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Jonathan Vizcarrondo

Un vistazo al rostro de la luna

Me eché a un lado y me detuve al ver pasar aquel acontecimiento. No había llegado el momento en que había de ocurrir, pero me vi tomando una decisión. Bajé mi cabeza para mirar cómo andaba vestido, pensé que tenía sentido fijarme en los pequeños detalles a fin de cambiar el rumbo de ese posible destino. Caminé lo más rápido que pude, atravesando los caminos; tomé el tren, al sentarme pude ver mi reflejo y sentí que podía ser diferente para aquel momento. Supe que no se trataba de las cosas de afuera de mí, sino de mi pensamiento y sentimiento; de quien soy, de lo que quiero. Si lograba cambiar la manera de percibirme, estaría preparado para el momento de aquella visión.

Llegué al lugar de mi residencia y me topé con los muchachos, todos allí sentados; saludé levantando la mano y entré en mi departamento. Estaba sudando, pensando demasiado. Sentí que debía relajarme un poco, y volví a releer en Rayuela algunas de las escenas con Oliveira en el hospital psiquiátrico cuando percibía a la Maga en Talita mientras jugaba en la rayuela. ¿Acaso Oliveira se había vuelto loco también?

Me miré al espejo y me dije una y otra vez lo que tenía que hacer cuando llegara ese momento. Me había ocurrido algo semejante una vez, hace muchos años… Mientras me miraba me decía: Ahora tiene que ser diferente.

No pude esperar, salí a caminar para ver si así podía causar que se apresurase ese momento. La noche estaba hermosa, no había razón para sentirse solo; la luna irradiaba los rostros de todos con su compañía. A los pocos minutos de caminar, la vi, venía caminando hacia mí; entré en pánico. Me había preparado para ese momento, lo había visto; sabía lo que tenía que hacer. Se sonrió conmigo y me saludó, me sonreí con ella y la saludé; la dejé pasar, la vi irse… Ya no la vi más.

Publicado la semana 10. 07/03/2019
Etiquetas
Miedo, destino, fatalidad, oportunidad, inseguridad, carácter
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