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John Charlestein

Bombilla Invertida o el Foco que produce oscuridad

No soportaba ver al pequeño Pedro sufrir por causa de la luz. Su hijo tenía uno de esos males raros de la piel y casi cualquier luz lo lastimaba y no podía llevar una vida ligeramente normal, ni siquiera dentro de su casa. Millonario de nacimiento, Lázaro nunca espero que su hijo presentara un problema tan extraño. Creyó que eso solo pasaba en círculos sociales marginados, en zonas donde la gente no puede pagar modificaciones genéticas, pero la ciencia es caprichosa. 

Dentro de un cuarto aislado, el pequeño Pedro creció poco a poco, pero no como un niño normal. Toda su vida se resumía a caminar torpemente pegado a la pared de su cuarto, por lo cual nunca pudo hacer cosas que los niños de su edad hacían. A su padre, eso le frustraba. Tenía todo para comprarle los mejores juguetes y disfrutar del tiempo juntos, pero lo único que podía hacer en ese hueco oscuro era hablar con él, abrazarlo y contarle como era afuera. Ni siquiera podía leerle una historia, ya que la luz no entraba por ningún lugar. Tenía que memorizar lo que le quería contar o decir y a veces, por la impotencia que sentía su memoria se borraba y tenía que inventar o de plano cambiar de tema. 

Aquel pequeño siempre le decía a su padre que esperaba con ansias el día de conocer el mundo exterior. Con lágrimas ocultas entre la oscuridad y aguantando sollozos, Lázaro le decía que así sería. 

Lázaro investigó por mucho tiempo aquellas enfermedades, casos de antaño y diversas fuentes, pero nada parecía poder ayudarle para cumplir su sueño de ver a su hijo detrás de toda aquella oscuridad. Nada excepto la magia.  

En una excursión al centro de la ciudad, encontró un lugar, un poco extraño, que nunca había visto, si es que siempre había estado ahí, a pesar de que cruzó por ahí cientos de veces. Una curiosa tienda de electrónica atendida por un hombre ciego lo acaparó y sin poder resistir se acercó al mostrador. 

Antes de decir algo, el hombre detrás del mostrador olfateó y se levantó rápidamente, tanto que sobresalto a Lázaro. “Huele a que tienes un problema. Uno muy serio y es algo que tus millones no pueden arreglar”. Lázaro se quedó callado y empezó a caminar hacia atrás, regañándose internamente por haber llegado a ese raro lugar. 

“Espera” grito el ciego. “No te vayas sin esto”. El hombre sacó una caja que parecía tener bombillas adentro y la dejo sobre el mostrador. “Puedes tomarlas. No digas nada. De todos modos, soy un ciego del que te puedes aprovechar...” Lázaro no entendió nada, pero tomo la caja. No entendía si por caprichoso o por que en verdad creía en aquel hombre. Se fue. 

Al llegar a casa, abrió el extraño paquete y vio que solo eran bombillas, pero tenían algo muy raro. Eran completamente negras. No entendía como servían o para qué. Se limitó a guardarlas, pensando que, si el ciego cambiaba de opinión y lo denunciaba por robo, aquella caja era la evidencia, entonces debía ponerlas donde no fueran fáciles de encontrar. 

Pasaron algunos días y mientras se bañaba durante la noche, el foco de la ducha se había fundido. Apenas en toalla, salió, mojando todo el suelo y resbalándose ocasionalmente llego por fin a la gaveta donde tenía la caja de bombillas. Quito todo lo que uso para cubrirlas y tomo una de la caja y la llevó al cuarto de baño. Sin la certeza de que funcionaría, cortó la corriente, insertó el bombillo en el socket y presionó el interruptor. 

El asombro lo invadió y aun sin dar crédito a lo que veía, se frotó lo ojos, entró a la regadera nuevamente y se talló la cara. Incluso dejo caer jabón en sus ojos, pero ni con todo el ardor, la vista cambiaba. Todo era oscuro y las cosas que sabía que estaban en el baño, estaban delineadas de los bordes, como si fueran dibujos de tiza en un pizarrón. Pensando en lo horrible que era la visión salió del baño solo para ver que ahí, todo era como antes. Metió la mano a través de la puerta del baño y se podía ver como cambiaba completamente. Corrió a ver la caja, pero no decía absolutamente nada. 

