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Jueves

Redención

Llegó a la calle E… la noche en que los dioses bajaron a consolar algunas almas perdidas, curando sus heridas con vendas de mirra y aguas bicolores.  Subió al tren que lo conduciría a la vieja casona de madera, bastante apartada, en donde tenía que hablar con la anciana que la habitaba, quien ya había perdido las esperanzas entre tantas fotografías incoloras y petunias que se deshojaban.

El viaje sería como uno más, sin embargo, sucedió lo que no esperaba (¿o no quería?) que sucediera, entre tanto ruido y gente apurada, encontraría lo que tanto hablaban ellos y nunca había podido entenderlos.

Tanto lo alteró que no dejó de pensar ni un segundo en tal cosa cuando salió de la vieja casa. Ahora reposaba entre los zócalos grises del callejón de los suburbios, agotado por la caminata. Enceguecido por las luces de las calles, dormiría un rato más. Soñaría con placeres terrenos, perdidos entre girasoles y atardeceres. Se recordó a sí mismo rodando con las piedras del río, cantando himnos de glorias perdidas, sobrevolando a través de nubes deslucidas, yendo y viniendo entre tantos espíritus que se condenaban  y entristecían, donde tenía que acudir a sepultar los desasosiegos y las penas. Sin  comprender nunca por qué tanto júbilo por una flor en la ventana o una carta perfumada, por qué una visita inesperada podía hacer feliz a alguien que horas antes anhelaba morir.

Ahora se apagaban las luces, ya es tiempo de volver. ¿A dónde iría él ahora? ¿A quién le contaría que su perdición habían sido un par de ojos oscuros? ¿A quién le diría que su redención era aquella sonrisa tan fascinante? Los suyos probablemente ya no lo esperaban. Si en el infierno su voz sonaba tan dulce y en el cielo ahuyentaba a quien se cruzara con su estrepitosa risa.  De a poco, sus alas se fueron perdiendo entre las paredes pintadas con aerosol rojo, sus ropas se volvieron harapos de a poco, cubriendo su belleza con amarga desazón y dudas, muchas dudas. Continuó caminando, para llegar lentamente a la esquina, donde sí lo esperaba alguien, con toda su mundanidad, su imperfección y su mortalidad. Lo miró como si lo conociera de hace años, con los ojos que lo habían cautivado en el tren, para siempre. Sin saber por qué, ella sonrió y su cuerpo se llenó de paz. Y eso bastó para él. Suficiente ruido había en el infierno, demasiada paz había en el cielo. Quizás allí es donde estaba su paraíso.Él también sonrió, ya no con esa  luminosidad celestial, pero sí con toda la algarabía de los que pueden amar y odiar hasta el infinito, con pocas certezas y más dudas que antes, pero ya no importaban. Le tomó la mano y echaron a andar por las calles grises. 

Publicado la semana 10. 05/03/2019
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Las cuatro estaciones
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