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Jueves

El Café del Buen Olvido

Si caminan por la calle de adoquines y casas viejísimas que gustan de asustar a los incrédulos las noches de invierno y por las tardes de primavera relatar a los transeúntes solitarios versos de algún enamorado que habitó bajo sus techos; doblan por la esquina en las que se mezclan los ladrillos y la neblina y dan unos cuántos pasos, a mitad de cuadra encuentran El Café del Buen Olvido.

Si se adentran a él, y miran hacia el costado del este, encontrarán el sector donde se juntaban los empresarios a cerrar contratos y negocios, algunos abogados o contadores para seguir conversando sobre su jornada laboral y otros hombres o mujeres que piden un café sin azúcar y mantienen la vista en sus computadoras portátiles. Las lámparas de color rojo cuelgan del techo iluminando el sector más que ningún otro sector del café, las mesas son cuadradas con manteles color vino y las tazas de cappuccinos se vacían casi enseguida. Abundan los movimientos bruscos y las voces graves. Más allá, cerca de la caja están las mesas donde se reúnen los escritores y poetas que sueñan por las noches con que sus historias sean populares. Pasan muchas horas charlando y piden dos o tres tazas de café latte, en las mesas con manteles verdes mientras recuerdan con melancolía tiempos mejores y vuelcan en papeles amarillentos los retruécanos y metáforas que fantasean con salir de ese bar y llenar las páginas de algún libro.

Cerca de la ventana, en el oeste del café suelen sentarse las parejas que se encuentran en plena etapa del idilio romántico de los primeros meses de noviazgo. Gustan de beber una taza de macchiato con torta y se miran a los ojos por ratos largos, se sonríen y se van abrazados, antes de que el enamoramiento se agote y empiecen las controversias y discusiones, porque entonces es momento de ir a otro sector, donde no hay buena iluminación y las mesas tienen manteles azules un poco deshilachados. Allí se encuentran los novios que en algún momento se juraron no dejar de amarse, para compartir una charla que arregle las cosas, pero que en el fondo saben que está destinada a cerrar la relación y clavar un puñal a quien todavía ama al otro, y luego de ese último cortado, salen por la puerta para seguir su camino en direcciones opuestas.

En el centro del lugar y en la vereda se reunían grupos heterogéneos de clientes. Chicas que salían a charlar un rato y compartir un café irlandés, estudiantes que salían de rendirun examen final y pedían un café escocés, algún hombre solitario que pedía un café al cognac. Un grupo de mujeres de edad avanzada que estaba horas y horas charlando y pedían un café solo con un par de medialunas.

Franco solía apagar sus desazones a menudo en El Buen Olvido, sentándose a mirar un partido de fútbol y tomar un licuado o un café con leche, o compartir alguna charla entretenida con amigos. Le quedaba cerca del trabajo y cuando salía y tenía tiempo libre ocupaba alguna mesa de las que estaban en el centro.

Esa tarde de otoño estaba ocupado una mesa solo, en la esquina oscura, tenía la vista fija en el diario sin leerlo, escuchando de vez en cuando los reproches que le hacía la jovencita sentada en la mesa de al lado a un muchacho notablemente mayor que ella. Él no decía casi nada, solamente dejaba que ella hablara y hablara, casi gritando, haciendo que el silencio de él alimentara la furia en las palabras de ella. Finalmente calló, y él sólo dijo un par de cosas tranquilamente y se levantó.

Unas mesas más allá la situación era similar, pero era un joven que hablaba y hablaba desesperadamente a una dama que ni siquiera se molestaba en mirarlo y de a ratos retocaba su peinado mirándose en un espejito. Le resultaba incómodo estar en ese sitio, pero a la vez sentía que era allí a donde debía estar en esos momentos. Pidió un cortado, para empezar la tarde gris y aclarar un poco sus pensamientos y recuerdos.

