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Jueves

Batalla

Cuando era niña caminaba hasta el río donde vivían los espíritus bondadosos y alados. Tiraba piedras a la corriente para que se las llevara lejos lejos, allá donde morían las corrientes desordenadas de agua.

Después reposaría bajo la sombra del gran árbol que le contaba historias de caminantes perecidos bajo su copa, traicioneros y cobardes todos. Escucharía con atención mientras soñaba con caras desconocidas, e inventaría el resto de los relatos, para contárselos a sus hermanos y hermanas más pequeñas, así se entretendrían antes de dormir .Ahora todo estaba demasiado cambiado, el viejo árbol seguía allí pero no con la misma magnificencia que portó en los años de su infancia, el río había desviado el cauce, el verde que cubría los suelos estaba tan deslucido que era un panorama bastante deplorable.

Sus ojos se cubrieron de lágrimas la tarde de verano en la que vio lo triste que pudieron haber visto sus ojos oscuros. Su padre y sus tíos yacían a orillas del río, atravesados por espadas, las aguas habían limpiado las heridas, llevando la sangre. Mientras la indiferencia de los nuevos pobladores que llegaban de a poco se reía de sus cantos de luto en el idioma que conocían sus antepasados. Le rogó al viento y a los cielos que se llevara su tristeza, pero que le trajera coraje y fuerza para emprender su venganza.

Parecían haberla escuchado, ya que acogieron su pedido y los espíritus la rodearon la tarde en que el calor era demasiado intenso como para que los hombres se animaran a reposar bajo los rayos de Inti, susurrándole qué hacer y rozando sus cabellos largos.

Se escondió detrás de unas piedras grandes, ya resonaban los tambores cada vez más y más fuertes, aumentando su temor en cada golpe, los caballos iban avanzando portando a los hombres de rostros quemados por el sol, la mayoría daba alaridos.

Ella miró a los cielos y les recordó su plegaria, sus sacrificios y las lágrimas de su pueblo. Empezó a pronunciar las palabras que le habían enseñado de chica, con todas las fuerzas de sus pulmones.

El sol se ocultó y el anochecer llegó inesperadamente a las cuatro de la tarde. El cielo empezó a rugir, y se abrieron las nubes, dejando caer numerosas gotas de agua sobre los guerreros, mojándolos; luego, con más fuerza, arrojando gotas más pesadas, haciendo que los hombres a caballos se resbalaran entre las piedras y cayeran, rompiéndose sus huesos y matando a quienes no eran hijos de los cerros.

Los pobladores al ver la obra de sus dioses se alejaron rápidamente, a agradecer por el auxilio que les había brindando esa tarde.

La niña de cabellos oscuros no se movió de atrás de las piedras, se alegró, pero sabía que esa alegría duraría muy poco, porque su pueblo habría de  batallar por mucho tiempo más.

 

 

Publicado la semana 36. 02/09/2019
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