24
Jueves

Amigo

Es normal que nosotras aparezcamos cuando los hombres son todavía indefensos y la imaginación da sus primeros pasos retorciéndose y mostrándoles  cosas que no podrán ver nunca más en sus vidas, después ésta se acomoda un poco y haciéndose maleable, con el tiempo morirá por completo acompañando su cadáver a los hombres latosos y aburridos, otras veces se mantendrá intacta, siguiendo como una sombra a los poetas y a los locos.

Claudio no era un poeta ni un loco, era las dos cosas. Le tenía un miedo irracional a los hombres con escasa cabellera, posiblemente debido a que le recordaban a quienes en tempranos años le habían hecho mucho daño, a su tío taciturno que sólo hablaba para regañarlo  y a su abuelo materno, que siempre regresaba cansado a su casa para hundirse en un mar tormentoso de alcohol que lo volvía iracundo.

Es por eso que llevo un sombrero grande grande, pero cuando me lo saco mi cabellera es tanta que me molesta, así que no me lo quito nunca.

Claudio escribía en las paredes de su departamento. Si vieran las odas que componía los martes a la madrugada, ¡se hubieran enamorado de esas paredes!. Cuando anochecía escribía liras perturbadas y largas, que llegaban hasta los zócalos y ahí terminaban, cerca del piso donde Claudio descansaba hasta quedarse dormido y soñar conmigo una y otra vez.

Me acuerdo que era lunes cuando me vio a su lado. Le toqué el hombro, le dije que iba a llegar tarde al trabajo, que podía acompañarlo hasta el negocio porque no tenía nada que hacer. Aceptó sonriendo, después me di cuenta que no tenía otros amigos.

            En el negocio tenía que tratar con mucha gente, pero no me caían bien. Eran todos estafadores, corruptos, que buscaban quedarse con el vuelto y robar si Claudio se distraía. Le dije esto a mi amigo y se encolerizó con un cliente que estaba detrás suyo echando un vistazo a unas mercadería, yo sabía que en cualquier momento iba a guardarse algo bajo sus ropas. Claudio le dio una trompada que le hizo sangrar la nariz. Lo despidieron.

            Estuvo una semana quieto en el sillón, sin moverse, lo consolé y le dije que todo estaría bien, que había sido una injusticia , que solamente estaba protegiéndose de los robos y había actuado correctamente. Le prometí que vengaría algún día esa infamia.

            Claudio estaba flaco. El pelo le había crecido y su cara estaba tapada por la barba. Su madre se horrorizó al verlo. Insistió en llevarlo a su casa de nuevo, en ver  a alguien que lo ayudara para salir de esa pocilga en la que estaba, entonces le dije a Claudio que no le hiciera caso, que la echara de nuestro refugio, con violencia si era necesario.

            Los días siguientes fueron los más hermosos que pasé con mi amigo. Hablábamos por horas y escribíamos mucho, nuestras poesías eran sobre infortunios y desesperanzas. Me contaba de su infancia plagada de tragedias y de su único amor, una joven que se llamaba Silvia.

            ¡Cuán cruel había resultado esa Silvia! No podía quedarme quieto, él era mi único amigo y yo era el único amigo suyo, algo tenía que hacer al respecto, pero yo solamente podía actuar a través de él, no se imaginan la influencia que ejercía sobre su débil cuerpo, se hubiera arrojado desde la ventana si se lo hubiera pedido.

A la noche salimos del departamento y caminamos unas cuadras, íbamos a esperar a Silvia cuando saliera de su trabajo, le había explicado a Claudio qué movimientos tenía que hacer pero la muy desdichada se defendió exitosamente cuando mi amigo quiso clavarle un puñal en el cuello. Llegó la policía y en medio de tanto embrollo no pude seguirlo.

Finalmente lo encontré varios días después. Estaba vestido de blanco, como la gente que lo rodeaba. Encerrado, me miró a través de las ventanas y sonrió, me piedió que no entrara, pero no quise, no me iría sin Claudio, mi único compañero.

Por las tardes lo visitaba la doctora, no podía escucharle a esa mujer que me causaba repulsión. Tenía que eliminarla.

Esa semana él estaba raro. No me hablaba, auque podía verme perfectamente. Hacía toda clase de monerías para llamar su atención, le cantaba sus poesías, le gritaba recordándole momentos traumáticos de su niñez y entonces lanzaba alaridos y me arrojaba con lo que tuviera a su alcance. Llegaban otros hombres a calmarlo, le inyectaban cosas y se dormía por horas. Claudio, no quería hacerte sentir, mal, sólo quería  que habláramos como lo hacíamos antes.

No volverán esas noches bucólicas, porque mi cuerpo empezó a desvanecerse,  como ven, ya no tengo piernas, mis brazos se están evaporando de a poco, seguro lo que queda de mi cuerpo se irán en un día o dos, pero antes quería contarles mi historia, antes de que desaparezca por completo de la vida de mi creador

Publicado la semana 24. 11/06/2019
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