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Jonathan Vizcarrondo

La causa de una tierra en ruinas

Mientras iba de camino a ejercer mi ocupación, de madrugada como de costumbre, vi, cruzando la calle por delante de mí, a una revoltosa manada de ciervos. Algunos paraban de golpe chocando contra los carros, otros seguían cruzando entre las rejas y arrasando con todo a su paso. Veía algunas casas ser destrozadas por esa desaforada manada. Cuando por fin hubo cesado tal disturbio, se produjo un hondo y oscuro silencio. Cuando traté de continuar la marcha, comencé a sentir que el carro perdía fuerza, hasta que se apagó el motor. Intenté encenderlo de nuevo, pero nada; esperé que al menos las luces encendieran, pero se había esfumado la carga de la batería. <<Puede ser que un terrible incendio haya hecho huir despavoridos a esos pobres animales>> —pensé por un momento; más para controlar mi imaginación que por otra cosa—. Pero, ¿qué tiene que ver eso con que mi carro haya dejado de funcionar? Entré en pánico, una respuesta normal (creo yo) cuando se pone uno a pensar lo peor, cuando la imaginación toma la rienda. Traté de usar el móvil pero ni para llamadas de emergencia me funcionaba. Me puse jincho como si hubiese visto espanto; se me erizó la piel, por una extraña brisa que me arropó de repente. Me propuse caminar de vuelta a casa; la distancia recorrida había sido de más o menos media hora; ¡cuánto tiempo me tomará regresar caminando! —exclamé queriendo empezar a correr—.
Después que anduve algunos diez minutos por aquella oscuridad sin par, en que parecía que hasta la luz del amanecer se estaba escondiendo de aquellos extraños acontecimientos, sentí una terrible punzada en mi pecho y un profundo estremecimiento en todo mi cuerpo, tras el sonar a destiempo de aquellas ruidosas campanas de la iglesia. Pensé que ahora si debía correr para avanzar el paso, pero eso haría que aumentara mi pulso y también el terror que ya jugaba conmigo como con un muñeco, haciendo que temblaran de pies a cabeza todos mis huesos.
<<Por fin, veo que alguien más anda por la carretera>> —dije, al ver una pequeña llama de luz que se iba acercando—. Pero mientras más se acercaba, más se multiplicaban las luces. Estando aún a buena distancia, decidí salir de la carretera y ocultarme entre los árboles. Era otra manada, pero de hombres; de puros hombres desorientados. Habían tomado la luz en sus manos dejando así de proveer tan importante recurso para sus familias. Parecían zombis, arrastraban sus pies sin sentido ni dirección. Mientras caminaban iban repitiendo todos la misma cosa; tonterías decían. Se les había dejado a cargo el liderazgo y echaron todo a perder; maltratando y mal usando las cosas, la tierra, las personas, e ignorando toda responsabilidad. La tierra había comenzado a reflejar de manera tenebrosa la miserable condición de los hombres.

Publicado la semana 9. 26/02/2019
Etiquetas
caos, confusión, hombre, faltadeliderazgo, responsabilidad, luz, familia, reflejo, condición
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