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Jueves

Venganza

La oscuridad se fulguraba caprichosamente sobre los restos del espejo roto con escarnio a las tres y media de la madrugada del sábado. Los pétalos de rosas se marchitarían pronto, temblaban ante el frío intempestivo, tan habitual para acompañar esas ocasiones.

Se levantó y tomó la galera verde loro que usaba el sr. D. No tenía certeza si lo que había hecho era correcto o no, sólo que esa noche la soledad ardía por cada centímetro de la pequeña habitación de la casita rodante en la que viajaba hace años. El dolor del recuerdo la atormentaba a diario, pero esa semana no pudo sortearlo y necesitaba escuchar un par de palabras de aliento entre tanto ruido y ajetreo, pero el sr. D había marchado hace tiempo de ahí, para siempre, la noche en la que el espectáculo terminó en tragedia.

No dejaron que viera el cuerpo sobre la arena, con el rostro destrozado por la caída desde tantos metros de altura, una hazaña casi imposible para cualquiera menos para el Sr. D, testarudo, como ella, desobediente de toda orden y consejo.

 Cuando se lo llevaron, quedó la galera en el suelo, la que tenía entre sus manos ahora, la que tanto le gustaba a él, combinando con el resto de sus ropas, coloridas, alegres, despampanantes. Sola quedó ella, en el circo y en el mundo, sin el Sr. D. Había pensado en huir y la idea se disipaba inmediatamente. Nunca supo acostumbrarse a las reglas ni a los horarios, solamente en el circo podía hacer lo que quería, sentirse libre en cada pirueta que hacía de esas telas viejas que colgaban peligrosamente y en las que se elevaba y descendía, en ese trajín interminable donde no había planes ni itinerarios. Cuando empezaba a acostumbrarse a las calles de una ciudad otra la esperaba, a lo único a que se había arraigado en su vida era al excéntrico Sr. D. No confiaba realmente en sus compañeros. Así que la desesperación la llevo esa vez a ir más lejos de lo que creyó, y tomando el sombrero, sacó un espejo de donde dormía el payaso F, el más triste que había visto jamás, consiguió unos pétalos de rosas y esperó a que sea más tarde. Se metió en una casilla que improvisaban para el vestuario, así se aseguraba de que nadie iría a interrumpir su cometido.

Puso el espejo enfrente a ella y apoyó la galera sobre el mismo, pensando con todas sus fuerzas en el rostro del señor D, en su carcajada sonora y su voz potente que usaba para dar órdenes a los demás, que lo obedecían por ser el que más años tenía en el circo. Bajó la galera y pudo divisar por la tenue luz cómo surgían manchas del espejo para dar lugar a la fisonomía de su amigo. Después de unos segundos tenía frente a ella a esa mirada punzante que la observaba detrás del espejo.

Tenía poco tiempo para hablar con el, tal vez unos veinte minutos, quería contarle cuánto lo extrañaba, cómo V, el otro trapecista había querido tomar su lugar y se la pasaba dándole órdenes a todo el mundo, que lo necesitaba, y pedirle perdón por molestarlo pero no podía hacer más que eso en esos momentos. El espejo le devolvía la imagen de una cara que lucía tranquila, la pequeña acróbata no podía emitir palabras,  señor D pareció adivinar el torbellino de pensamientos y deseos y dijo por fin “Está bien” y sonrió. Ella se apaciguó.

De repente la sonrisa de él se transformó en una mueca espantosa, de dolor al principio, luego de ira, gritó enfurecido una palabra, ella se asustó un poco al principio, luego comprendió todo. Él miró  hacia atrás de donde estaba ella y le dijo que alguien venía. Con ese gesto sabía que tenía que terminar con el ritual, tomó una piedra para lanzarla con fuerza al espejo que se hacía añicos.

Volvió a la casa rodante, todos dormían, menos uno. La acróbata se deslizó con gracia por la casa donde dormía el trapecista V. Tan sólo un instante le llevó atravesar el pecho de V sin dejarlo emitir queja alguna, liberando su sangre, haciendo que esta corra por las sábanas y por el suelo, haciendo que su vida se escape bien lejos, conociendo el sabor de la venganza, por haberle quitado a su amigo, el único que había tenido, porque esa noche había confirmado las sospechas de que el accidente no había sido tal, sino de que alguien había intentado tomar el lugar del señor D, eliminándolo de la manera más cruel y lo había confirmado en ese grito que le devolvió el espejo, cuando D exclamo V antes de que terminara el ritual.

Afuera el payaso F fumaba el último cigarrillo de la noche, presenciando otro crimen, callando una venganza. 

Publicado la semana 33. 14/08/2019
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The Beatles- Being of the Benefit of Mr. Kite!
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