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Lilueth

Anego

Era demasiado tarde o demasiado temprano, no tenía cómo saberlo. El firmamento que rodea el muelle le cuenta una luz tenue pero no recordaba si era la salida o la puesta del sol, en unos minutos lo averiguaría. Sus memorias eran escenas lejanas de un pasado que no había sucedido y que confundía su cerebro, no sabía quién era, qué era o cómo había llegado allí. ¿En serio se acababa de preguntar "¿qué era?"? ¿Qué clase de aconteceres le contaban a sus instintos que debía ampliar sus posibilidades?

Pasan los minutos y el cielo de un azul poco oscuro parece no querer cambiar y contarle alguna certeza de las muchas que le faltan. Observa el mar como si fuera a arrojarle alguien con respuestas, observa las dos monumentos de fábricas que se erigen a su lado izquierdo y que cuya imponencia le hacen querer no entrar. No quiere moverse, no quiere indagar más, casi quisiera impedir su próximo respiro. 

Se da cuenta que nunca antes había visto el océano más cerca que cuando miraba las antiguas películas de su papá en el televisor. Se intenta aterrar pero no lo logra, no logra adivinar de dónde viene toda esa calma. Comienza a creer que quizá perdió todo control de su cuerpo y por eso no hace nada y siente poco. 

Oye pasos a la distancia pero nadie llega, gira con mucho cuidado sobre sí para verificar otras presencias. Lo ha encontrado. Lo recuerda todo pero no recuerda nada. Lo sabe y su cabeza se inunda con informaciones suyas y ajenas, no sabe qué hacer, qué pensar y el maldito cielo sigue sin cambiar, sin avisarle. No recuerda si debe huir, resguardarse o hacer suyo ese momento. No lo recuerda, lo sabe todo. Todo.

 

Publicado la semana 44. 31/10/2019
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