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John Charlestein

Crónicas Desafortunadas Parte 2

No encontraba las llaves del premio. Eso sí era un problema. Traté de recrear cada minuto de las últimas tres o cuatro horas y el momento justo qué debía tener en mente parecía haberse borrado por completo. Según yo, las había puesto en mi llavero personal para qué no se me perdieran…

Recapitulando:

En la mañana desperté para el primer recorrido y no hubo ni tiempo de desayunar, comprar café, galletas ni nada… ¿Bañarme? Siempre me baño en la noche… estaba seguro qué no apestaría. El recorrido fue muy relajado, nada qué valga la pena contar para mantener la onda de las “Desventuras”.

El regreso fue igual. Nada destacado… hasta qué llegamos al punto de registros. De nuevo teníamos qué preparar todo para qué los motociclistas tuvieran el mejor recibimiento posible. Ahora si, a tomar fotos (ya con mi cámara alistada), hasta que llegó la hora de la comida. Llegamos al centro de la ciudad y todo rodeado de motos, moteros y tiendas.

Llegamos a un restaurant bastante tradicional y qué aparte olía muy bien. La comida excepcional.

Salimos sin novedades y nos dispusimos a preparar todo para el gran concierto (con todo me refiero a montar y desmontar para vestir el escenario) Tuve qué mover el premio (ósea una moto) con toda la desconfianza porque ese día decidí no cargar con el casco, pues estaba seguro qué no lo necesitaría. Gran error.

El premio llegó a donde debía ser exhibido y ahí pasó. Ese fue el espacio en blanco entre donde me baje de la moto y qué me puse a montar, donde las llaves desaparecieron. No me di cuenta de inmediato. Habían pasado un par de horas, entre luchas con encontrar fuentes de electricidad para qué las luces y los adornos qué requerían corriente estuvieran preparados para recibir a un grupo de motociclistas.

Cuando me di cuenta trate de relajarme y evitar hacer un drama, antes de ver cómo sortearía este desliz. Entre tanto, cuando por trabajo, olvidaba el asunto, conocí a un par de chicas bastante simpáticas a quienes salve de morir congeladas ayudando a comprar una chaqueta… Platiqué con ellas durante un buen tiempo y luego seguía trabajando (en medio del concierto mi tarea era documentar lo más posible).

Hora de cenar. Cuando reaccione tenía cómo 5 llamadas perdidas así qué busqué a mis compañeros qué ya se encontraban cenando. Una Burger y una coca me acompañaron en mi soledad porque llegue muy tarde. Finalice mis alimentos, pero en conjunto con la comida de la tarde, mis tripas empezaron a cobrar factura y era hora de pagar en efectivo.

Pueden tacharme de delicado pero mi organismo no funciona bien en baños portátiles. Pregunté a algunos locales donde podía encontrar un baño, por fortuna me indicaron qué un supermercado estaba cerca.

Solo debía caminar dos calles, pero con la molestia qué sentía (de esa qué si das pasos largos sientes que te traiciona) se me antojó cómo un barrio entero, quizá hasta un maratón.

Llegué y por fortuna seguía abierto. Corrí directo al sanitario pero fui interceptado. La encargada sabía cuál era mi intención y por compasión me dio oportunidad de hacer mis cosas con la condición de comprar algo primero.

Tuve que hacer fila para pagar una caja de chicles y poder entrar al baño y cómo ya era la hora de salida, la cajera no se portó de la manera más eficiente. Pude pagar y correr al baño, qué para mi suerte estaba vacío, solo para darme cuenta, qué no había papel. Fui con la encargada y le comente qué no había papel sanitario. Tuve qué esperar, no mucho, pero mi estómago no resistía más. Era ahora o nunca… El papel llegó…

Cuando Willy había sido liberado, las terribles palabras de un alto parlante anunciando el cierre de la tienda retumbaron en mi cabeza. Pensé para mí mismo “Y si me hubiera tardado más”. Les recuerdo qué esta zona es rural y nada está abierto tan tarde. Quizá hubiera explotado o hubiera manchado mis pantalones. Sé qué en un universo paralelo ocurrió una tragedia…

La banda principal empezó a tocar y eso significaba solo una cosa… se me agotaba el tiempo. Las llaves no aparecían y no podía preguntar de forma tan abierta quien había visto las llaves… Preguntaba despacio solo a gente de confianza. Nadie sabía nada…

El fin del concierto llegó. Misma rutina. Desmontar, cargarlo todo y ponerlo en la camioneta. Era hora de encarar mis miedos. Tenía que llevarme el vehículo en cuestión. Me dijeron que la prendiera y tuve qué lanzar la bomba “No encuentro las llaves” dije. “Si sabes qué un remplazo cuesta $4,000 pesos, ¿verdad?” me preguntaron. “Lo pago. Ni pedo”.

La moto llego por un lado y me dijeron la verdad: “Se te cayeron y por suerte alguien de confianza vio y me las dio. Imagínate qué no hubieras tenido tanta suerte. Ahora llévatela”

La peor manera de terminar el día. Manejar una motocicleta, sin casco, sin guantes y a 60km/h en un clima de 2° C. Debía ser el momento más interesante del día y se convirtió en un infierno congelado. Las manos dejaron de responder a los 5 minutos. Por el viento combinado con la velocidad, ya solo sentía un terrible ardor qué sobrepasaba cualquier sensación de frio. Para acabarla de joder, un borracho genérico en una camioneta, manejaba cómo si su esfínter no tuviera control y casi me pega por un costado…

Llegue molido, congelado y terriblemente enfermo. Empezaba a presentar síntomas de resfriado… Tome un baño caliente y nuevamente me desplome sobre la cama… La última hora qué registre fueron las 3:30AM.

Desperté rápido pues teníamos muchas cosas qué hacer. Desmontar, almorzar, llevar el premio a la rifa, montar para entregar el premio, desmontar y emprender carrera de regreso antes de lidiar con el tráfico qué nos esperaba.

Basta decir qué todo ocurrió en ese orden, pero con un tremendo desfase de tiempo. Se hizo la rifa. Yo compre un boleto, pero cómo matemáticamente, mi suerte es inferior a la del resto obviamente la gano alguien mejor favorecido (qué de hecho no fue en moto, si no en su carro. Eso sí es suerte) Bien por él.

Terminó la ceremonia, tome algunas fotos y de nuevo las prisas nos llevaron a correr hacia la camioneta con todo lo necesario para regresarnos a nuestra bella ciudad de origen, no sin antes pasar por dos casetas repletas de autos. ¡Maldito tráfico! Cómo uno de esos paseos de fin de semana qué se antojan eternos. Vaya aventura.

 Prometí no escribir más qué ficción, pero esta realidad se portó dura conmigo. Tanto qué valió la pena compartir mi infortunio y desgracias con ustedes.

Publicado la semana 7. 12/02/2019
Etiquetas
Inspector
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Género
No ficción
Año
I
Semana
07
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