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Jueves

El blues de la montaña (parte 1)

Lisandro se dejó caer en el sillón viejo de su tía Victoria, iba las tardes de domingos a visitarla, en los últimos meses iba sobre todo a usar la victrola en donde podía escuchar sus discos hasta que fuera de noche y el viento empezara a golpear las ventanas, avisándole que era hora de volver a su casa, a dormir y descansar porque el lunes vendría sin piedad y para azotarlo con las faenas y mucho cansancio, esperaría a que llegara el domingo y podría volver a reposar.

Tía Victoria era solterona y muy alta. Le decían que no iba a encontrar novio por su elevada estatura y quedaron en lo cierto, pero no por ese motivo, sino porque gustaba de  espantar a los hombres con su tenacidad y carácter fuerte como una piedra, levantando su bandera ante esa sociedad que para ella “obligaba a las mujeres a permanecer quietas y sumisas”. Emprendió una serie de negocios que le acarrearon una buena fortuna, permitiéndole vivir cómodamente en ese pueblo alejado de San Salvador, donde las casas eran poquitas y dispersas, camuflándose en la aridez con sus paredes de adobe.

 Ahora de grande delegaba tareas en otras personas y en su sobrino Lisandro. “Vos sos mi hijito de corazón, changuito” le decía cuando él le preguntaba si no le hubiese gustado tener su propia familia “No le digás nada a la Marta ni al Carlos, pero vos sos mi sobrino favorito” y sonreía.

Por eso Lisandro podría ir cuando quería a su casa, leer los viejos libros que había en la biblioteca grande que había traído su abuelo de España, comer las tortas que hacían las sirvientas y usar la victrola sin que nadie lo molestara.

Un día vino el  señor Acciari de Buenos Aires a traer mercaderías que su tía revendía. Trajo también unos discos de vinilo, de folclore, de tango y uno que decía cosas que no entendía, pero tenía la imagen de un hombre sonriendo y mirando hacia el cielo, de piel oscura como no había visto, llevaba sombrero y un traje negro con rayas blancas. Y una guitarra. “Este es de blues, de los buenos” le dijo el señor Acciari. La curiosidad por las letras que se combinaban para formar palabras incógnitas  o tal vez por la imagen del hombre de la tapa, cuyos rasgos eran distintos a los suyos o por la pasión que demostraba su rostro le hizo pedir a su tía que se lo quedaran y enseguida fue a escucharlo.

A Lisandro le fascinaron esas canciones completamente inentendibles, le agradaba pensar que hablaban del amor, de cansancio, de tristezas y de alegrías profanas. La guitarra sonaba de otra forma a como estaba acostumbrado a escucharla, en las zambas o chacareras, quebrándose en cada lamento y rompiendo los sonidos inesperadamente. Se sintió identificado con esas melodías que gemían, que se desbocaban, que se alegraban y le dejaban un plumazo de esperanza al final de cada acorde. Cuando regresó el señor Acciari le pidió más discos, y una guitarra, quería una distinta, como las que aparecían en las fotos, se la pagaría en cuotas, aunque la mama protestara diciendo que “gastaba la plata en zonceras”.

 “Bueno Lisandro, ¡te has entusiasmado con el blues!” le  dijo esa tarde el comerciante italiano.

 “¿Sabe cuán lejos queda Missisipi señor Acciari?”

 “ Desde acá, bastante lejos, tenés que ir para al norte, bien arriba, y tendrías que aprender inglés”.

Lisandro recordó una vez un viajero que había pasado por ese pueblo, le costaba hacerse entender así que sólo se manejaba con señas, no estuvo mucho tiempo, soltaba palabras que Lisandro suponía que eran palabrotas, porque las largaba siempre que perdía la paciencia al no lograr que sus interlocutores entendieran sus gestos.

“¿Usted no anduvo por estos lugares?”

 “Sí, estuve allá un par de veces, en el sur hay pueblos donde se dedican a cosechar algodón, y hay ciudades grandes, más al norte, no creo que te guste vivir ahí, no es tranquilo como acá”.

A Lisandro le gustaba imaginar las calles de tierra con muchos vehículos, se hacía difícil figurarse algo así en un pueblito donde los autos eran poquísimos. En los próximos meses llegaron su guitarra y otros discos más, los últimos que habían salido, y unas revistas.

 “Esto es un regalo para vos pibe” dijo el señor Acciari. Lisandro las hojeó emocionado, eran de Norteamérica, había muchas fotos de restaurantes y plazas, de gente que estaba alegre y bailando. Esa tarde tomaron unos mates con tortas fritas en el comedor de tía Victoria mientras ella controlaba las mercaderías. Acciari se dedicó a traducir algunas páginas al joven . Pasaron algunas y su mirada se detuvo en una foto. Un hombre joven con el sombrero inclinado y un cigarrillo en la boca. “Qué ojos raros, ¿no? Parece que está endemoniado” “¡Jaja! ¿sabías que dicen eso?” “¿Qué cosa?” “Que el tipo esta endemoniado, que hizo un pacto con el diablo para poder tocar bien, y que el diablo le concedió esta virtud, por eso suena medio raro, como si tocaran dos personas cuando es él sólo, son conjeturas y mitos, hay gente que cree en esas verduras”  “Cuando fui a Chicago me contaba un tipo que conocí en un bar que muchos bluseros iban a las encrucijadas a hacer pacto con el diablo, y así ser los mejores”.

