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Jueves

Retorno

Despertó con el sonido de las trompetas y se durmió al anochecer, con la luz de las fogatas que quemaban a lo alto los cuerpos de los rebeldes.

El alba llegó con las flechas envenenadas que salpicaban el cielo anunciando la muerte y la noche se iluminó con las bombas a lo alto.

Su voz siempre sonó más alto, resonando entre las cuevas oscuras y los pasillos oscuros empedrados. En el senado rodeado de laureles y en las trincheras sedientas de sangre.

Allí estaba ahora, frente a las luces que lo cegaban y rodeado de protección, exponiendo frente al mundo entero, desplegando instrucciones de las últimas disposiciones que había tomado, que influirían sin duda en el resto del orbe, imponiendo el orden que él consideraba necesario. Porque todo lo que decidía y ejecutaba  trascendería hasta en el más lejano confín y debía estar seguro de lo que hacía, como lo hizo siempre. Desde hace siglos, despótico y soberbio. Su rostro se talló en monedas y se erigieron estatuas con su figura, los mejores pintores retrataron sus facciones, duras y serias, sin sonreír, y los fotógrafos ahora capturaban cada momento, cada gesto, cada palabra y era analizada luego por especialistas. Abundaban los documentales y libros sobre su vida, que contaban mil versiones, la mayoría de ellas, eran mentira.

Y abajo estaba el Otro, mirándolo fijamente. Ya recordaba ese rostro. Lo conocía de cuando se opuso a sus leyes allá lejos durante el imperio, cuando escapó siendo esclavo luego de que le ordenaran que cortaran su lengua. Los mismos ojos que se clavaban en los suyos, hace tiempo, en medio de la muchedumbre enfurecida y decidida a cortar las cabezas de los monarcas. Recordaba esa mirada audaz, la que acompañaba el cuerpo erguido frente a los pelotones de fusilamiento, para gritar antes de que su cuerpo cayera sin vida al piso. Libre. Allí estaba entre las pancartas, entre los ruidos de bombas, corriendo, escapando hasta ser alcanzado para sucumbirse entre garrotazos y dormir en las frías celdas.

Otra vez, el Otro frente a él. Entre las luces la multitud que se empujaba entre sí, todavía resistiendo.

Dos hombres  lo rodearon y salió del recinto. Sabía que la afrenta continuaba, en otro escenario, en otras circunstancias, en otros tiempos, pero al fin de cuentas siempre resultaba ser la misma, y también, nunca terminaba uno de ganar o perder sino que siempre volvía a empezar.

El Otro se escabulló entre la muchedumbre mientras daban las órdenes de reforzar la seguridad luego de que empezara el caos en la ciudad.

Ambos sabían que todo empezaba de nuevo, y tal vez en el fondo desearían  dejar de transitar el mismo camino enmarañado y cruento pero también sabían que el mismo era eterno y ninguno triunfaría sobre el otro por demasiado tiempo.

 

                                                                                           

Publicado la semana 1. 02/01/2019
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