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Justina Rios

"Un poco desmejoradita..."

 

Nervios, corridas  y un fuerte stress hicieron que tomara muy en serio la posibilidad de pasar unos días en la gran casa del sur. Pensé que unos días en los que pudiera estar  alejado del ruido y las presiones  de la ciudad me harían muy bien. Arregle adelante lo más posible los trabajos y me dispuse a  disfrutar de la naturaleza y realizar unos trámites de sucesión que estaban pendientes luego de la muerte de mi madre. Ver a mi tía Jacinta y su esposo  luego de tantos años sería un acercamiento a la familia, la única hermana viva que quedaba y yo el único hijo, los otros no habían dejado descendencia. A mis cincuenta y tres años no tenía casi contacto  y los recuerdos llegaban hasta la adolescencia, época en la que íbamos con mi madre a verla.

Era extraña la tía Jacinta, no sentía  empatía y su rostro no conocía sonrisa, su mirada era penetrante, a decir verdad intimidaba su presencia. Cuando fui creciendo  el vínculo se fue diluyendo por la distancia y el desinterés. Llame a la casa para anunciar mi visita, me atendió el tío, costo mucho hacerle entender quién era, pregunte por tía Jacinta y la contestación fue  “Ahí anda, no muy bien”.

Llegue a la mañana temprano, no eran las cinco. No quise despertarlos, intente no hacer ruido, desde el auto, pude observar el cielo y ver las últimas estrellas de la mañana, sentir el aroma que despide el campo cuando se levanta el rocío ,el olor a hierbas. Ver la claridad que traen los primeros rayos del sol dibujando el contorno de los árboles, me recordó a un poema de Watt  Whitman“Creo que una hoja de hierba, no es menos que el día de trabajo de las estrellas”. Extasiado en la naturaleza estaba cuando el Tío, llamó mi atención  golpeando el vidrio de la puerta con la palma de su mano “Pasa, nos hubieras llamado” dijo. “No quería molestar” conteste.

La casa estaba fría y húmeda, las ventanas estaban muy cerradas, salude a tía Jacinta con  un abrazo y un beso, pero ella mantuvo sus brazos al lado de su cuerpo, creo que no me reconoció.  Desayunamos y salimos al despacho del abogado a firmar los papeles. Ella permanecía aislada, el que me conversaba era el tío!” Y que piensas hacer con la casa… ¿vender?”. “No hay apuro” conteste.

 La tarde la pase  redescubriendo los viejos caminos que recordaba mi memoria,  encontré algunos viejos conocidos  los que me saludaron  efusivamente y conversamos de los  tiempos pasados, reímos y nos pusimos nostalgiosos.  La noche llego, me acerque a la casa, la cena me esperaba, verduras hervidas y un trozo de carne, acompañado por pan casero y agua, la conversación fue escasa. Los ojos de Jacinta tenían una dura mirada, me hizo sentir incómodo. Luego una ducha y a la cama.  Entorné un poco las persianas para poder observar el cielo, las estrellas que  brillaban como diamantes y la luna era  redonda como una moneda de plata, derramando su clara luz en mi habitación. Las horas pasaban el cansancio del viaje, la caminata y el sueño me venció.

Desperté sobresaltado, con la extraña sensación que alguien me miraba y me senté en la cama de un salto, vi que  muy cerca mío estaba Jacinta, mirándome con una vacía mirada, su pelo suelto, su  camisón largo y blanco dejaba ver la mano que  empuñaba una gran cuchilla. No sabía qué hacer, solo me miraba fijamente y no pestañeaba siquiera, no emitía palabra, permanecía fija en el mismo lugar, si intentaba moverme ella movía lentamente la cabeza tratando de fijar su helada mirada, de pronto llego el tío que la tomo suavemente de las manos y le saco la cuchilla, la giro  y mirándome me dijo “está un poco desmejoradita, es sonámbula”.

 

 

 

Publicado la semana 14. 01/04/2019
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