En los días siguientes, Lisandro se quedó pensando en lo que le habían relatado. Fantaseó con la idea mientras cuidaba a los animales. Ya volvía trayendo las ovejitas cuando una idea le atravesó como un rayo. ¿Qué tal si lo hiciera él? Sería muy talentoso, se haría famoso, podría conocer Buenos Aires, el Buenos Aires del que tanto hablaba su tía y el señor Acciari, comprar cosas de allá y presumirlas acá, en una de esas llegar más lejos todavía y ver que tal era Memphis. Comprobar cómo la luces de esas calles anchas, ¿serían como muestran las fotos? Seguramente serían mejores, aprendería a hablar inglés y podría conversar con los gringos que visitaban de vez en cuando su pueblo…

Sonrió ante la idea, los ladridos del perro lo sacaron de su ensimismamiento y terminó de meter a las ovejas. Esa noche no pudo dormir y empezó a planificar su arriesgada empresa.

Muchos se habían olvidado  de ellos, ocultos en el paisaje accidentado e imperioso,  pero el diablo no. Se había hecho presente varias veces, según cuentan. 

“Yo no creo mucho en esas cosas, pero hay muchos que sí, dicen que Mandinga se ha cobrado su deuda con don Marcelino, por ejemplo” Le contó una vez su tía “Vos eras muy chico, por eso no te acordás, don Marcelino era bueno con el bombo, pero el siempre quiso tocar bien la guitarra. Entonces dicen que un día se metió por el cerro ese que está cerca de la finca de los Aisama, donde el camino hace un desvío  Ahí hay una salamanca, fue un viernes santo y le pidió al diablo que le concediera el don de tocar bien la guitarra, de ser un payador como ninguno, al fin de semana siguiente en las reuniones era el primero en tocar ¡y no sabés cómo lo hacía! Hermosas las canciones, no había nadie como él, todos estábamos sorprendidos de que hubiera aprendido tan rápido. Empezaron a hablar que lo habían visto entrar en la cueva que hay al pie del cerro ese, de la salamanca y demás. Pero él siempre lo negaba, aunque los domingos en misa estaba raro, se iba bien atrás, al fondo, se ponía serio y miraba mal a todo el mundo. Un día apareció el cuerpo destrozado cerca del río. Tenía unas marcas raras, en todo el cuerpo, así como de garras, todos juraban que no podía ser de tigre. ¡Ah! Y le faltaba la mano izquierda, con la que tocaba, nunca la encontraron, a la guitarra tampoco. No se volvió a hablar del tema, por miedo, pero para mí que lo agarró algún tigre o un perro grande”.

Sabía donde quedaba la salamanca, porque una vez de changuito se había quedado jugando con el Hilario y el Juan ceca de ahí, y no se dieron cuenta de que se había hecho tarde. Las risas de las bromas infantiles se interrumpieron cuando empezó a sonar una guitarra, después de un bombo “¡Rajemos!” gritó el Juan. Salieron a toda prisa, sí lo recordaba, más tarde le contaron la historia de la salamanca, de la música y de las barbaridades que podían llegar a suceder ahí adentro.

Pero el no quería tocar zambas, él quería tocar blues, ser uno de los mejores. ¿Sería el mismo diablo de acá que el de allá? ¿Cómo lo reconocería? Tía Victoria le contaba hace años que era astudo y tenía una cola larga, pero también se aparecía como un gaucho, con espuelas de plata, otros señalaban que tenía patas de cabra. ¿Acaso los bluseros de allá tendrían otro diablo? No se imaginaba que alguien vestido de gaucho les enseñara a tocar blues.

“Tía, el diablo será el mismo en todas partes?”

 “¿Y eso? ¿A que viene esa pregunta?”

 “Estuve pensando nomás, ¿será el mismo de acá, que el de Nueva Orleans, que el de Europa?”

“Ay chango zonzo, es esa música que escuchás la que te está afectando, si me volvés a preguntar una cosa así no vas a venir más acá a poner esos discos”

La idea le revoloteaba en las horas de trabajo, como un ave que no lograba entrar pero daba golpes y golpes con sus alas, entusiasmándolo más y más. Si le enseñaba a payar a los gauchos torpes  haciendo que se lucieran las noches de los fogones, seguro le podría enseñar a él a tocar la guitarra como Muddy Watters.

Sí, por supuesto que él estaba en todos lados, sabía esconderse y aparecer en el momento justo, donde empezaba la duda, donde empezaba la incertidumbre y el desahucio. Mimetizándose en lo que fuera necesario, para acudir a los deseos de los hombres licenciosos y corrompidos, o esperando que acudieran a él los de poca fe y desalentados. Si había logrado tentar a reyes usureros, asustar a santos y hacerse respetar por los trabajadores de las minas de Bolivia, y lo seguiría haciendo, por los siglos de los siglos, fracasando a veces y saliendo victorioso en otra, con el eterno rencor de no haber conseguido ser como Él, sin dudas vería la manera de ingeniarse para presentarse ante Lisandro, un simple chico de dieciséis años que vivía entre los cerros y quería ser un blusero. Tal vez se aparecería con un sombrero negro, un cigarrillo y con traje, bien elegante. Y zapatos bien lustrados. capáz hasta se le reiría con su pedido, como su tía cuando le contó de su anhelo.

Publicado la semana 20. 17/05/2019
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Rolling Stones Sympathy for the devil
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