su compañera de toda la vida, la notó encorvada, avergonzada de estar en sus humildes polleras, con sus sucias manos, penitente en la mansa tierra, siendo usada como parte de un simple decorado.

                      -¿Pero qué es lo que están haciendo?- esta vez gritó indignado.

                      El silencio cayó duro y seco como la algarroba en el invierno. Hasta los chañares giraron para mirar lo que acontecía.

                      -¡Váyanse ustedes ya mismo de mis tierras!

                      Del grupo de foráneos, uno se adelantó. Gordo, calvo, rosado,  vestido con pantalones de gaucho y un chaleco sobre la blanca camisa que le quedaba mal. Ensayando una sonrisa poco veraz, extendió la mano para presentarse.

                      -Ricardo Pérez Ugalde, soy el empresario a cargo de la campaña publicitaria- Su mano quedó extendida en el vacío.

                      La sonrisa casi desapareció.

                    

                        -Usted debe ser el propietario de este maravilloso paraje-dijo incómodo retirando el saludo.

                      -Así es. Y usted no es bien recibido aquí.

                      -Ya entiendo- dijo el empresario, cuya cara se había vuelto colorada.

                      Se metió la mano en el bolsillo y preguntó:

                      -¿De cuánto estamos hablando?

                      -No quiero su dinero, tengo mis animales, mi huerta y la caza en el monte. Guárdese su limosna. ¡Váyanse ya mismito o mi rebenque hablará por mí!

                      El obeso hombre disfrazado de paisano, al ver la intransigente actitud de su oponente, quiso conciliar diciendo:

                      -Solo tomaremos unas fotos y nos retiramos. En poco tiempo seremos vecinos, ya que vamos a construir un hotel junto al estanque, río abajo. Traeremos el progreso y la prosperidad a esta tierra tan castigada ¡El mundo vendrá a golpearle la puerta! Habrá agua corriente y luz eléctrica- dijo exultante.

                      Del rancho, que hasta hace un momento servía de fondo para la sesión de fotos, tal vez atraída por los gritos, salió una mujer anciana arrugada, morena, falda amplia y trenzas blancas, seguida por cinco niños descalzos, de rodillas mugrientas y demasiado flacas. Los ojos de los críos miraban sorprendidos todo lo nuevo que los rodeaba, sobre todo  por esa multitud de extraños, que en número superaban con creces la cantidad de habitantes que tenía el pueblito más cercano.

                      El paisano miraba fijo al gringo sin decir palabra. El silencio era pesado, palpable. El rubor de la tarde sobre el monte, sin embargo, le daba cierta belleza a los rostros desencajados.

                      -¡Bueno! Terminadas las presentaciones sigamos con la sesión que se nos va la mejor luz para las tomas- ironizó el fotógrafo de los cabellos desordenados y las ropas ridículas.

                      Las arrugas profundas en la cara de su madre, la sorpresa en los ojos de sus hijos y por sobre todo la vergüenza de su mujer arrodillada bajo el algarrobo, convocaron la ira de Diógenes, ira que subió por su garganta y escaló a las alturas donde dominan los cóndores.

                      -  ¡Les dije que se fueran! – gritó, golpeando con el talero la espalda del fotógrafo que lo ignoraba. Este, gritó espantosamente, soltó la cámara y se refregó el lomo.

                      -¡Que hace viejo loco!

                      El desconcierto era total. Los auxiliares rodearon al fotógrafo. Este se incorporó, mirando al hombre con rabia contenida. Las modelos espantadas, corrieron con dificultad con sus tacos altos por el suelo arenoso.

                      -¡Que creen que están haciendo! Mi casa es pobre, no es “pintoresca”. ¿Piensan que me levanté una mañana y le dije a mi mujer que dejáramos que el rancho se venga abajo, para que sea pintoresco? ¿Para que venga el turista? ¿Creen que mi pobreza, es parte de un chiste para contar a sus amigos?

                     

                        Cuando ustedes se vayan seguiré llevando mis vacas a pastar las duras hierbas, mi esposa hará la comida en el fogón y seguiré durmiendo en el mismo catre que vio nacer a mis hijos, aunque el cielo este al caerse y la seca se me lleve todo. Pero cuando lleguen los días duros ustedes… ustedes no estarán. Vivirán sus vidas luminosas en sus casas luminosas y olvidarán que alguna vez nos encontramos.

                      Hizo una pausa, miró al cielo buscando tranquilizarse.

                      -Váyanse ya de mi tierra y nos dejen tranquilos.

                      Caminó hasta su esposa y con una profunda delicadeza, que hablaba de un amor amasado en la adversidad, la ayudó a levantarse. Tomándola de la mano, la llevó hacia la precaria vivienda. Antes de traspasar la puerta giró, enfrentando a  todos.

                      -Nos dejen tranquilos- repitió- para que podamos permanecer en la dulce oscuridad de mi rancho. En cuanto al mundo, siempre fuimos para él totalmente oscuros.  Ustedes saben nada de miseria y hambre derramada como bautizo sobre nuestra gente. Llévense su claridad, a mí la oscuridad me basta.

                      El gordo calvo, que hacía rato había borrado su sonrisa de artificio. Lo señalo con su dedo y desde el pedestal de la soberbia, requisito inextinguible de este tipo de hombre, lo amenazó:

                      -No podrá usted detener el futuro, no lo hará. Ya veremos donde queda, usted su rancho y los mugrientos de sus hijos cuando venga por aquí con mis socios y las topadoras. ¿Quién se cree? ¿El dueño de la tierra?

                      -Hace mil años que camino por estas tierras, y seguiré caminando diez mil años más. Ahora se vayan o invocaré a la muerte para que los lleve- amenazó Diógenes erguido en sus alpargatas.

                       Don Ricardo Pérez Ugalde, referente de la sociedad, ciudadano distinguido del mundo de los negocios, no permitiría que un paisanito se le opusiera. Con un movimiento de cabeza, ordenó a un par de bravucones que estaban en la comitiva que disciplinaran al rebelde.

                      Los matones, con el gesto de disfrutar ese trabajo de dar palizas a seres desvalidos, se dirigieron hacia el hombrecito que firme, esperaba frente al rancho.

                      No llegaron nunca.

                      La anciana que había permanecido en el umbral, quieta como los  horcones que sostenían el derruido techo,  se adelantó, elevó sus brazos al cielo que ya cobijaba las primeras sombras y pronunció palabras ininteligibles. Una brisa fresca sacudió la añosa hoja de la puerta, hizo crujir los improvisados goznes y como un cuerpo sólido, avanzó en viento espeso y oscuro, barriendo con amplia vuelta el polvo y la dura yesca del páramo. El círculo de la vida y de la muerte despertó. Blandió su espada el miedo y la desesperanza caminó por la tierra seca. Y aquellos sueños de codicia, hechos de piedra y precipicio traídos por los foráneos, se esfumaron con ellos. Y llegó la lluvia impiadosa,  las trombas de un barro líquido, dibujaron  imágenes de fantasmas marchitos que el caudal de mil cursos de agua devoraron.

                          La propia luz del cielo se fugó de la escena acompañando la tarde y el manto de penumbras que llegó con la noche, mixturó el misterio.

                      El amanecer trajo al rocío y convocó a los pájaros.  Ni los mismísimos algarrobos, testigos añosos de mil desencuentros, supieron el destino de los extraños que vinieron esa tarde.   

                      Diógenes, después de unos mates, salió del rancho, ensilló su caballo, llamó a los perros y llevó a pastar a sus flacos animales.

Publicado la semana 1. 06/01/2019
Etiquetas
Ray Bradbury , En cualquier momento
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