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John Charlestein

La Carta y El Pacto

Abrió la carta y rápidamente la lanzó al fuego. Esperaba no haber tenido qué leer aquella noticia. Esperaba no tener qué formar parte de eso de nuevo, pero ahora estaba sumergido hasta el cuello. Aún si tratara de escapar, el qué la carta haya llegado hasta su puerta significa qué sabían dónde estaba y si lo encontraron una vez, lo encontrarían de nuevo.

A pesar del breve vistazo, memorizó el mensaje. “Es tu turno. 10-22-06-30” Se levantó de su sillón favorito y se quedó en medio de la sala. Aún no podía decidir si tomaría la posición qué le correspondía o si trataría de escapar, pero solo aplazaría lo inevitable.

Corrió al cuarto qué estaba a su derecha y levantó la cubierta del baúl. Solo había tres cosas y sobraba un gran espacio. Saco todo: Un libro de chistes de al menos 400 páginas; 2 fotografías viejas y una harmónica y lo puso sobre la cama y justo debajo de ella, saco un maletín muy grande. Metió las extrañas pertenencias ahí, dejando la fotos al último, mientras cubría lo que faltaba de espacio de su veliz con ropa de verano e invierno”

Vio la primera foto mientras se sentaba al borde de la cama. Seis niños muy sonrientes se dejaban ver, pero había dos cuerpos más. Uno con vestido y uno sin camisa y ambas caras en la foto, estaban rayadas con pluma. Acaricio la foto y la guardo, no sin antes ver la segunda foto. Una hermosa mujer con vestido escotado se alzaba en el primer plano, mientras qué detrás de ella parecía haber una gran playa.

Bajo la foto girándola boca abajo y contuvo sus lágrimas presionando su nariz. “Por ella…” susurró. Abrió la puerta y la azotó detrás de él.

El viaje fue largo. Debía ser de inmediato para llegar en la fecha pactada. Más de una ocasión quiso huir pensando qué ese dolor se había extinto hace tanto, pero qué ahora volvió a surgir. Toda la vida busco una esperanza, y la esperanza se presentó de la peor manera, ahora debía pagar el pacto.

Como por arte magia estaba ahí, frente al palacio. El avión, los trenes y la caminata en burro pasaron cómo un suspiro. Nada había cambiado. Las estatuas, las paredes y las gárgolas se erigían hacia los cielos negros, vigilando hacia el horizonte donde la vida es mejor y más brillante.

Entro para pasar por los cavernosos y vacíos pasillos donde de casualidad se topaba a un monje cabizbajo qué solo le señalaba el camino con su huesudo dedo índice. Todo era tan familiar y aún así se sentía perdido. Su única guía era el sonido de turbina qué a veces se alejaba y otras se acercaba, pero nunca se mantenía constante.

Finalmente pudo ver la sala. Un vórtice parecido a un tifón giraba y lanzaba rayos dentro y se hacía cada vez más chico. Quizá había llegado antes… revisó su reloj. Ya era el 22 del mes 10 pero aún no daban las 06:30. Faltaban escasos 15 minutos.

Su espera se antojó eterna. Pensó en todos los años que estuvo fuera y ahora sentía qué los había desperdiciado. Sus pies lo traicionaron más de una vez, pero en su primer intento un monje se apersono en la entrada y señalaba el vórtice y al segundo, fue brutalmente golpeado. 10 minutos. Abrió el libro y se puso a leerlo.

Un estruendo interrumpió su lectura. Ahora el vórtice se hacía más pequeño. 06:29. Un sonido de regurgitación colosal podía oírse del interior qué aumentaba con fuerza, hasta qué un niño salió de adentro.

Al abrir los ojos el niño empezó a gritar “Me quema, me quema”. El hombre corrió y lo tomo “Hijo. Al fin haz salido” dijo apretando. “Tu piel quema. Es muy caliente. La luz me quema. Papá, déjame volver. Todo quema” gritaba el pequeño. “¿La viste? ¿Viste a tu madre? Preguntó el hombre con frenesí. “Si, pero solo me hacía sufrir. No queríamos esto papá. Porqué te vendiste y a mis hermanos. Por tu culpa han muerto dos y yo no pare de sufrir.  No tenías por qué amarla papá”

El pequeño salió corriendo empujando a su padre. Olvidó el calor extremo de nuestra dimensión y sus pasos se alejaron. Los monjes de la entrada solo lo vieron pasar entre ellos. Una voz gutural se alzó detrás de aquel hombre. Al girarse, vio al diabólico ser con quien pacto hace 50 años para verla una vez más, aunque fuera un momento breve y a cualquier costo.

“Van tres. Ahora ya es mi turno de verla”. Dijo al ente qué se alzó desde el vórtice. “Y dime, antes de entrar ¿la quieres volver a ver? Si es así, debes prometer traer a tus otros tres hijos.  “Te diré después de verla”. Contestó el hombre. “Así no funciona. Si quieres repetir, es antes de entrar. Necesito qué alguien haga guardia de este lado y no puedo pagar por adelantado”.

“¿Qué tendría qué hacer? Gritó el hombre temeroso. “Lo mismo. Me los prometes, haces el rito y lanzas al primero. 25 años después lanzas al segundo… y 15 años después al tercero y 10 años más tarde entras tú”.

El hombre se llenó de lágrimas. Pensó en todo lo que hizo por amor, por un mal amor. Una mujer terrible qué desprecio a sus hijos y traiciono su matrimonio. También pensó en todo lo que sus hijos hicieron por él, por amor a su padre. Le regalaron la oportunidad de verla otra vez, a pesar del dolor.

“Ellos los hicieron por el amor qué me tienen… Ellos deberán entender… Sí, quiero volver” dijo viendo de frente al demonio que hacia una terrible mueca parecida a una sonrisa.

El vórtice se abrió y tragó al enamorado. Diez segundos después, lo volvió a escupir.

“Me pediste verla, aún si fueran segundos y ahí están. Es hora de pagar tu parte. Trae a tu próximo hijo”. – dijo el demonio. “Eso no era mi esposa. Era un demonio”.

Publicado la semana 9. 28/02/2019
Etiquetas
Lovecraft, Cultos
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