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La coleccionista de colores

Virus

Por tercera vez repasaba sus notas, escrutando una vez más todos los resultados. Era descorazonador  no tener éxito, le había ilusionado enormemente ser uno de los pocos científicos de toda la Tierra en poder observar cómo un virus no terrícola infectaba a un ser vivo y estudiar cómo se comportaba, pero por más que lo había intentado con invertebrados y pequeños vertebrados de sangre fría, no conseguía nada. Y sus colegas parecían tener la misma falta de éxito. En otros países, científicos cuidadosamente seleccionados como él habían intentado mediante varias técnicas inocular el virus activo hallado en Marte a arañas, mantis religiosas, termitas, hormigas, moscas, serpientes y peces, pero todos habían obtenido el mismo fracaso que él. Era de vital importancia tener un estudio sobre las consecuencias de la exposición a virus marcianos, si querían colonizar Marte,  pero no tenían nada concluyente.

Estaba sopesando exponer al virus un animal un poco más grande y evaluando las posibles consecuencias, cuando llegó un extenso y denso mail de un colega de investigación. Era un volcado de una especie de diario y estaban en copia todos los científicos involucrados en la investigación a nivel mundial del virus marciano. Lo leyó rápidamente maldiciendo su falta de decisión. El investigador se había adelantado, exponiendo una cobaya y un pequeño gato. A priori  contaba que no parecía que hubiera ningún cambio reseñable en el comportamiento o en la salud de los animales, por lo que se había puesto a investigar si los cambios habían sido a nivel molecular. Al intentar extraer sangre de la cobaya, se encontró con la imposibilidad de encontrarle una vía. Al ser un animal pequeño no le dió mayor importancia y probó con el gato. Al fallar también, se decidió a hacer una autopsia de la cobaya. Y aquí es donde el correo se tornó incoherente. Las frases estaban inconclusas, el correo estaba salpicado de imágenes, algunas eran una mancha borrosa. El texto terminaba abruptamente.

Lo leyó varias veces antes de llamar a otro científico que estaba en copia. No cogía el teléfono. Lo intentó con otros, hasta que dió con alguien que descolgó. "Espero que mi inglés sea lo suficientemente bueno como para que mi colega chino me entienda" pensó mientras preguntaba por él. Parecía que al otro lado de la línea no lo entendían, sólo se oían gruñidos. Al cabo de unos minutos desistió de poder entenderse con quien estuviera al otro lado del teléfono.

Pensó en irse a su casa a descansar un poco. Llevaba cerca de 36 horas trabajando sin descanso, seguro que vería las cosas de otra forma después de una ducha y un sueño reparador. Además, el resto de científicos estarían descansando, por eso no cogían el teléfono. Además, seguro que si descansaba un poco, se le aclararían las ideas.

Al intentar salir, notó que la puerta estaba cerrada y no era capaz de desbloquearla. Golpeó con fuerza para llamar la atención del vigilante, se notaba muy cansado, agotado. Éste vino nervioso con un papel en la mano y se lo puso delante del cristal. "Cerrado por cuarentena". ¿Cuarentena? ¿En serio? No podía ser. Seguro que algún becario distraido había roto algún vial con alguna enfermedad tropical. Se resignó y se fue al sofá a dormir, la ducha tendría que esperar, pero el reparador sueño, no. De camino al despacho pasó por delante de las urnas que guardaban las serpientes que habían sido expuestas al virus. Por el rabillo del ojo vió algo extraño, no sabía qué era, pero no era lo que esperaba ver. Se dió media vuelta, miró... Volvió a mirar. No podía ser. Era una serpiente de no más de 30 cms, ¿cómo podía estar a punto de reventar por su tamaño el terrario donde estaba? Miró hacia donde debía estar la mantis expuesta, pero ésta seguía igual. Presa del pánico, tiró de la anilla que haría que el contenido de la sala debidamente presurizada se carbonizara en pocos minutos. Después de desatar lo más parecido a una ira de Dios, puso en funcionamiento los extractores de humo. Efectivamente, todo estaba completamente carbonizado. Hasta que la serpiente, más parecida ahora a una boa que a una culebrilla, empezó a moverse, desprendiéndose de la crujiente capa exterior de piel, completamente carbonizada. Juraría que lo miraba directamente a los ojos. 

Empapado en sudor, intentó comunicarse con el exterior, sin éxito. Miró fuera del laboratorio. Tampoco había nadie, parecía que el vigilante se había ido. Empezaron a sonar las alarmas del complejo de laboratorios. Esa cadencia y sonido no era capaz de reconocerlos, tenían una alarma para cada posible emergencia, pero esta no la recordaba. Miró en el panel y vió la señal de radioactividad señalada. Pero si ellos no trabajaban con material radioactivo, ¿qué ocurría?

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Tres días después de empezar las investigaciones a nivel mundial con un virus encontrado en la superficie de Marte, en la Tierra se registraron 6 explosiones nucleares, una por cada laboratorio donde se encontraba una muestra del virus. Para poder contener el horror traído desde Marte, se prefirió condenar a la Humanidad a milenios de radioactividad por todo el planeta. Por lo menos así habría una forma remota de que la raza humana pudiera sobrevivir. 

 

Publicado la semana 11. 24/03/2019
Etiquetas
Cine de ciencia ficción , ciencia ficción, sci-fi, Marte
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