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Jueves

El blues de la montaña (parte 2)

“¿Tocar blues? Jaja ay Lisandrito, ¿por qué no te aprendés un escondido mejor? O una zamba así tocás para mi cumpleaños”.

 ¿Se imaginaría alguien eso? ¿Qué diría cuando saliera en las tapas de los diarios? El  mejor blusero del país fue parido por los cerros del norte, demostrando que la música no tiene idea de lo que significan una frontera.

Terminó de trabajar y esperó a que fuera de noche, tenía que salir con cuidado para que su familia no se enterara. Agarró su guitarra y salió caminando. Dudó si ir a la cueva de la que todos hablaban o ir hasta cerca del río, donde se cruzaban el camino que seguía el lecho del río y el que iba más al este, perdiéndose entre la quebrada. Se decidió por éste último, “a ver si todavía le salía mal”. Eran casi las tres de la mañana y esperó sentado entre las piedras, con su guitarra.

A la mañana siguiente no podía pararse del sueño, cuando volvía a su casa dispuesto a dormir se le acercó don Pepe, el dueño del boliche donde iban los pobladores a distraerse un poco los viernes a la noche. No tenía músicos para esa semana y como lo había visto con la guitarra le preguntó si no tenía problemas en tocar un rato. Lisandro aceptó enseguida, prometiendo que iba a tener el mejor espectáculo y advirtiendo que “lo suyo era distinto”. Don Pepe aceptó sin escucharlo mucho y se alejó.

El viernes en que por fin tocaría había llegado, ahora debería demostrar cuán talentoso se había hecho de una noche a otra.

El bolichito se llenó, algunos ya estaban bastante animados antes de entrar. Lisandro tocó una canción de Skip James, la primera que había escuchado. Don Hermenegildo y su primo se retiraron, no sin antes emitir una carcajada. Tía Victoria lo aplaudía calurosamente desde el fondo, cerca de la ventana. En ese momento entró una figura alargada, con anteojos, con sombrero negro y rostro sin expresión. Nadie parecía percatarse de él, salvo doña Victoria. El show siguió, el alcohol hacía que algunos bailaran de forma torpe y que otros se rieran diciendo que no entendían qué era lo que decía Lisandro cantaba. Menos doña Victoría, que había escuchado varias veces los discos y se sorprendió al notar que su sobrino ejecutaba maravillosamente bien el instrumento. El visitante recién llegado empezaba a incomodarla, tenía un saco largo, le cubría sus largas piernas y le llegándole hasta a los pies. Tomaba whisky y no hablaba con nadie. La fiesta siguió su curso y finalmente Lisandro se bajó de las tablas que hacían de escenario, algo cansado, algo acalorado, algo molesto porque sabía que a nadie le gustaba esa música, y quizás resultaba escandaloso ese sonido entre esas montañas.

El hombre no estaba. Doña Victoria quiso ir a felicitar a Lisandro pero no lo encontró sino más tarde, cuando llegó a su casa para ir a dormir. Lo encontró asustado y tembloroso, mirando por la ventana. No quiso decirle qué tenía ni a quién esperaba tan ansioso, solamente que se fijara por la otra ventana si venía alguien.

Tía Victoria le hizo caso y después de observar el panorama por unos instantes vio que una silueta alta se acercaba a paso lento. Era el hombre que había estado en el bar un rato antes.

“¡Lisandro mirá viene alguien!”

Su sobrino se acercó y sus ojos se abrieron grandes.

“Voy a hablar con él, andá a dormir tía es tarde ya” le dijo salió por la puerta de atrás.

Ella se quedó viendo por la ventana aunque el hombre ya no estaba, deben haber ido atrás a hablar…

Estuvo un rato apretujándose las manos hasta que la impaciencia la venció y salió por la puerta del patio para buscar al joven. No estaba él ni el hombre.

 

Nadie lo encontró, ni esa noche, ni los días siguientes. Ni a él ni a su guitarra. Entonces Tía Victoria recordó la extraña obsesión de su sobrino los días antes, y llegó a la horrorosa conclusión, ¡El mismo Supay se lo había llevado! Era el hombre de saco negro que había entrado al bar esa noche, el tapado negro seguramente sería para tapar sus patas de cabras y estaba sentado lejos para que nadie sintiera el olor a azufre, indudablemente en medio de tanto alboroto y alcohol nadie había percibido de su presencia, pero ella sí, que estaba lo suficientemente sobria  y atenta como para darse cuenta.

“Ay no, mi Lisandro, ¿que has hecho?” se repetía entre sollozos.

 “Hay que ir a la Iglesia y rezar, rezar mucho para que se salve su alma” decían los vecinos cuando se enteraron. Doña Dorotea arrojó agua bendita en la entrada de su casa porque allí había caminado el demonio.

”Es esa música que han traído, esos discos de porquería, hay que quemarlos”…

“Otra vez pasa lo mismo, es la maldición de don Marcelino”

“Hay que tapar la entrada de la salamanca, para que no se tienten más”

 

 

Lisandro se preparó para otro show. La fama lo había enceguecido en ese último tiempo, a tal punto que sólo vivía para tocar y componer. Hasta se había olvidado que su nombre era Lisandro, su representante le dijo que debía buscar otro más atrayente para  el público internacional, que no delatara sus orígenes. Pensó que era tiempo de escribirle alguna carta o enviar un telegrama a su pueblo, aunque sea a su tía Victoria, mandarle un perfume de los buenos, porque  era la única que después de todo parecía haber confiado en su habilidad, cuando lo aplaudió fervientemente hace unos meses. Decirle que estaba bien, que dormía poco pero estaba bien alimentado, que ese día que tocó en el bar de don Pepe en medio de la borrachera contrajo una deuda de juego con un señor de saco largo que tenía el peor carácter que había conocido y amenazó con seguirlo hasta su casa y dispararle, entonces tuvo que esconderse en su casa y salió por la puerta de atrás sin que lo viera y rajó bien lejos, muerto de miedo se tomó el primer tren a Buenos Aires y ahí estaba.  Encontró un trabajo y una vez el patrón escuchó que tocaba muy bien la guitarra entonces lo llevó a una fiesta para que deleitara a los invitados, justo uno de ellos era un hombre que dijo que podía representarlo, harían un buen dinero tocando en distintos lugares, y hasta podrían llegar a Las Vegas.

 ¡Ah! De paso también contarle que las cosas que había escuchado desde chico de Mandinga era todo mentira, que él lo único que había conseguido la noche en que fue a la encrucijada fue congelarse de frío.

Publicado la semana 21. 22/05/2019
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