Al sacar todas las bombillas de su caja, vio en la tapa el nombre del producto y su funcionamiento: 

“Bombillas Invertidas. Hace oscuro cualquier cuarto iluminado. Manéjese con cuidado. No se deje al alcance de los niños” 

Sin esperar más tomó otra bombilla y la colocó en el cuarto de Pedro y al encender la luz vio el cuarto de su hijo, repleto de juguetes en el suelo y de ropa por todos lados. Lázaro giró su cara hacia el pequeño y lo vio ahí, hecho de líneas que resaltaban en color blanco sus cabellos, sus rostros y su ropa. Hilos blancos serpenteantes salían de sus ojos. Eran lágrimas. Por fin había visto a su hijo desde que lo instaló en aquel cuarto, hace ya bastante años. 

Cuando se hizo de día el pequeño despertó y notó la diferencia de su cuarto. Le parecía extraño como era todo ahora. Tan diferente que como lo fue cuando se fue a dormir. Pedro gritó para llamar a su papá, quien le dijo que ahora podrían jugar y hacer lo que quisieran siempre dentro de la casa. Lázaro pasó toda la noche instalando las bombillas invertidas por toda la casa, excepto en lugares que no consideraba necesarios. 

La oscuridad de la casa mantenía a salvo al pequeño, mientras ambos jugaban por toda la casa. El pequeño disfrutaba de las escaleras, de los pasamanos, de la sala de estar, de la sala de juegos que su padre instaló para él, incluso el comedor le parecía fascinante.  

Después de muchos meses, la casa era una zona de guerra. No había límites para el pequeño. Podía hacer lo que quisiera y a su padre parecía no importarle en lo absoluto. Siempre que hubiera oscuridad y pudiera ver a su hijo, nada era más importante, pero el comportamiento del pequeño se volvía más y más errático y destructivo.  

Comenzó a jugar con el balón dentro de la casa y no le importaba romper cosas a su alrededor. Su padre parecía tomarlo con calma, hasta que en una de sus patadas rompió una de las bombillas. En el instante que se escuchó el ruido, la luz del día abrazó al pequeño Pedro y lo envolvió. 

Los gritos de dolor alertaron a Lázaro que estaba tranquilamente tomando un baño. Saliendo rápidamente, resbaló por las escaleras y terminó en el suelo malherido. Su hijo estaba dos cuartos más alejado y con toda su energía se arrastraba para salvarle, pues no sabía cuánto tiempo se había expuesto a la luz y podía ser mortal. 

Las ideas de Lázaro no estaban claras. No sabía si ir primero por su hijo o por una bombilla. Mientras se arrastraba reconsideraba cada una de sus opciones. Finalmente, se decidió a sacar al pequeño del espectro de luz y con todas sus fuerzas se levantó y corrió cojeando y con mucho amor levantó al pequeño que ardía. Su cuerpo estaba quemándose de una forma incontenible. El calor le lastimaba el pecho, pero por fin pudo sacarlo de ahí y meterlo a su cama. 

El pequeño jadeaba y apenas podía moverse y todo el cuerpo le dolía. Lázaro lloraba gritando que todo eso era su culpa. Intento llamar al doctor, pero las llamadas no eran respondidas. Pedro aún se retorcía de dolor. Con su cuerpo entero trató de cubrir al pequeño. 

Un frio empezó a recorrer el cuerpo de Lázaro y detrás el hombre ciego lo veía. “Nunca quisiste un hijo. Querías un compañero de juego porque no has madurado. Es la primera vez que pudiste ser un padre de verdad, y aunque actuaste muy bien después de la tragedia, no la pudiste evitar...” 

 

Publicado la semana 47. 24/11/2019
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