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Jueves

Viaje

“Vamos Julio, apurá, que si no, no llegamos a ver las olas azules de la última vez.”

“Bueno ya va, esperá a que ate las correas y salimos derechito nomás, vamos a ir más rápido que el viernes pasado, que nos demoramos por tu culpa.”

Ella Fitzegarald sonaba en el aparato de música, en la radio que sintonizaban siempre.

“¿Cuándo vas a aprender a manejar bien esto? Subí así vamos.”

El aparato hizo un extraño sonido, la noche estaba ideal para realizar esas travesías que sólo ellos conocían, se agarraron fuerte de los sujetadores del carro que habían logrado crear, tras uno y otro fracasado intento. Por fin lograron poner en práctica todos sus conocimientos en física,  ingeniería, mecánica y lo consiguieron.

Quisieron comprar su invento, pero lograron convencer al señor que había  ido al pueblo de  Dementia  con una abultada oferta de que los rumores de su invento eran falsos, que no lo había logrado, qué cómo iban a crear ellos un invento tan adelantado para ir a la luna de manera tan fácil y cómoda. El señor finalmente se convenció al ver el supuesto aparato, que a simple vista podría servir como un carro para cargar cosas pesadas de manera bastante rústica y nada más, y se marchó acomodando su fea corbata. Julio y Alberto rieron viendo por la ventana cuando se tomaba el taxi para regresar al aeropuerto cuanto antes.

Nadie conocía en verdad si funcionaba o no, las vecinas se quejaban del ruido que se producía las noches en que viajaban, es que poner en marcha tal invento era complicado. El resto del viaje, era lo más emocionante. Lo mejor de todo era el despegar y ver cómo las nubes se despedazaban a su paso veloz. Años le había llevado crear cada una de las partes de las que constaba el móvil, y como eran amantes de lo viejo, buscaron darle forma de un viejo carro llevado por un caballo. Adentro estaba decorado a lo barroco y los sillones eran aterciopelados.

 Los vidrios estaban especialmente calefaccionados para soportar el ascenso y pasar exitosamente las diferentes capas de la atmósfera y poder salir al espacio exterior sin que sintieran nada. Muy difícil había sido conseguir los materiales, unirlos sobre todo y llegar a ese espectáculo de máquina.

Un vecino curioso no aguantó y se trepó para ver de qué se trataban esas aventuras de las que tanto hablaban los más habitantes más chicos de Dementia, qué era lo hacían esos que siempre andaban despeinados y escuchaban jazz de madrugada. Cuando vio el carro echó a reírse y se cayó de la escalera a la que había subido, rompiéndose una pierna, lo que no fue óbice para que continuara la burla y la divulgara a los demás vecinos diciendo que tenía una especie de carro de calesita en el patio.

El alcalde de Dementia había conseguido que les llevaran las piezas que les faltaban, las trajeron un día en unas cajas de cartón. Le agradecieron y prometieron llevarlo con ellos algún día.

Al alcalde de Dementia lo criticó el sheriff Gonzáles.

“Doctor, yo entiendo que los pacientes necesitan de la recreación, pero esas cosas que le trajeron… no sé… Es un gasto excesivo para nosotros.”

“En su mayoría las conseguí yo y otras son donaciones, doctor Gonzáles, no se preocupe por el presupuesto del hospital, podría hacerlo por la señora Irene, no veo que haya mejorado con la nueva medicación”

En el fondo, al doctor Millares le divertía que lo llamaran el alcalde.

Esa noche, sus pacientes favoritos tomaron las precauciones de siempre otra vez, aseguraron las puertas y Julio apretó los botones. El sonido ahuyentó a los gatos que se paseaban por los techos. Carlos apuraba a Julio para que avanzaran un poco más rápido y entonces empezaban a ascender y ascender tiñéndose las ventanas de grises violáceos y azulados. Los nubarrones se desgajaban a su paso dejándolos ver el planeta, sus cordilleras, los mares, y si hacían un poquito de esfuerzo, el pueblo amurallado de Dementia que dejaban atrás por unos instantes como otras noches.

 

 

Publicado la semana 46. 12/11/2019
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