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Lilianadelrosso

Amor corrompido

Dos mujeres aguardan en la cocina de la vieja masía sentadas junto a la mesa cerca de la ventana. La brisa de otoño, embebida en dolor, trae consigo recuerdos de soledad. Una llora, ya sin lágrimas, entre sus delgadas manos sostiene un vaso de agua. La otra la acompaña en silencio y en ocasiones le acaricia la mejilla.

Un suave golpeteo rítmico y acelerado, Carmen está picando cebollas. A su lado, una sartén con aceite caliente. Acerca la tabla y con el reverso del cuchillo ayuda a los pequeños trozos a caer. El aceite comienza a chisporrotear.

—Está demasiado caliente. —Sus palabras resuenan en la inmensidad de la habitación.

Agrega los cubos de beicon ahumado, revuelve durante unos segundos y lo quita del fuego.

—Las cebollas no deben dorarse demasiado o amargarán el plato.

Junto al fregadero hay una canastilla con setas. Aquella mañana las había cogido del monte cuando Humberto, su marido, jugaba al tenis con la vecina. Mientras busca el cepillo para limpiarlas se detiene unos segundos a observar un libro que hay junto a la cesta. Guía rápida ilustrada para identificar setas comestibles. Lo coge y comienza a hojearlo, sin detenerse a leer, solo mira las fotos. Sin razón aparente lo cierra con la premura de quien tiene claro lo que está haciendo. 

—Siempre he sido muy cuidadosa al recogerlas. —Acomoda el libro dentro del cajón y saca un pincel de cerdas duras.

Coge la canastilla y una a una quita la tierra y los restos de suciedad de cada seta. Las corta en finas tiras y los deja apartadas para unirlas a las cebollas doradas y al beicon antes de servir la comida.

El silencio de la casa se desvanece con el ruido de las llaves en la puerta, una voz estridente y unos pasos acelerados invaden la masía.

—Hola, siento la tardanza, pero la vecina es muy buena, tiene un saque fuertísimo. Me costó ganarle. Me ducho en cinco minutos y comemos.

—Te estuve esperando para dar un paseo por el monte —susurra Carmen.

Una sombra masculina atraviesa el salón y casi con desdén ignora cuánto encuentra a su paso. Carmen regresa a la cocina y coloca los platos sobre la mesa. Desde la ventana observa el monte bajo donde ella y su cuñada suelen recoger las setas.  

—¿Qué dices? —grita— no te escucho, estoy en la ducha.

—La comida ya está lista —dijo alzando la voz.

El tañido de las campanas de la iglesia devuelve a la mujer a la realidad.

—Carmen. —Su acompañante le coge la mano—. ¿En qué piensas?

—Nada, cosas mías.

Se pone en pie y recompone sus negras vestiduras, deja el vaso junto a la canastilla vacía.

—El otoño siempre fue mi estación preferida. —Se detiene unos segundos a mirar por la ventana—.  Ya es la hora ¿Verdad? —preguntó Carmen.

—Sí. Debemos darnos prisa, no quiero llegar tarde a la misa de mi hermano.

Las dos mujeres, cogidas del brazo, se encaminan hacia la plaza del pueblo.

Publicado la semana 1. 06/01/2019
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Relatos , La vida misma , En un ratito, ese huequito antes de volver a la oficina , Cuento, Rutinas, Recuerdos, Mujer
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