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Justina Rios

Hasta que nos volvamos a encontrar.

 Voy a comenzar diciendo que en el año 1976 conocí a un joven que me pareció agradable  y con el trato me di cuenta que estaba tan solo como yo, acarreaba entonces muchos problemas, angustias y abandonos. No me había resultado  fácil salir de una hepatitis y anorexia  la cual me tuvo internada por casi cuatro meses.

Eduardo había comenzado su Servicio Militar Obligatorio. Un día me dijo que cuando saliera de la internación nos casaríamos, enrollaba su birrete con nerviosismo  cuando me  hizo esa promesa. Entonces yo creí encontrar a alguien  a  quien le importaba  compartir  mis días, reírnos,  cantar, bailar, sentirnos  enamorados, que me quisieran, todas las ilusiones que trae contraer matrimonio.

 Yo deseaba… yo quería, en verdad necesitaba tener algo mío por quien seguir, pertenecer a alguien sentirme contenida.

Pensábamos casarnos en diciembre del 76, pero  varios eventos hicieron que no se pudiera  y pospusimos la fecha. El año 1977 fue imborrable para mí… eran días difíciles, el casamiento fue extraño, llovía  y el viejo  registro civil de la Avenida  Roca,  se inundó, llegamos como pudimos  y nos casamos un viernes, el sábado vinieron a buscar a mi marido, porque había salido sin permiso el miércoles anterior al casamiento y no había regresado a Campo de Mayo, donde estaba su regimiento y se lo llevaron. El estrenarme  como esposa fue, por decirlo de alguna manera por lo menos peculiar.  Tenía  veintiún  años  y creía con fuerza que podría con  una familia y con mi trabajo.  Estaba tan sola como antes y debía seguir trabajando para mantenerme. Sé que van a pensar que estaba rodeada de persona, pero la soledad se siente adentro en la cabeza, en el corazón, en el alma. Es algo que no te permite sentir tibieza, alegría, es algo así como estar en otra dimensión, donde tu tiempo es mucho más lento  que  el de los demás, y no te podes comunicar.

Todos los días de mi primer embarazo  fueron  particularmente especiales, Trabajaba todo el día viajaba mucho para llegar a la Capital Federal y  Volver, dos horas de viaje. Mi cuerpo se desplomaba, en cualquier lugar, si me preguntan ahora, diría que fue una locura una gestación  con cuarenta kilos, luego las perdidas  y las hemorragias, y el estar en cama con las piernas para arriba  tratando de sostener ese bebe.  Y mi marido castigado en su regimiento, creo que fue el único que estuvo un año y medio en el servicio militar obligatorio.

Yo comencé a aferrarme a ese hijo, busque nombres hice dos listas nena, nene  y los convine, acomodaba su ropita y a la noche debía  tomar una pastilla para relajarme  que me noqueaba. Yo no sabía lo que pasaba entonces. Puse en ese bebe todas mis esperanzas y expectativas, mis ilusiones, mis alegrías. Iba creciendo  y lo íbamos logrando entre los dos, salíamos del paso, hasta que pude pararme de nuevo y caminar, casi los ocho meses. No estuve más acompañada  a partir del día en que mi marido salió. Los días y las noches fueron interminablemente solitarios. El desinterés y abandono  fue notorio, no parecía una persona casada, parecía una viuda solitaria, pero este hijo llenaría todos mis vacíos, sería mi consuelo, mi amor, mi compañía. Y se llamaría Omar Alejandro.

Septiembre comenzó como es septiembre  con un tibio sol casi de primavera, pero para mediados de mes la sudestada se hizo presente y a los ocho meses rompí bolsa una madrugada. El día quince a las nueve de la mañana ya estaba pariendo en el Hospital Posadas, Eduardo estuvo conmigo. Debo decir sin mentir, que fue él bebe más hermoso que he visto, me lo mostraron un ratito y la doctora dijo “dígale adiós a su madre que se va a incubadora” ¿Por qué? Pregunte yo  “porque está un poco colorado” y se lo llevo.  Estaba agotada y me sentía débil y sin fuerza, y cada vez que me paraba me daba vuelta todo por el vértigo. Quede en la cama. Eduardo se quedaba todo el día esperando fuera de la sala de los prematuros. El diecisiete a la tarde se nos fue. La siguiente vez que lo vi…. fue en su ataúd, no podía con mi cuerpo, con la angustia y con tanto dolor. Había dejado de llover.

En el año 90 me encontraba con dos hijos Mariana y Diego, divorciada. alquilando y sin trabajo, una noche de octubre mi alma se desprendió de mi cuerpo dormido  y me vi desde arriba, desde una esquina de la habitación, y rápidamente en una sensación como de rayo , llegue a un lugar muy luminoso, había una música suave y vi que me esperaban la tía Hermes, la abuela Justina llevaba a mi bebe en brazo; sentí el incontenible deseo de abrazarlo, cosa que no había podido hacer nunca, pero escuche la voz de Diego que me llamaba ”mamá… mamá” y súbitamente como llegue me fui, vi mi inmóvil   cuerpo  desde arriba  y entre en él, una fuerte bocanada de aire lleno mis pulmones .

En el año 2007, un pico de stress cerro mis arterias, y volví a aquel lugar,  volví a ver a mi hijo, ya estaba grande igual a Diego, no usaba ropa blanca sino una remera rayada horizontal azul y blanca, jean y zapatillas, yo lo quería abrazar y me dijo “vuelve mamá, aún no es tiempo”, “¡¡¡Alicia, Alicia!!!” “Declara” decía alguien… “Sin signos vitales” escuche ¡¡¡Alicia. Alicia!!! Algo le hacían a mi corazón, y una gran bocanada de aire entro en mis pulmones.  Escuche el aparato que monitorea los latidos del corazón “Que susto nos has dado Alicia” dijo alguien allí “¿Quién es Alicia? balbucee, “Usted, Alicia J.” “perdida temporal de conciencia” dictó.

Por eso hijo mío, te debo el abrazo hasta que nos volvamos a encontrar.

 

Publicado la semana 8. 18/02/2019
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