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Lilueth

Llovizna

Llovía, siempre llovía, las mejores cosas sucedían en días en que las precipitaciones amenazaban a los bañistas. La lluvia prometía, a pesar de la tormenta mental. No corrí ni apresuré el paso, no quise acudir a la sombrilla que ya estaba mojada en mi bolso, no era la noche para resguardarse. 

En la tercera esquina no supe diferenciar si la tempestad iba por dentro o fuera de mi piel, intentaba pensar claro. Le rogaba al cielo que yo no fuera mi propia enfermedad causada por la búsqueda desesperada de mi cura.

Mirar al cielo no valía la pena, el agua no iba a cesar. El camino a casa se hizo oscuro, tortuoso, eterno. Las gentes buscaban refugio, los conductores en los carros me veían pasar como si estuviera loca. Pero no era aguacero, no, ni siquiera por dentro.

¿Qué hay de aquellos que no temen los chubascos? ¿Qué de los amantes cotidianos que sólo los deseamos vivir? ¿Quién nos dijo que el agua no iba más allá de nuestras epidermis?

Llegar a casa y traicionar el aguacero con la sequedad de lo seguro. La enfermiza solidez del árido salón. Las gotas filtrándose por la ventana me buscan siguiendo el magnetismo de mi sangre, el agua que enjuga mi vida me está queriendo ahogar. Ellos siguen sus vidas, evitan los charcos, corren a sus casas. 

Casi nadie se detuvo a pensar en el autosabotaje de las almas rebeldes.

Publicado la semana 21. 26/05/2019
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I
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