Recordó el miércoles de verano cuando su mirada posó sobre la mujer que estaba en el sector de las mesas cuadradas, Sus ojos grises parecían aburridos y demostraban poco interés en su interlocutor que no dejaba de hablar. Cuando terminó su reunión, pagó y se retiró inmediatamente. Esos instantes mágicamente lo cautivaron y se sentó a la misma hora los días siguientes, con la tonta esperanza de que estaría allí de nuevo. A las dos semanas volvía a verla, con su rostro cansado y fingiendo sonrisas de vez en cuando. Esta vez decidió seguirla luego de su rápida salida del lugar, como la primera vez que la vio. Sus pasos rápidos y sobre tacones hicieron que se le cayeran algunos papeles en el piso. Franco aprovechó la situación y la ayudó, ella sonrió, pero no con esa sonrisa fingida, como una mueca fría, sino de manera sincera y espontánea, siendo suficiente para que quedase impregnada esa imagen en lo más profundo de sus recuerdos más estimados. Tuvieron una breve conversación y la acompañó hasta su departamento que quedaba a unas pocas cuadras del café. Cuando volvió a su casa, llevaba el recuerdo de esa sonrisa en medio de la noche, iluminando todo a su alrededor. Y no durmió casi nada, recreando una y otra vez ese pequeño momento. Se volvieron a ver. Ella odiaba su trabajo, odiaba a su jefe, odiaba los días grises y los cafés sin azúcar. Entonces la invitó a tomar un café vienés con una porción de selva negra en una mesa junto a la ventana. Ella aceptó gustosamente, ese viernes entró al lugar con un hermoso vestido floreado, sonriendo, iluminando todo, otra vez.

La charla duró horas, hasta que el barista del café los invitó a pagar la cuenta y a que se retirasen, porque ya debían cerrar. Esa noche besó sus labios por primera vez, y eso bastó para que se durmiera pensando en ella en las noches siguientes.

Ocuparon las mesas de las ventanas por varios jueves, pero ella empezó a poner excusas para no verlo tan seguido, hasta que dejó de responder sus mensajes. Quizás su amor por ella la estaba agobiando, por lo que consideró prudente distanciarse y comunicarse con ella sólo lo necesario.

Hasta que un martes, cuando estaba sentado en las mesas del centro vio que entraba junto a un caballero para sentarse en las mesas de las ventanas, sonriendo y charlando alegremente.

Ahora iba a pedir otro cortado, tal vez el último que se tomaría en ese lugar, que le traía tantos recuerdos de ella, y por lo tanto para olvidarla, tal vez sería mejor alejarse de las mesas que lo llevaron a ella. En eso estaba cuando el barista se le acercó y le dijo “Usted no probó todavía nuestra especialidad, hay un café que sólo hacemos nosotros y cuya receta es secreta, obviamente, ¿no le gustaría probar el café del buen olvido?”

Franco pensó que sería un café más de la carta, llamado así por el nombre del lugar.

“No señor, este café es el que da el nombre a esta cafetería, y quienes viven tantas sensaciones dentro de este lugar, están casi condenados a probarlo, ¡no se va a arrepentir!” Le dijo.

Franco aceptó y luego un mozo llegó con una taza humeante que despedía un aroma exquisito. “Bébase lentamente y en lo posible en soledad” decía en la servilleta que lo acompañaba.

Tomó la taza mientras recordaba a ella, con su vestido floreado sonriendo, como si estuviera allí y le estuviese regalando su mejor sonrisa. El recuerdo hacía que se estremeciera su cuerpo, sintiéndose pesado y haciendo que su corazón latiera dolorosamente. Bebió el primer sorbo. Era realmente delicioso. Dio un par de sorbos más. Conmemoró el rostro de ella charlando alegremente, indiferente a él que la contemplaba desde otra mesa, desilusionado. Dio un par de sorbos más. De a poco no se acordaba si ella tenía ojos grises o marrones. Ya había tomado la mitad de la taza. Se sentía bien, y no sabía por qué hace unos instantes estaba tan cabizbajo y melancólico. Quiso pensar en la voz que tenía esa mujer de la que no recordaba su nombre. ¿Era Juana? ¿O era Amalia? Ya terminaba la taza. Miró a su alrededor y se apuró a terminar el café. Se acercó a pagar y le dijo al barista que lo aguardaba con una sonrisa que al día siguiente volvería, pero que prefería las mesas del centro, frente al televisor donde podía ver los partidos de fútbol y reírse de alguna mala poesía que venía de los eternos clientes de las mesas de manteles verdes

Publicado la semana 16. 16/04/2019
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John Coltrane, A love supreme.
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