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Jueves

Condena

Verde era la piel del elefante. Verde como esas joyas de gran valor.

            El canto de las aves me fastidió desde siempre. Nunca comprendí cómo se escribieron tantas canciones dirigidas a ensalzar tan espantosos seres. Tampoco entendí cómo había personas que dedicaban su vida a aprender sobre sus hábitos. En este momento me molestan más que nunca. Supongo que debe ser porque en la ventana hay una de ellas chillando desde hace horas. Y yo trato de dormir. Así, los sonidos se mezclan con las imágenes y no comprendo nada. De nuevo el sonido. Creo que es un mirlo.

Adornado de cascabeles, felpas y piedras preciosas iba el elefante. Caminaba rumbo al abismo, rodeado de cien hombres con lanzas y cascos.

Conocía a un hombre al que le gustaban. Pero nunca supe demasiado de él, sólo que era un tipo dedicado a los números a quien había contratado para que dirigiera una parte de mi empresa. Necesitaba a alguien responsable para que trabajara conmigo y mi fortuna creciera cada vez más, como lo había hecho hasta entonces. Sólo que no resultaba fácil trabajar conmigo. Siempre fui un tipo complicado. Pero es mi naturaleza: siempre ganar, siempre triunfar. Por eso nunca tuve demasiados amigos en este lugar, y el contador anterior renunció antes de lo estipulado. Este nuevo hombre cumplió con sus funciones satisfactoriamente el primer tiempo, pero luego acabó con la felicidad de mis días.

 Encima de él trasladaba al rey de aquél país de arena, orgulloso, altivo, arrogante

Desde entonces lo odié con todas mis fuerzas. Odié su rostro ovalado, en el que se encontraba ese par de anteojos de marco grueso nacarado. Odié su caminar tambaleante. Odié su forma de hablar, tan lenta y monótona. Odié su corbata verde. Siempre verde.

Verde era también la alfombra de su casa en la que lo hallaron recostado una noche, ya sin vida y brutalmente ensangrentado, la noche en  la que yo había resuelto vengar tremenda estafa que me había dejado en la calle, sin una moneda. Humillándome, venciéndome.

El rey más temido y vituperado que habían conocido los pobladores de allí.

Verde son también las paredes de este incómodo lugar, al que me aferro en estos instantes. El abogado nada pudo hacer. Y sé además que aquí todos me odian. Odian mi dinero, porque es nunca es suficiente para mí. Odian mi casa, enorme, elegante, tan estrafalaria que rompía con la monotonía del lugar sombrío. Odian mis autos, lujosos y carísimos, pues siempre estuvieron en contra de la ostentación. Quienes eran mis empleados también me odian, porque conmigo supieron lo que es trabajar duro. Por eso me darán la pena máxima, en esa silla eléctrica donde perecieron delincuentes, pero yo no lo soy. Soy un hombre exitoso que tuvo que hacer justicia por su cuenta. Todavía canta el maldito pájaro en la ventana. No sé si estoy despierto o duermo, porque en los últimos meses ambas cosas se confunden entre estas paredes.

 Iba de tal forma que pareciese que estuviese dirigiéndose al más noble de los lugares. Adornado iba él, como el animal.

Ahora sueño con lugares lejanos, con personajes inexistentes, con situaciones que parecen salidas de cuentos que leía cuando era muy niño.

Pero el rey no sabía lo que el desierto le tenía preparado. Tampoco los hombres que altaneros  que lo escoltaban.

El ave negra que anunciaba las desgracias con su canto que asustaba a los chacales empezaba a emitir débiles sonido, hasta cantar con todas las fuerzas.

En uno de esos sueños estaba cuando abrieron la puerta. Escuché mi nombre y me obligaron a salir de la habitación, somnoliento y agitado.

Antipático todavía, ante el extraño silbido del ave, el rey echó un vistazo hacia atrás. La tormenta de arena avanzaba con una rapidez extrema, cubriendo todo. Fue entonces que sintió cómo llegaba a él, tocando sus brazos, sus piernas, su espalda,  quemándolo.

No me arrepiento de nada. Dije a los hombres que se encontraban a mi lado sosteniéndome los brazos con  fuerza, disimulando no oírme. Miré de reojo todavía con los espasmos de mi sueño a mi alrededor. El canto del mirlo resonaba en mis oídos aún.

La arena rodeó al rey, al elefante y a sus hombres, ahogándolos en sus partículas, arrojándolo al abismo eterno.

Caminamos hasta la habitación que se encontraba al final del pasillo y me sentaron en la fría silla.

Publicado la semana 14. 02/04/2019
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