04
Jonathan Vizcarrondo

¡Que alguien le diga algo!

La muerte esperaba paciente en una de las esquinas de la calle. Desde las ventanas algunos vecinos señalaban a un hombre que caminaba en esa dirección y murmuraban entre ellos de su suerte.

ㅡ¡Que alguien le diga algo!  ¿Qué no ven como anda? ㅡdijo la señora.

El muchacho de arriba, que había salido también a mirar cuando escuchó la boqueta de la señora, dijo:

ㅡLa gente tiende a fijarse cuando (según ellos) el otro anda desviado, pero pasan por alto su propio extravío.

La señora no lo dejó terminar, pues conocía por experiencia el insaciable gusto del muchacho por la argumentación:

ㅡY tú, ¿qué cosas dices jovencito? Si veo que alguien anda mal y me quedo callada luego la culpa me asedia. Y no me vengas con eso de que tengo que remover primero la paja que llevo en mi propio ojo, me llevas harta con lo mismo de siempre. De todos modos si él está para morir, morirá. ¿Quién conoce el momento exacto de su muerte? Y para qué preguntar, ¿acaso no has escuchado que no somos más que un ser para la muerte; que desde el momento de nuestro nacimiento comenzamos a morir? No sé si sea mejor dejarlo que acabe con la pena de esta vida, y que desaparezca de una vez.

El hombre de enfrente, el otro vecino, enterándose de todo por los gritos de la señora, sugirió:

ㅡDígale algo usted, señora, que le fascina meterse en la vida de los demás. Usted nos conoce bastante bien. Ya sabrá cómo resolver la desgracia, que según usted, le está por acontecer a ese hombre.

ㅡ¡Cállate, mujeriego empedernido! ㅡle respondió la señora.

ㅡNinguno de ustedes puede ayudarle ㅡdijo el muchachoㅡ, son ciegos intentando proporcionar dirección.

ㅡ¡Oh, verdad es! ㅡdijo la señoraㅡ. A pesar de toda la pavada que has dicho desde que te vengo escuchando, en algo si tienes razón; hablaste de ceguera, y eso es lo que necesita el pobre; necesita una poca de luz, necesita poder ver por el camino en que anda y hacia dónde lo dirige.

ㅡSuficiente luz tiene ya ㅡdijo el hombre de enfrenteㅡ, según dicen, él es tremendo maestro y un hombre muy educado. ¿Acaso no supone eso ser suficiente para formar ciudadanos de bien, que anden por el buen camino? Él no debe tener miedo a la muerte, según dicen, es tan buena persona que no le pueden negar la entrada al cielo. Yo por mi parte no me pongo mucho freno. Sé que hay cositas que hago que según otros no están bien, pero ¿quien establece la medida de lo que está bien o está mal? Lo importante (según pienso) es no hacer daño a nadie… Cuando llegue mi día (creo yo) no me irá tan mal; pues no soy como usted señora, que siempre anda poniendo sus mugrosos dedos en las llagas de los demás, con todo respeto se lo digo; no creo que le queden suficientes días de vida para limpiarse de todo ese bagaje de calumnias y maldades que ha amontonado en toda su vida. Y si usted cree que la van a purgar después de muerta…

ㅡ¿Vamos a ayudar al desdichado o no? ㅡinterrumpió la señora, viendo que el hombre que andaba por la calle se acercaba cada vez más a la muerte.

Ellos continuaron por un rato discutiendo acerca de quién y cómo podían hacer para que aquel hombre considerase que el camino en el que andaba no le deparaba un buen fin. Mientras discutían justificándose, inventando excusas para sus libertades, estableciendo como buen argumento el estilo de vida puramente religioso, aunque evidentemente desprovisto de un entendimiento del camino verdadero; y mientras persistían dando razones de porqué ellos no eran tan malos como los demás, la muerte se fue escabullendo entre los callejones, continuó moviéndose entre las sombras hasta pasar por el lado del hombre que andaba por la calle, y se detuvo entre medio de aquella grandilocuente y vana discusión.

ㅡHola, buenas noches a todos ㅡdijo la muerte muy segura del momento exacto del cumplimiento de su misiónㅡ, he venido por ustedes.

Publicado la semana 4. 22/01/2019
Etiquetas
La vida, muerte, destino, camino, calumnia, el otro, justificacion, bien, mal, educacion
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