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Justina Rios

Veinte recuerdo ante de los veinte. Cap. XIV

A casa con mis hermanos… Solo sé que un domingo volví a casa y le dije a mamá “quiero quedarme con ustedes”. Ya habían terminado las clases y entonces no hubo problema, las vacaciones transcurrieron  normalmente, saltando la soga, plantando ramas de álamos en el fondo del patio, haciendo tortitas de barro, y cumpleaños de muñecas, el calor era muy sofocante y nos duchábamos a manguerazos en el patio , nos divertíamos mucho,  salíamos a la vereda, y jugábamos a la tardecita después del noticiero, Jorge Kussiar, nos llamaba para que veamos televisión en su casa. Éramos como cinco vecinos que nos sentábamos apretaditos en el piso portándonos muy calladitos, para poder seguir yendo al otro día y que no hubiese quejas reíamos viendo programas divertidos, la isla de Guilligan, Viendo a Bondi, y a Narciso Ibáñez Menta, que nos hacía morir de miedo con sus cuentos y no nos animábamos ni a cruzar la calle.

Mamá, había tomado un lindo habito, compraba unos hermosos libros de cuentos que venían por fascículo y salían una vez por semana, con hermosos, hermosos dibujo, cuentos Árabes, Chinos, Africanos, los de los hermanos Green, y los  cuentos de hadas de Hans Christian Andersen. Las Fabulas de Esopo. Venia cansada, destruida de viajar y trabajar, pero los cuatro esperábamos su relato y ella no se negaba, amábamos ese momento, fue nuestro momento familiar especial, no necesitábamos nada más, ella era sensacional contando, recitando. O contando historias, la voz de casa personaje era destina, la entonación, el color de su voz cambiaba y si en el texto decía que cantaba ella inventaba melodía y lo cantaba, amo ese recuerdo mamita, es lo más hermoso que me dejaste.

El verano paso, como el viento de la Patagonia, fue veloz, tenía nueve años, mamá no consiguió vacante en la escuela cincuenta y uno que había ido en los primeros años y decidió mandarme a un Colegio pago que era nuevo, de curas, otra vez, era el Cardenal Setpinac, carísimo. También inscribió a mi hermano más chico para no hacer diferencia, pedían de todo,  de un color marca y tamaño específico, era caro para uno, imposible para dos, yo no podía con todas las actividades solas, el quinto grado. Me estaba superando, hacia mis tareas a media y nunca alcanzaba a terminar, había vuelto mi profunda distracción, la llamaban a mamá y ella no sabía que hacer mi hermano no concordaba con gente tan fina, yo no encajaba con niñas tan estimuladas mentalmente por su entorno, ese sí que fue un año malo, la directora hablo largamente con mamá, no sé de qué pero,  debíamos ir a la escuela pública .Era la mitad de año yo cumplía nueve.Entonces llegaron ellas, Hermes Y titi, y me llevaron a mi casa de San Mayol .

 Titi había cambiado un poco, ya no era ese torbellino  inconsciente, creo que sabía que debía hacerse cargo de sus padres. Trabajaba mucho, ideaba formas de mostrar elementos que interesaran siempre a las mismas cinco o seis clientas. Todas las tardes salía, llevaba un maletín con los elementos de peluquería, y manicura, las señoras del pueblo la esperaban para la tintura, los peinados el arregla de las manos y los pies, les vendía cremas accesorios para el pelo , cosméticos , de eso trabajaba, aunque también era muy  hábil cosiendo.

Yo seguía con la rutina. A las nueve a dormir, pero ahora podía bajar al baño, ya no estaba Hermes, de nueve a once era la hora de la familia, donde se contaban y planeaban las cosa se contaba el dinero y se distribuía para los gastos, yo no debía estar allí. Ya les he contado de la libreta azul del tío Juan. Estaban padre e hija muy entretenidos con unos papeles el tío tenia uno en la mano y  le comentaba a Titi, que poner, y ella llevaba la libreta de las cuenta corriente de la verdulería.¿ Porque?, porque el tío  Juan no sabía escribir, hacia algunos garabatos que solo el entendía y luego se los contaba a Titi, para que lo anotara en la libreta, lo que entraba y lo que salía. Y ese era su tercer secreto.

Publicado la semana 37. 09/09/2019
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