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Jueves

Traslado al fin del mundo

El ajetreo del vehículo que los transportaba no era suficiente para desconcentrarlo de sus pensamientos. Lentamente retornaba  a esa campiña que ya conocía y cuyo paisaje le advertía  que la ruina resultaba inminente.

Las cicatrices de sus manos daban testimonio de la aventurada empresa fracasada.

Creyó junto con sus compañeros que habían sido iluminados por la suerte cuando lograron sortear el crudo obstáculo del Estrecho de Le Maire, mientras que las otras embarcaciones se perdieron violentamente  con sus improvisados navegantes en los abismos marinos.

Después hubo que correr. Ocultarse bajo la tierra si era necesario. Dos días en medio del bosque sin agua, comida y descanso fueron suficientes para debilitarlo. Lo encontraron bajo un árbol, inconsciente. Alguien creyó  que por su aspecto estaba muerto, como otros  que no lograron sobrevivir a la imponencia del frío patagónico.

No recordaba muy bien cuando lo enviaron a Buenos Aires. Tenía algunas imágenes confusas de las audiencias. El fiscal pidió la pena de muerte para él y dos compañeros más. Sus ojos grandes y su voz fuerte le recordaron al centinela. Gran cretino que se desangró en la puerta de su pabellón, luego de que él cortara su garganta con una cuchara a la que había podido darle filo. Otros guardias corrieron la misma suerte y hasta esos instantes el motín anunciaba con triunfar. El anciano trastornado de la celda de al lado no cesaba de reír a carcajadas, aunque no se movió de su sitio.

Se reía de los gritos de los reos ansiosos por dejar de respirar el aire de la fortificación, contaminado de ira y desesperación. Se reía  de la sangre que corría por los pasillos de los cabos heridos  que no lograron impedir la rebelión. Se reía de los otros presos que avanzados en edad, o alienados como él insistían en quedarse en sus celdas miserables.

Desde la ventana de su calabozo miró cuando Jorge saltaba el último alambrado de púas. “Vas a volver”, lo maldijo, sin cesar en sus risotadas enfermizas.

Apretó los dientes ante esa imagen, que recordaba claramente. Y el anciano desequilibrado  no estaba tan errado.  Decidieron que la pena de muerte era excesiva así que volvería a los días eternos sin aire fresco, con escasa comida y al sonido del silbato que le decía cuándo despertar, cuándo dormir, cuándo pensar. Pero no volvería esa cárcel, sino a otra recién construida, igualmente en el sur, a donde peregrinaba tortuosamente junto con asesinos y ladrones inexpertos. Le dijeron que el viaje tardaría unos días, atormentadores días que significaban el último contacto con el mundo exterior, para recluirse luego entre las paredes en las que lo apresarían la locura y la tuberculosis.

Ya llegaban a las calles por las que no andaba nadie. El edificio asimétrico, gigante  y torpemente edificado se elevaba frente a ellos, a punto de devorar a sus primeros ocupantes.

Le quitaron las esposas,  ocupó la celda que permanecería la gran parte del día sin que le llegasen los rayos de sol y se sentó en la cama, con amarga resignación, a observar la pared.

 

Publicado la semana 15. 09/04/2019
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