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Marvin Six

Eterno cazador

Durante años afiló sus armas y esperó con paciencia. Pulía sus estrategias; día tras día revisaba las trampas por si hubiera caído en ellas alguna criatura. Estaba tan seguro de que así sucedería, que no cabía en sus pensamientos un resultado diferente.
Ya no era él mismo, había creado momentos, nombres y situaciones. Había construído paso a paso una historia con un guión preciso. Todo estaba planeado, meticulosamente, escrito, repetido, ensayado, dibujado.
Y por fin una tarde, en la más alejada de las trampas aparecieron signos de alguna errática actividad.
Se obligó a dominar la ansiedad que lo traía de cabeza, vigiló atentamente y allí, donde lo había querido, halló por fin a un animal salvaje.
No era una pieza ordinaria de esas de las que perseguía de tanto en tanto por aburrimiento y de las que acostumbraba  a deshacerse rápido.
La tomó con cuidado y la llevó a una jaula tan grande que no era fácil ver a simple vista ni rejas ni barrotes, ni alambradas, ni cadenas, ni puertas con cerrojos.
La dejó allí y se quedó esperando.
Sin que su presa lo supiera, la observaba. Pasaba mucho tiempo viéndola ir y venir, mordisquear hierbas, escrutar el terreno. Estudiaba su forma, su color, calculaba para poder predecir sus movimientos.
Una noche, decidió mostrarse. La criatura estaba acostumbrándose y no huyó. Tan sólo conservó apenas la distancia. Él fue muy suave y amable, le tendió su mano. Mostró su rostro, habló, se dejó observar, se quedó mucho tiempo compartiendo imágenes creadas mucho tiempo atrás, usadas para confundir a otras presas que ahora eran apenas una mezcla informe de odios y olvido en su memoria.
Las imágenes atrajeron la atención del animal salvaje. No quería rendirse, sentía temor, sentía que algo no terminaba de encajar. Tampoco pudo oponerse a los mandatos de su propia naturaleza. Se acercó al cazador, decidida a investigarlo tanto como sentía que lo hacían con ella.
Ese hombre era astuto. Sabiendo que las rutinas se emparejan muy bien con las confianzas, volvió a la misma hora cada noche.
Y cada noche pasaba un poco más de tiempo con su presa. Y llegó a fantasear con que iba a poder lograr domesticarla.
No era un hombre que pudiera ser engañado fácilmente. Era paciente y el menor gesto fuera de lo común lo ponía en alerta, se cubría, guardaba las palabras, medía las reacciones. Nunca abrió los candados. Nunca abatió las rejas de la jaula. Confiaba en que el terreno fuera vasto y escondiera sus límites. Confiaba demasiado en las imágenes. Y lo más importante en esta historia, es que ese hombre, aquél cazador tan avezado, desconocía el secreto de su víctima. Y su víctima desconocía a su vez que no era la primera en caer. Ella era la presa que sufriría la venganza por aquella otra anterior que había logrado escapar. Aquella que lo dejó inerme, reducido  a un apego inesperado, temblando de ira y de insatifacciones.
Noche a noche se ganó un poco de su confianza, se hicieron compañeros naturales. A veces las palabras no eran necesarias y la presa le permitió a su captor ingresar a su mente.
Entonces todo se aceleró. Ahora ya no hacía falta adivinar. Él quedó al descubierto. Sus muros invisibles no eran barreras para un ser de la noche acostumbrado a sobrevolar la tierra, a traspasarla con los ojos del fuego.
La criatura recorrió las regiones ocultas y descubrió uno a uno sus secretos. Y una tarde, en lugar de corresponder a sus falsas atenciones, le mostró sus garras.
El cazador sintió como todas las trampas se movían de lugar. Cómo el plan se alteraba sin orden ni concierto. Se disgustó terriblemente. Y ese fue entonces su segundo error. Ya no podría ocultar su verdadero rostro. Pasado un tiempo, la criatura logró acercarse otra vez, tranquilizarlo. Había palabras que le desvelaban cada una de las intenciones que aquél hombre concebía para usarla tan sólo por placer, sin importarle el tiempo que la tuvo cautiva.
El tiempo llegaría y pondría las cosas donde debían estar.
No se puede apresar por puro egoísmo a un ser del otro mundo, no sin sufrir en carne propia algunas quemaduras.
El cazador era un hombre eternamente airado. Perdía sus horas calculando lo obtenido de entre sus numerosas víctimas pero no era capaz de percibir su medida, no era capaz de ver que su valor no alcanzaba para engañar a un alma, no era capaz de entender que no todos los seres compraban y vendían.
No resultó una sorpresa que empezara a confiar demasiado en su débil estrategia. Y entonces el momento llegó. El cazador se metió en una de sus trampas con los pies juntos, por plena voluntad.
Esa noche fue borrando los mapas de las rutas que había trazado para no perderse en su propio laberinto. La oscuridad se cerraba no sólo sobre él sino también sobre la historia de traición y mentiras que había tejido alrededor.
La ira y la venganza crecieron en su vida como hiedras sofocantes envolviéndolo todo.
Y de inmediato, hundido en su frustración se entregó en alma y vida a restaurar una a una las trampas, a reponer los cebos en cada una de ellas. En revisar las hierbas y el terreno calculando las distancias, las huellas... Desesperado por atrapar otro animal que pudiera inmolar en nombre de su ego tan herido, lo más pronto posible.
Se negaba a aceptar sus errores, sus culpas. No era él, simplemente era cuestión de tiempo. La presa ideal no había caído aún. Esa, la que lo convenciera de que sus planes no podían fallar.
Esta historia, la que escribe sin saberlo el cazador, sólo terminará el día de su muerte. Nunca abrirá los ojos. Un cazador no podrá nunca tocar a sus presa sin herirla. Lo que sueña no existe. Lo que crea en su mente llevará siempre el germen del final, contaminado por sus intenciones.
No se puede apresar a un ser con alas.
Menos aún a uno que ya había aprendido a volar.

 

Publicado la semana 14. 01/04/2019
Etiquetas
Cuento, Oscuridad, Eterno cazador
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