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La coleccionista de colores

Terapia

- Creo que no necesito más terapia, doctor. Mi marido se ha ido por fin, me ha abandonado y ya puedo rehacer mi vida sin miedo a ser maltratada de nuevo.

- Bueno, está bien que se vea a salvo, pero debo darle pautas para que pueda enfrentarse a él o a otro maltratador, ni intentar localizarlo para volver de nuevo con él. 

- Uhm, creo que lo tengo controlado, pero si insiste, empecemos.

- Bien, comencemos la terapia. Ya sabe que de todas, la que mejor le ha funcionado es el imaginarse en un lugar agradable, y hacer una actividad con la que se relaje. Piense en ese sitio, deje que su mente la transporte allí y ...

Mientras el terapeuta hablaba monótonamente, María repasaba en su mente lentamente cada una de las acciones realizadas el día anterior, el más feliz de su vida, en el que se despidió de su maltratador para siempre. Y pensó una vez más en cada paso que dió, en cada puñalada que asestó hasta desangrarlo, en cómo lo troceó, empaquetó y limpió todo a conciencia dos veces, sin dejar nada por fregar ni remover. A continuación se deleitó en el momento en el que bajó los trozos empaquetados a un coche robado, los metió y los transportó hasta una incineradora a más de cien kilómetros de su casa. Después de varios meses, se había decidido por esta, ya que hasta ella llegaban desechos de veterinarios y hospitales y no llamarían la atención. 

Tan concentrada estaba en sus pensamientos, que no se dió cuenta de que empezó a sonreir hasta terminar riendo a carcajadas, momento en el que abrió los ojos y terminó de reir de forma abrupta. Le asaltó la duda al ver la cara de estupor de su terapeuta, ¿le habría contado sin querer lo que había hecho la noche anterior?

Esa mirada de sorpresa del terapeuta podía ser simplemente por la risa que había soltado, o por la expresión de María mirándolo sin el miedo que le había acompañado hasta el momento. Fuera como fuese, no debía dejar ningún cabo suelto, no iba a arriesgarse ahora, pensó mientras golpeaba con un pesado cenicero la cabeza del atónito psicólogo. Lo dejaría todo montado para hacer creer a la policía que su troceado marido había perpretado el crimen, matando al terapeuta al interponerse éste en su camino, tratando de salvarla a ella. Y así ella pudo escapar de una muerte segura y avisar a emergencias. Se autolesionó después de borrar sus huellas en el arma del crimen, se alborotó el pelo, repasó todo una vez más y salió gritando de la consulta. Por fín era libre.

 

Publicado la semana 34. 29/08/2019
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