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Kuddel

El vendedor de la plaza

Su silueta encorvada y su paso lento lo hacían parecer un viejito inofensivo. Todas las personas que estaban en la plaza esa tarde se acercaban curiosas a ver qué ofrecía. Algunos de estos curiosos se quedaban un largo rato charlando y otros solo miraban y se iban.

Con la certeza de que mi cita nunca se haría presente en la plaza, decidí ir a ver qué tenía allí. Me atendió en forma cálida, a veces hasta paternal. Cuando le consulté sobre su propósito, abrió un baúl que tenía frente a él y me mostró su contenido. “Vendo máscaras” dijo con su voz de abuelito. En el baúl había máscaras de todo tipo y color. Divertidas algunas, tenebrosas otras, tenía además máscaras aún sin terminar, solo la forma y el hilo para atarla. “Esas las hago en el momento, todos necesitan máscaras” siguió y mientras charlaba conmigo seguía vendiendo. Me sorprendió la demanda que tenía, dado que el precio no era nada barato. Fue allí cuando expuso el motivo de su éxito. Con paciencia y lujo de detalles me dijo que todas las personas, o casi todas, aman las máscaras. No importa su precio si serás la envidia del barrio. Nada es caro si sirve para ocultar tu dolor con una inmensa sonrisa. Y ni hablar de las máscaras de mejor calidad: las que no permiten notar que son máscaras. Algunos de sus clientes pedían y él los miraba con detenimiento y ahí nomás le terminaba la máscara deseada con los trazos que el viejo le daba. Y finalmente me explicó que es mucho más fácil mirar con ojos de máscara a los ojos de otra máscara. “Nadie disfruta de la verdad, todos desean mostrarse tal y cual los demás creen que deberías ser”. Me negué, no podía admitir que las personas prefiriesen lo impuesto a lo auténtico. Le expliqué que tarde o temprano nuestro verdadero rostro haría aparición. “No siempre” respondió y con una sonrisa en los labios tomó un hilo muy fino con la punta de los dedos, un hilo que asomaba tímido desde la nuca. Cuando logró desatarlo, su máscara cayó y en vez de su verdadero rostro no había nada, como si algún ente mágico le hubiera borrado la cara con una goma. En el espacio donde debía estar su rostro era un espacio en blanco.

El espanto pudo más y salí corriendo. Esa noche casi no pude dormir: la visión de esa cara ausente no me dejaba tranquilo. No sólo el hecho de que no haya cosas físicas, sino además la idea terrible de saber que hay gente sin cara ni ideas ni sentimientos propios que debían comprarlos a alguien más. Y no es eso lo que más me preocupa, no. Lo más grave es que mientras más me miro al espejo más noto un delgado hilo blanco que asoma desde mi nunca.

Publicado la semana 1. 02/01/2019
Etiquetas
Relatos , La vida misma , En cualquier momento
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