06
Kuddel

El canto de la piedra

Apareció así, de repente, sin más. Los viejos más viejos nunca habían visto nada similar allí, pero sospechaban que era un barco hundido hacía siglos. “Quizás”, decían, “los años de erosión lo han descubierto”. Esa mañana en particular la extraña bajamar dejó a la vista de todos esa mole. Una piedra amorfa, como la gran mayoría de las piedras, parecía haber Sido dejada allí por alguien la noche anterior. Pero no. No había en la arena ninguna huella, algo que lógicamente debía verse dado el tamaño de la piedra. En nada se parecía a un barco, o embarcación ninguna. Con el correr de los días, el agua del mar fue dándole batalla a la dureza de la roca y limando sus bordes filosos. De a poco fue tomando la forma de algo más conocido: se fue asemajando a un ser humano. Y fue allí que muchos habitantes comenzaron a tener miedo. Primero miraban con recelo y, cuando ya era evidente que tenía forma de humano, decidieron que no debía seguir allí.

Otras personas, vecinas de las primeras, creían que le daba a la costa un aire de magia, un encanto de belleza y misterio, por lo tanto la piedra, ahora escultura, debía ser retirada del agua para que todo el mundo pudiese admirarla. Sólo un puñado de chicos se oponían a ambas ideas. Ellos estaban fascinados y dispuestos a dejar allí lo que el mar les había prestado.

Luego de varios días de debate, se decidió retirar la estatua y dejarla como símbolo de la belleza de la ciudad costera. Era el atardecer cuando llegaron los pobladores con cadenas, martillos y cinceles. Pero algo se salió de los planes. Los niños del pueblo formaron una barrera para impedir lo que consideraban un atropello atroz. De nada servían las amenazas de sus padres, ninguno se movía del lugar. El agua del mar les llegaba a las rodillas pero eso no los asustó. Claro que la fuerza a veces quiebra la resistencia y cuando los furiosos padres sacaron a sus hijos del agua a empujones, tirones de orejas y coscorrones varios, la suerte de la escultura estaba echada. La ataron con largas cadenas, dispuestos a cincelar la base. Pero un extraño zumbido se empezó a oír. El zumbido creció y empezó a parecer un canto. Temerosos algunos corrieron a la arena de la costa, pero los más violentos decidieron lo único que entendían: destruirla. Cuando empezaron a cincelar la parte superior de la gran mole, no estaban dispuestos a dejar piedras más grandes que un puño. El canto de la piedra se hacía más intenso cuando una ola enorme arremetió contra todos. Los hombres fueron empujados por el mar y terminaron desparramados en la arena. La ola dejó en la escultura una rajadura que a cada segundo crecía más. Finalmente el canto se hizo ensordecedor y la piedra se quebró del todo, cayendo ambas mitades al agua. Una luz emergió de ella, cantando en un tono que nadie jamás había oído. La luz enceguecio a todos, mientras el canto les impedía oír, salvo a los niños. Cuando los adultos recuperaron la conciencia, la luz no estaba y el canto se había callado. Los niños, que habían presenciado todo, se negaron a contar lo que sucedió, a pesar de las amenazas de golpes y castigos. Ningún adulto allí presente supo jamás que había pasado.

Hoy que esos adultos ya no están, y soy un anciano, soy libre de contarles lo que ví en esa playa. La figura brillante parecía una mujer desnuda que flotaba sobre el mar. Su canto nos endulzaba y nos sentíamos seguros, como si algo de su luz entrase dentro nuestro. Luego abrió los brazos, se arrojó al agua y se fue nadando. Quizás, con tantos años transcurridos, la memoria me mienta pero estoy convencido que en los bellos atardeceres la he oído cantar.

Publicado la semana 6. 04/02/2019
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