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Justina Rios

La pálida cara de la luna.

Recuerdo que les conté en algunas oportunidades de mí amor  por el campo y el ferrocarril- La vida de la familia  era eso  en mi primera infancia. En mi casa se vivía y respiraba ferrocarril. Vivía en un pequeño pueblo de agricultores, con sus casas al costado de las vías, calles de tierra y sin luz eléctrica, antes de los años `60.  Era hermoso ver sus verdes, verde  pino, verde eucaliptus, verde álamos, verde césped, verde romero y verde  trigo. Los otros colores ponía la primavera en las plantas que florecían bajo el cuidado de mi tía, jazmines, malvones y rosas.

Mi hora de acortarme eran las  nueve de la noche, los mayores continuaban con sus labores. Al subir a la planta alta debía apagar mi lámpara y permanecía  despierta hasta  las once, hora en la cual subía mi tía acostarse. Las ventanas de  ese piso no tenían postigos tenían cortinas tejidas al crochet que dejaban entrar la claridad de la noche. Yo podía manejarme muy bien en la penumbra  y sobre una banqueta ver desde lejos como las luces del tren  cortaban la oscuridad de los campos. Verlo llegar a la estación era lo que me marcaba las once de la noche. Tenía una vista maravillosa, la estación estaba al frente del barrio ingles en el que vivía. Ingles porque  había sido hecho para el personal del ferrocarril cuando pertenecían a los Ingleses. No tenía miedo en ese entonces, la oscuridad no me impresionaba, yo podía ver desde mi cama, tras las cortinas, la luna  derramar su luz sobre el lugar. Fueron los tiempos más felices que me tocó vivir. Solo con el tiempo lo pude saber.Hubo cambios y decisiones que tomaron los mayores que afectaron mi tranquila vida pueblerina. Nadie me había preparado para lo que luego me tocaría vivir, debí acatar lo que pensaron que era mejor para mí, y comenzó mi derrotero con gente que me tenía a su cargo sin animo, por compromiso o con un interés morboso.  ¿Por dónde se sale de esto?... ¿Por dónde?

La adolescencia fue caótica y solitaria, la juventud cruel y despiadada, mi cuerpo buscaba desintegrarse, no encontraba la salida, no le encontraba la vuelta a la vida, la oscuridad me daba miedo y dormía con una luz prendida, estaba en el fondo oscuro del pozo. Tuve todas las oportunidades para elegir lo malo y sin embargo  siempre supe alejarme de lo que no era correcto, nadie me vigilaba, ni controlaba, pero no caí, lo que me doblego fue el dolor del desamparo y la tierra se fue aflojando  bajo mis pies y me trago la depresión,” No tienes nada, no sos nadie, nadie te quiere, a nadie le importas” eran los mensajes de aquel que prometió amarme. Cuanto tiempo paso, no sé,  solo sé que fueron años. Comencé a observar los muros de mi prisión, y hacia arriba vi el cielo y la pálida cara de la luna, que me estaba alumbrando, mostrándome la salida.

Los años que han pasado fueron de gran lucha, sufridas batallas que debían librarse día por día. No alcanzaba el tiempo para sentir nada, ni dolores ni amores  y ahora que los hijos, cada uno a su tiempo se han marchado, ya no existen palabras, gestos o discusiones, tampoco existen niños bulliciosos corriendo ni llorando. Ellos por fin han encontrado cada uno su lugar en el mundo. El tiempo que no alcanzaba para nada, ahora comienza a sobrar, pronto me llegara el retiro del trabajo,  se acaba la responsabilidad de cumplir horarios. Ahora cierro las puertas y ventanas temprano, dejo una luz prendida y duermo de a ratos , me despierto temprano y pienso en que ocupar el tiempo, que puedo inventar, por donde seguir, por donde salir. Anoche olvide una ventana abierta, cuando apague la luz me di cuenta y al  apresurarme a hacerlo volví a ver la pálida cara de la luna.

Publicado la semana 10. 04/03/2019
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