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Kuddel

Castillo de arena

Espontáneamente, sin planearlo, una actitud natural. Así fue como el niño se puso de rodillas en la arena. De repente, sin pensar demasiado, tomó un grano de arena, dos, tres. Luego un puñado, y otro más, dos, tres, cuatro. Sin ninguna reflexión, comenzó a apilar la arena. Primero el foso, luego el puente. Una torre torcida. Otra más lograda. La muralla, alta y despareja, alejaba cualquier intento de invasión. Poco a poco la calidad mejoró. Los detalles, la firmeza y consistencia de la construcción crecieron. Y él también. Ya no era un niño. Muchos granos habían pasado, muchos puñados de arena se habían acumulado. El hombre, canoso ya, observaba ese castillo de arena que no seguía ninguna lógica, ninguna línea arquitectónica. A veces, cuando creía haberlo hecho firme, veía una parte perder uno a uno, dos a dos, tres, cien granos que caían ligeros a los pies de la muralla. Veía su obra y la sabía inviolable que nada había que contamine la obra que tantos años cuidó.

Sin guadaña y sin parca, así se le presentó. En forma de suave marea, como una caricia, la espuma la mojó los pies. El antes niño y ahora anciano intentó resistirse:

-He construido y cuidado este castillo para hacerlo inexplicable. He pasado mi vida aquí de rodillas. ¿Quién se ocupará de él si sube la marea?

Una brisa de aire salado le susurró:

-Eso ya no importa…

Lo último que vio fue el agua quebrando la muralla.

 

Publicado la semana 2. 08/01/2019
Etiquetas
La mar
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Género
Relato
Año
I
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