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Jonathan Vizcarrondo

El terrible fin del Sr. Fastidio

Ninguno de los que allí estuvieron podrá olvidar la horripilante manera en que el “Sr. Fastidio” ㅡcomo le llamaba la gente de su puebloㅡ acabó sus días en esta tierra. Tenía unos cuarenta y tantos años de edad, pero había vivido lo suficiente como para llegar a quejarse de todo y de todos; todo le incomodaba. Los más cercanos a él habían hecho el compromiso de soportarlo, a pesar de su constante quejadera y de su actitud siempre pesimista.

Si había algo raro en el Sr. Fastidio que la gente había comenzado a notar, era que la cabeza se le había comenzado a inflar como un globo y las extremidades se veían cada vez más pronunciadas. Y aunque se quejaba de dolores de cabeza, de dolores en el pecho y de fuertes palpitaciones, también se quejaba de lo costoso que eran los hospitales y la medicina; por lo tanto no iba a quejarse con el médico.

Estar cerca de él era una experiencia agotadora. La gente lo veía caminando por la acera, y cruzaban la calle o se metían por los callejones con tal de no escuchar su cantaleta pesimista. Después de varios minutos de escucharle te sentías cansado, hasta angustiado. A veces los efectos de su habladuría te duraban hasta la hora de dormir y resultaban en insomnio, o hasta en terribles pesadillas.

El día en que la gente de aquel pequeño pueblo se había reunido para la gran cena anual donde conmemoraban sus comienzos, el Sr. Fastidio tomó la palabra delante del pueblo, y comenzó a hablar de sus grandes aportaciones a través de los años, continuó hablando de lo poco que había visto a los demás hacer cosas por el pueblo y de lo deficiente que había sido el gobierno del pueblo. <<Aquí nada va a mejorar; este pueblo está destinado a vivir y a morir chavao>>, concluyó diciendo.

Todos lo miraban muy atentos y hasta asombrados, pero no por lo que decía sino por como se veía. Parecía una olla de presión hirviendo, su cabeza se había inflado tanto que hasta humo parecía salir por sus oídos y se podía escuchar un chillido. Sus ojos sobresalidos, se veían grandes como ojos de pescado. Sus extremidades se veían espantosas ya de tanto hincharse por la rapidez y la fuerza con que su corazón estaba bombeando la sangre; como queriendo salirse y alejarse de él. Era como si su mismo cuerpo ya no lo soportaba, como si su cuerpo se hubiera hastiado de cargar con él, por su ingratitud; por sus constantes quejas de todo y de todos. ¿Qué pasó después? Eso te lo pueden contar mejor aquellos que estaban cerca de él en ese momento; aquellos que quedaron empapados con los residuos del pobre Sr. Fastidio.

Publicado la semana 8. 19/02/2019
Etiquetas
murmuracion, quejadera, habladuria, ingratitud, arrogancia
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Género
Relato
Año
I
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