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Justina Rios

El alfiler de perla

Era 1930, invierno en Buenos aires, una niebla persistente que entraba por las costa del rio azotaba, desde la tarde a las mañanas impidiendo la visual, a transeúntes, cocheros y automovilistas. 
Ella era una pequeña mujercita de 17 años, recomendada por el obispo de sur de la provincia, para servir en una las acomodadas casonas del norte de la capital. Sabia desempeñarse en los quehaceres domésticos, desde la mañana muy temprano hasta las altas horas de la noche. Su sueldo era escaso, pero le había costado mucho encontrar ese trabajo y lo cuidaba, obedecía sus órdenes y se dedicaba con esmero. Cada quince días tenía una salida, el sábado a la tarde hasta el domingo. Tenía que entrar a la residencia antes de las ocho de la noche. Ella venia de la isla Maciel, donde se trabajaba de lo que se podía, changarin, pescador, carbonero. Tuvo la suerte que las monjas le enseñaron a leer, habilidad de la cual ella disfrutaría en la casa de sus patrones, aunque estos nunca debían enterarse de ello, tampoco tener barro u olor a humo, ellos la despedirían al instante. A veces en la hora de la  siesta y mientras esperaba que se hornearan, los bizcochuelos o los panes para la merienda, cuando le quedaba un momento, o cuando todo el mundo dormía en la residencia, ella podía acceder a la biblioteca del señor y tomar uno de los libros de suspenso y misterio, de un escritor inglés  Conan Doyle, le fascinaba  Sherlock Holmes. Admiraba a ese hombre  era tan real, astuto e inteligente, sus deducciones siempre acertadas hasta que demostraba quien era el culpable. Ella desde su pequeño lugar deducía, las miradas entre el mayordomo y la institutriz, o las del chofer y la mucama, podía saber porque desaparecían los bocaditos o las masas secas que faltaban de sus frascos. Pero todas las deducciones que hacia no las podía compartir con nadie. Se lo negarían, ellos tenían la confianza de los patrones y muchos años de trabajos que los avalaban, Entonces se callaba.
Salió luego de quince días, unos meses antes había comprado unas botitas de cuero y suela a un zapatero remendó, que nadie había pasado a retirar. Penso pasear por Santa Fe, quería verse más como una joven del centro e iba a la tienda  de sombreros, la miraron con desdén, miro algunos, pero con sus escasos ahorros solo le alcanzó para un pequeño sombrero, que  se deslizaba por su cabello. “Se sostiene con un alfiler de perla y horquillas”, dijo con indiferencia la vendedora. Y dejo todo el dinero  que tenía en ese comercio. Camino y camino  hasta la boca. Ella se sentía  feliz con sus botitas su larga pollera, su chaqueta de paño, un chal tejido y ahora su  pequeño sombrero y un gran alfiler de más de doce centímetros que lo sostenía a su pelo atado en forma de rodete con bucles. Se miraba en las vidrieras y estas le devolvían una imagen de ella misma que le agradaba. Comenzó a  caminar. Llego hasta Retiro y tomo un coche hasta Constitución. Caminar hasta la costa del Riachuelo y la noche la estaba rodeando, la niebla avanzaba, llego con dificultad y mucho temor hasta el muelle de los boteros que la cruzarían a la isla. No eran horas de que anduviese sola, la mirada de algún hombre se lo decía. Dos monedas más y ya legaría  a su casa. Su madre y hermanos estaban allí, saludó y corrió a cambiar su ropa y envolverla para que no tomara los olores que despedía su casa, tomo sopa y se metió a la cama. “Hasta mañana hijita “dijo su cansada madre, “Espero  que te pueda ver tu padre, está estibando en el puerto, están llegando barcos y hay que aprovechar la changa”. Se levantó tarde y el día se pasó volando, a las cinco ya estaba preparada para salir.  Su madre susurro “No va a poder verte tu padre, lo linda que estas”. “Tengo que caminar mucho para llegar a tiempo” dijo ella.” Qué pena, seguro que ya está volviendo” dijo su madre. “Nos veremos, chau mamá”.
Al bajar en la orilla de la Boca, la niebla ya estaba muy espesa y comenzó  a caminar rápidamente por esas calles oscuras, en las esquinas las luces mortecinas alumbraban brevemente a su alrededor y los grandes árboles de las veredas oscurecían aún más la cerrada noche, Agudizo su oído, ruido de los cascos de los caballos y las ruedas sobre los adoquines mojado,  a lo lejos alguien viene silbando, pero toma otra dirección, luego…”Si, esos pasos…  creo que me están siguiendo” cambio de vereda y siguió por otra calle, y los pasos tras de ella se fueron apurado, más  rápidos, corrió desesperada por las veredas y las calles húmedas. Su falda y enaguas se enredaron en sus piernas, el verdín de la cuneta terminó la obra, sus botitas de suela resbalaron y cayó con fuerza contra los adoquines de piedra que abrieron su frente en una sangrante herida. La tibia sangre caía por su cara y entraba a sus ojos, los pasos se apresuraron y un hombre se abalanzo sobre ella, dándole solo tiempo para desprender el alfiler del sombrero. Con el cual intento defenderse cuando aquel hombre se acercó para agarrarla, estaba tan aterrorizada que no entendía lo que le decía. Ella solo estiro su brazo con las pocas fuerzas que le quedan y sintió que clavo el alfiler. Empapada en sangre, aturdida, asustada, deambulo por esas calles sin poder ver nada entre la niebla,  hasta que encontró a un cochero de mateo, y dio la dirección de la casona de los patrones. La atendieron sus compañeros de servicio, hasta que pudo estar más lucida pasaron como cuatro  días. El mayordomo le dio la noticia “Los señores van a prescindir de sus servicios, y estos días y los gastos médicos  les serán descontados, se la acercara hasta el muelle de botes”.
Con un vendaje en la cabeza que tapaba la gran sutura de su frente y moretones en su rostro, sosteniendo una pequeña maleta, entro a su casa. Todos estaban muy tristes, nadie habló. Su madre la acompaño a su cama y la ayudo a cambiarse, la acostó y la cubrió del intenso frio. “No te preocupes mamá, ya conseguiré otro trabajo, cuando me mejore saldré a buscar otro”. “Estamos de malas, hija”. Suspiro dolorosamente la madre. “Alguien  mató a tu padre, se desangro a la noche bajo la niebla”, “Quería tanto verte” y puso sobre la mesa de luz… un alfiler de doce centímetros con una perla.

Publicado la semana 12. 18/03/2019
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